Le escribo a las manos que se funden.
A la furia que te empapa.
A los románticos de goteras.
A los tactos ajenos.
¿Tan enamorados están del tocar fondo?
De perder cabezas en mapas,
mapas en cajones,
papeles en monotonías.
He muerto todas las muertes;
envenenado el dejarse estar.
Es aquel rostro que le invento
el que me amora y riega
de silencios tramposos.
Las astillas de la sangre
indencian hace años tu nombre,
se abrazan las rodillas
al atravesar tu sombra.
Te hablo desde otra piel.
Me fusilo en sus pupilas,
arrastro mi propia ausencia.
Desnúdame, cemento.
Enterrame en lujurias ciegas,
moldeame como vos quieras.
La pena me quebró
cada dedo escribiendo,
encadenó a ser huesos,
clavos, pero nada de horrores.
Ya lo he muerto todo.
Y desde acá te aviso
que me falta mucho por caer.

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