Volviste confortable mi silencio
y lo apuñalaste por la espalda.
Me hiciste creer color
cuando las nubes se camuflan
con mi creciente tempestad.
Me robaron el sol,
ese, que hacía florecer pecas
y otros garabatos en mi nariz.
Hoy, solo soy más verso
que persona.
Con el cuerpo hecho nudo,
me niego a seguir anhelando tu tacto,
esa arma de doble filo
que por más que me engañara,
al igual que los espejos,
desangraba mis lágrimas.
Con audacia, arreaste mis vientos
dejándome inmovilizada,
disolviéndome en leche y azúcar
o desnudándome por costumbre;
me sumaste a la lista cotidiana
de las cosas que das por sentadas,
como el diario los domingos,
o las noches desgarradas.
Las deshoras me consumen,
agonizo hasta en sueños,
herida con tinta, me repito
que todo sentimiento es temporal.
Que solo lo verdadero perdura.
¿Y si me convertí en lo que querías de mí?
Ya es mañana,
y ya estoy muerta.
El perdón
es la anestesia de los vivos.

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