Entre la piel de ese cuerpo,
en el roce de este ocaso
conviven las mujeres que me habitan.
 
Me he convertido en piel intrusa,
en esa rara penitencia de mis propios silencios
como el fósil del último invierno,
en el que a veces lloro.
 
De vez en cuando saco a pasear
el sueter gris de la melancolía
esa compañera que me cubre cansada de mí
y me dice al oído...
que afuera llueve entre gemidos ajenos...
¡Y es que morir de amor ya no basta!

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Angélica
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