Esta cárcel de carne,
de brazos como alas
que se extienden
por un cielo púrpura
y que esperan abarcar
la vida misma,
aquella que yace diminuta
en un leve suspiro.
 
Esta cárcel de miedo abarca
generosa las palabras
y las guarda bajo su sombra,
enmudeciendo el tic tac
del tiempo que no transcurre.
No hay hecho para ser nombrado.
Los barrotes nacen de mi pecho
y su membrana es infranqueable,
sólo gotas de silencio como
un puente entre dos mundos.
 
Afuera, una oscuridad
se extiende desde mis ojos de cuervo,
todo lo puebla,
todo lo besa,
mis pasos de animal salvaje
se quiebran con el golpeteo grisáceo
de la lluvia sobre el viento.
Mi cabeza se abalanza
y se rompe en esta celda de músculo fino, tan impenetrable siempre.
 
Esta cárcel cotidiana.
Esta cárcel de piel oscura,
Esta cárcel de llanto de fantasma,
de cementerio urbano,
de clase de medio día,
de mirada nebulosa.
Esta cárcel, todos los días

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Ada Pardo
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