Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.


El hacedor (1960)

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Hacedor
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Alfredo Jiménez G.
about 2 years

Cada vez que alguien repite un verso de Borges es, en ese instante, Borges.

El verdadero autor Universal debe habitar muchos de sus vastos mundos que fue capaz de crear. Todos simultáneamente, a veces sólo uno, a veces estará en ninguna parte, en su anhelado olvido que tanto ambicionó publicamente.

Tal vez "Él, que tantos hombres ha sido" ahora sí sea "aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach". O recorre asombrado su Biblioteca de Babel.

Lo seguro es que sigue inventando laberintos y con su mágia única provoca que se pierdan a sí mismos.

Sigue permitiendo que al otro, a Borges, le ocurran las cosas mientras él sigue tramando su literatura.

Pero tengo noticias fidedignas de que "los ángeles ya saben de memoria su último ségel".

Me dicen que lo han visto en el reflejo de un espejo descifrando las manchas de la piel de un leopardo, es posible. Lo que sí es seguro es que continuamente se reune con Lugones, Martín Fierro, Rafael Casinos Assens y Gómez de la Serna a tomar la leche y conversar.

Si damos crédito a algunos métodos un tanto ilícitos de comunicación metafísica, me atrevería a afirmar que el Doctor Santo Tomás de Aquino, le ha obsequieado un Aleph portátil que siempre lleva en su bolsillo. No importa dónde esté, "el tiempo que los mármoles empaña", no opacará jamás el nombre de Jorge Luis Borges.

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