El corazón, la fruta de mi pecho,
cada día se pone más sabrosa.
Yo creo que la luna es una rosa
que huele por la tarde a mar.
Aún cuando te veo, me emociono.
Esto dura mientras la noche pasa
—lo feo, que tu casa no es mi casa;
y sólo nuestras bocas tienen color de sangre—.
Yo te estaba mirando ya hace tiempo,
y tú en ti me llevabas desde entonces;
qué belleza tenía por el borde
del beso aquel que supo a cualquier cosa.
Mi cuerpo descansaba junto al río,
cuando en el firmamento de tu pecho
temblaban y brillaban cuatro lunas.
La luna sin espejo de la noche
la noche sin misterios por la luna,
entonces me di cuenta, tienes una
espalda tan hermosa como un ciervo.

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Ada Pardo
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