Eloísa entró a mi estudio con dos maletas y una mirada de determinación inobjetable. “Me marcho de tu vida”, dijo sin vacilar.
Fue un dolor extraño en mi pecho y el impulso de retenerla tan fuerte como su decisión de irse. “Sé feliz”, le dije mientras la abrazaba para despedirnos. El estilete en mi mano se hundió sin vacilar en su espalda.
Resultaría de muy mal gusto entrar en detalles sobre la preparación del cuerpo, baste decir que a falta de recursos técnicos y económicos, sólo pude conservar su cráneo; el resto de sus encantos reposa en mi jardín. Cualquiera pensaría que todas las osamentas son iguales, pero no es así, cada una guarda las facciones que su dueño llevó en vida. Los rasgos bellos de Eloísa se distinguen muy bien en su rostro que eternamente me sonríe mientras me mira con esa juventud que para siempre preservará sus veintiocho años.


Con un fuerte remordimiento de conciencia...

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