Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios disperso.
 
Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.
 
Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.

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Alfredo Jiménez G.
almost 4 years

El gran Poeta Jorge Luis Borges tenía claro, por sus lúcidas lecturas de Huxley que "este mundo no es más que el infierno de otro planeta".

Consciente de su inmortalidad que sobrellevó con humilde actitud, habitó su condena sobre la tierra con sensatez ejemplar. Nunca esperó nada y por eso fue libre. Agradeció las dádivas de los días al "divino laberinto de los efectos y de las causas": El prodigio del sueño, la frescura del agua, las etimologías, el poema "que no llegará jamás al último verso", "el sabor del café y la prosa de Stevenson".

Una cosa sí anheló pero en secreto: El olvido. Sólo tuvo un remordimiento: "la sombra de haber sido un desdichado" y eso, por sentirse en deuda con sus padres. ¿El mundo perdió su magia por una mujer que lo dejó? Tal vez eso parecía en 1964, pero "su mente se aplicó a las simétricas porfías del arte" y ahí encontró una veta inagotable de lo que sucede: La belleza.

Partió de este mundo dejando todo lo accesorio, los mortales necios nos empeñamos en recordarlo aún en contra de su voluntad, él sonríe indulgente al mirarnos desde lejos.

Ahora vaga "por las lentas galerías" del "universo que algunos llaman biblioteca" y presiente por fin algo parecido a la dicha descifrando "símbolos y cosmogonías".

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