El tiempo está muerto.
No intentes respirarlo,
percibirlo,
viajar bajo otros cielos.
Es en vano.
Sus heridas no sanarán;
la sal y el sol quemarán
la sangre desolada
que tu cuerpo viste cada día.
No intentes lavar tu cara,
cada marca, cada lunar.
Tus crímenes están grabados
en cada centímetro de piel.
Me dejaste criando monstruos,
murmurando entre mis demonios,
como todos esos náufragos
tragados por mi mar.
Es tu traición el gusto amargo
que mi lengua acostumbra
a ver llegar.
Ya no estás más
en el mundo que creías pisar.
Y es la misma sentencia
la que te toma por la garganta
y ahorca hasta el cenit,
la que autodestruye vorazmente
cual memoria cálida.
Es la angustia que me clava
en una dosis diaria
a los charcos, las grietas.
Son aquellos fuegos cotidianos
que beben de tu sexo,
tajean tus mentiras,
me condenan a otro desamor.
Cuando la misma noche se apaga,
no queda nada más que asesinar.
Otro final se vuelve inevitable.
Pero no te desesperes.
Yo sé que estamos todos rotos.

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