No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.
 
No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino
 
como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
 
de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.

Elogio de la sombra (1969)

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Alfredo Jiménez G.
más de 3 años

Símbolos por excelencia en la obra de Jorge Luis Borges (igual que los espejos, los tigres, las espadas o el color amarillo), los laberintos le provocaron desde niño una íntima fascinación. Él mismo nos cuenta del primero que vio en su vida, fue en la biblioteca de su padre, en el grabado de un libro de la casa Garnier de Francia. Se trataba de una edificación en forma de anfiteatro con muros muy altos, donde vagaban extraviados hombres y animales. Aunque lo buscó a conciencia, jamás localizó al acechante minotauro en esa inolvidable ilustración.

Para Borges resultaba más temible que la idea misma de perderse, la siniestra intención de construir edificios destinados para tal fin. No sólo le interesaron los laberintos, también los constructores. Admiró lo mismo a Dédalo que a James Joyce, arquitectos de complejas y bellas encrucijadas de piedra o de palabras respectivamente. Tal vez no sospechó de niño, en la biblioteca paterna que se contaría con honores en ese mismo gremio.

En su cuento “El jardín de los senderos que se bifurcan” propone la idea de un laberinto perdido, lo que duplica la magia del inquietante tema ante la posibilidad de extraviarse en un lugar que se pierde a su vez. No olvidemos también los otros laberintos tan frecuentes en su obra, los del tiempo.

En su brillante soneto “Laberinto”, niega la existencia de Asterión (el minotauro). Lo dice con conocimiento de causa, pues fue aniquilado en otro cuento suyo: “¿Lo creerás Ariadna? -dijo Teseo- ¡El minotáuro apenas se defendió!”

También niega la existencia de un centro en el laberinto del universo, aunque confesó más de una vez en entrevistas que si existiera la certeza de un centro, también podríamos tener la esperanza de un Diseñador. Sin importar que en dicho centro nos aguardara el infierno o Asterión, sería reconfortante saber que tal punto existe.

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