El reloj, el Piel Roja, el vestido, la ventana y una canción al final.

El reloj marca las cinco de la tarde, salgo de la estación y el frio vuelve al cuerpo sin más ni menos. Hay una brisa fuerte que reafirma la sensación de impotencia  que aún no logro contrarrestar, ni con los buenos deseos, ni con el reciente recuerdo de haberla visto.
Después de los cinco minutos.

Un Piel Roja quemándose: condensa el sinsabor del amor ido y la esperanza de un próximo encuentro; el fuego que se conduce en medio del tabaco sellado, el calor que reciben los labios es el preludio a los sabores amargos que esperaban en la noche.
Me aleje poco a poco de la estación, baje la mirada, cerré la chaqueta gris que llevaba, la subí hasta mi cuello y me arrepentí de ponerme la capota, estire los audífonos, puse música, comenzó a sonar el sugestivo intro del IOWA y pase la calle en unión al Colpatria sin mirar hacia los lados, como si no hubiese peligro, como si estuviese caminando por calles vacías, lento y sin mirar a los lados. Un parloteo desesperado y las miradas de los que venían hacia mí, me hizo girar y ver al motociclista y al conductor de un auto rojo gritando ferozmente y lanzando inmundas palabras hacia el hombre que se atravesaba en el cruce ciego y que por poco y sin darse cuenta es atropellado.
Pase la mirada y seguí mi camino. La ciudad estaba hermosa, la brisa era perfecta para mantener el frío, y el sol preciso para sostener una clara vista sobre el camino, a paso lento crucé una nueva calle, esta sin autos ni motociclistas, frene frente al puesto de dulces y cigarros, pedí un “peche” "¡¿Un qué?" respondió la señora, pensé de inmediato que era su primer día de trabajo. "Un Piel Roja ¿tiene?"  la señora se levantó, miró la fila de cigarros buscando el nombre mencionado y en un extremo los vio. Cogió la cajetilla y me la ofreció, tome tres, prendí uno, pase un billete de mil y me fui.

Camine hacia el parque de la independencia, allí subí hasta las palmeras que se levantan en una esquina del planetario distrital y me recosté junto a una, el cigarro que alimentaba la forzada despedida comenzaba a mutar y el cigarro fumado por el viento, un yo externo, terminaba con la colilla de aquel primer pensamiento ido y por haber. Por un momento me deje caer; perdido en el fuego que extinguía el tabaco logre sumergirme en la voz gruesa y rasgada de Taylor, en la rabia exuberante que despedía la percusión de Jordison y en los golpes que me daba el inconsciente para acabar con todo.

El reloj marcó las seis de la tarde, la música fue interrumpida; el celular sonó, el saxofón que me alerta turbo el fuego, el humo, el verde del pasto, la brisa fría… Lo saque con curiosidad, imaginando saber quién era la que llamaba. Número desconocido o no, sabía quién estaba al otro lado de la línea; un respiro profundo, busque el segundo cigarro, la candela  y conteste. "Ya me estoy alistando para salir, vienes a recogerme verdad, espérame en el café del lobby. Un beso, ya quiero verte y antes de nada gracias Alejo. Chao" Sin palabras, conteste y ni una palabra salió de mí, quien respondía era la respiración que gritaba el todo que escondía la nada de mi silencio. Sin más, la música volvió e irónicamente Liberate en vivo sonaba con más fuerza que nunca.

Prendí el segundo cigarro, me levanté y tenía media hora para llegar al lobby, subí por el parque, di una vuelta rápidamente; diez minutos, tiempo suficiente para que el viento quemara el Piel Roja poseído en mis simbolismos. Bocanadas grandes y gruesas, la nicotina en mí, mis ansias afuera, inhala, exhala, inhala, exhala hasta quedar colgando de la colilla y el romántico encuentre el calor perdido.

...

Ansiedad, frío, el sudor concentrado en las manos, el fuerte olor a cigarro y el mareo que siempre sufro a causa del cigarro eran los únicos acompañantes en esos momentos. Camine lento, salí del parque y tome por la Plaza Santamaría, así evitaba el tumulto de gente, el afán y el desespero de la ciudad en horas pico, camine hasta el Museo Nacional, cruce la calle hacia el Centro Internacional, pasé el centro comercial que divide la Calle 13 con la Carrera 7 en tanto cada paso se hacía cada vez más pesado, pensé en lo ridículo que me podía ver, en cómo ella estaría vestida, en cómo llegaría yo a saludarla; siempre que sabía que la iría a ver pensaba en el saludo.

El sol había caído por completo, la luz natural se despedía y ahora la ciudad mostraba sus largas filas de postes de alumbrado. El saludo ahora era lo de menos, llegué al edificio Porvenir –como yo lo conozco– me presente en la portería "vengo a recoger a mi esposa, me espera en el lobby" preguntaron mi nombre, lo anotaron en una lista, me dejaron pasar, pase recepción y subí al segundo piso; en la cafetería estaba ella: mí no esposa, mi pasado, un recuerdo no más, una preocupación del ahora, una promesa faltante. Estaba buena parte de mi vida ahí… Pero nunca mi esposa, después de esa palabra pude subir hasta allí arrastrando todo ser oculto en el cuerpo.

No diré su nombre, simplemente me niego desde hoy a decir su nombre.

Tenía un vestido corto color negro, su barriga parecía verse más grande, el realce de su vientre alzaba el vestido ligeramente y los pliegues se veían perfectamente distribuidos, todo a su alrededor parecía resaltar su figura maternal. Medias veladas no muy oscuras, baletas, un blazer blanco de costuras negras y un viejo dije de la luna y el sol –que yo le había obsequiado– se posaba en su pecho. Me miró, sonrió y tomó aire, cerró las manos y las volvió abrir, se levantó, me dio la espalda, tomó su abrigo, sacudió su pelo y lo dejó caer por su espalda, el ondulado, negro y largo cabello que tocaba su cintura no dejó de moverse para mí; apartó el puesto y en unos cuantos pasos me recibió con un abrazo y un beso en la mejilla "¡llegaste!" dijo, me tomó de la mano y me llevó hasta la mesa donde estaban sus cosas "quiero presentarte a alguien. ¿Quieres tomar algo?" Me negué a todo.

Me presento a una amiga de su trabajo, me presento como su esposo y me hizo un guiño, cuando salude a su amiga ella también lo hizo "Hola, mucho gusto en conocerte, yo soy Carolina; ella me habla de ti muy seguido y más últimamente. No me habías dicho que tenía el pelo largo…"

Incómodo, fueron minutos, solo minutos y aun me siento incomodo, arrastrado y humillado, a gritos hubiese salido de allí; diciendo en verdad quien era, pero no, su mano en mi antebrazo no me dejaba y la rabia crecía y la ira crecía al estar seguro de que Carolina sabía todo lo que pasaba.

"Es hora de irnos, quiero llegar temprano a casa; estoy cansado" dije mirándola a sus ojos cafés oscuros, tan oscuros como todo lo que escondía, tan oscuros que por momento me perdía en ellos. Lo dicho, acompañado de un ligero tic en la pierna contra el piso fue preciso para despedirnos y salir del lobby. Tome su bolso, ella se puso su abrigo, una bufanda, consintió a su bebé y bajamos. Salimos a recepción, dejo unos papeles allí y yo me adelante a la portería y espere a que saliera. "Vamos, te invito a comer, se donde venden sushi ¡Muero por sushi! recuerdas… desde hace unos meses solo pienso en sushi y mango, recuerdas el mango…" Me negué a todo, excepto a la promesa… Acompañarla en todo.

Fuimos a un restaurante muy cerca de allí, sobre la séptima, me contó cómo había estado su día, lo mucho que había pensado en su hija, en su verdadero esposo y en mí. Me pregunto cómo me sentía, que qué había hecho el día después de estar en su casa, qué había hecho ese mismo día, en que pensaba y también pregunto el porqué de mi silencio a la mayoría de sus preguntas. Salimos del restaurante y hasta ahora eran las siete y media de la noche. "¿Algo más por hacer hoy?" Pregunte.

Tomamos un taxi hacia su casa, tampoco hable mucho, en mi simpleza le dije el destino al taxista y me refugie en la ventana. Lo único que me sacó de la inconformidad que me ahogaba fue su pequeño llanto, me acerque, le tendí mi brazo y la abrace, no sé qué sentía, no sé cómo describirlo, era su fuerza contra la mía, era ella aferrándose a mí con intimidad. Solo pude abrazarla y acariciar su delicada barriga "ella va estar muy bien, después de ella las cosas no serán igual y tu estarás mejor con ella, al fin de cuentas es tuya, es tu fuerza" me miró y en su inocente acercamiento, lo único posible fue adelantarme y darle un beso en la frente y volver a mi ventana.

Llegamos a Marsella, se habló una vez más para indicar la casa correcta, freno el taxi, pague y la ayude a salir. "¿Me acompañas adentro?" Me negué a todo.

"Sabes Daniel Alejandro, tu deberías aprender a dejar ir lo que amas, tu grandeza se derrumba cuando sigues y no aprendes a decir adiós. No sabes esperar, no sabes cómo dejar ir lo que amas, y lo que tú más quieres ahora es dejarme ir porque me sigues amando" No había acabado de cerrar el taxi y sin previo aviso sonaron bombas en mi cabeza. "Yo a usted no la amo, usted me preocupa, y es verdad y estoy de acuerdo con usted. Hoy casi no dejó ir a quien apenas comienzo amar, y sí, quiero dejarla ir a usted, porque usted se llevó a quien yo quería amar más que a nadie en este sucio mundo. Tranquila, en dos meses nos veremos de nuevo, ámese y ámela a ella"

Después de una nueva lágrima la acompañe arriba, pique mango verde y la hice reír un rato con los recuerdos del colegio, de las calles, de los viajes que hicimos juntos, del mar, que conocí gracias a ella. También se sonrojo y soltó viejas carcajadas, salió de nuevo una lagrima, pero esta producida por la risa al verme imitar una de las peleas sin sentido que vivíamos.

El reloj marcaba las nueve de la noche y yo ya tenía que irme, ella se desnudó al despedirse, me tomo la mano, sin palabras, y la poso sobre su vientre, yo me acerque, le di un beso a su niña y le desee grandes sueños a su madre. Salí de allí, ella estaba en la ventana "Cuídate por favor" dijo, la mire y lance un hasta pronto con la mano y seguí caminando.

Estire los audífonos, sonaba Def leppard, busque “Armageddon it” en la lista de reproducción y el camino hasta ahora comenzaba… Una mano en el bolsillo para evitar el frío y sorpresa mía; encontré ese tercer Piel Roja.


Madrugada del 29 de Julio.

Al llegar a casa, después de haber caminado por las calles en silencio, después de haber pasado entre barrios y augurios de esquina llegue sin más a escribir... Sin más.

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Ada Zoe
about 2 years

Linda y elocuente narrativa!!!
Te envío un saludo desde madrid

Edgardo Alejandro Ibarra
about 2 years

Uno De Los Mejores Escritos Que Leido En Mi Vida...

"S. Cramer"
"S. Cramer"
about 2 years

Ey! Un saludo muy grande

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