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Manuel Benitez Carrasco

POEMAS
SEGUIDORES
2

El niño quiso ser pez,
metió los pies en el río;
...estaba tan frío el río
que ya no quiso ser pez.
 
El niño quiso ser pájaro,
se asomó al balcón del aire;
...estaba tan alto el aire.
que ya no quiso ser pájaro.
 
El niño quiso ser perro,
se puso a ladrarle a un gato;
...lo trató tan mal el gato
que ya no quiso ser perro.
 
El niño quiso ser hombre,
empezó a ponerse años;
...le estaban tan mal los años
que ya no quiso ser hombre.
 
Y ya no quiso crecer,
no quería crecer el niño;
se estaba tan bien de niño...
pero tuvo que crecer.
 
Y en una tarde, al volver
a su placeta de niño
el hombre quiso ser niño,
pero ya no pudo ser.

2

Cuando don Ramón Montoya
se fue, porque lo llamaron
para una fiesta en la gloria,
temblaron, tristes y solas,
sin que nadie las tocara
las guitarras españolas;
por los tablaos derramaron
lágrimas como lunares
todas las batas de cola,
y muertecitos de pena
se quedaron las gargantas,
y los cante y las penas.

Antes de que don Ramón
llegara para la fiesta,
y no habiendo allí, guitarras
porque tampoco había juergas,
Dios le dijo a San José
(a san José, que es un santo
que sabe bien de maderas):
—José: hazme una guitarra
una guitarra flamenca
con el mejor palo santo
y más celestial que tengas.

Y orgulloso del encargo,
San José,
San José hizo una guitarra
que pa qué...
Los santos, cuando la vieron,
se quedaron pasmaítos;
más de cuatro
perdieron hasta el sentío;
y Dios no pudo por menos
que decirle a San José
con un aire bien flamenco:
—Olé las manos que hicieron
esa guitarra de España
para más gloria del cielo.

Don Ramón tomó en sus manos
la guitarra; por la Gloria
el silencio se afinaba
contra el filo de las rosas.
Templó las cuerdas; las cuerdas
sonaron con son de luna,
pero de luna española,
y don Ramón empezó
su lección mágica y honda:

Sevilla ríe en la prima,
fina, ligera y garbosa
y Cárdoba en el bordón
lloraba una pena mora.
Darros y Guadalquivires
se enredaban en las notas
y todo el aire andaluz
iba, en manos de Montoya,
corriendo Sierras Morenas,
cruzando Tajos de Ronda.

El silencio se rompió
con un ¡olé! que hizo historia,
y el cielo se hizo colmao
por el embrujo embrujao
de los duendes de Montoya .

San Cristóbalón,
las manos como palmeras,
empezó a hacer unas palmas
que se venía el cielo a tierra.
—Sordas, sordas
(le decía don Ramón);
que esto no es una tormenta,
San Cristóbalón—

Y Santa Teresa, ¡vaya...
vaya monja!
Qué doctora tan sencilla,
qué mística tan graciosa,
qué santa de ancha es Castilla,
qué gloria tan española,
y qué española tan guapa,
tan guapa y requetehermosa,
¡lo que se dice una monja
flamencona!
Si loca de gracia estaba
ahora se volvió más loca
oyendo cómo reían
y gemían
los duendes de Andalucía
en las manos de Montoya.

Se recogió bien el hábito
de una punta a la cadera;
alzó los brazos al aire
llenándolos de canela
—dos jaulas eran sus manos
dando a los pájaros suelta—
y, a quiebros y a giros y
a todas las cosas buenas,
se echó a medir el tablao
de la fiesta.
Y, llevada de su genio,
en una de aquellas vueltas,
dio un volantazo tan grande
con su bata de estameña,
que por poquito poquito
me lo tira de cabeza
a su San Juan de la Cruz
que, lleno de misticismo
como siempre estuvo, estaba
mirándola embobaíto.

San Pedro, que siempre tiene
carita de mal humor,
desde la puerta miraba
serio a Dios, como diciendo:
¡Esto no es serio, Señor!

Pero cuando don Ramón
hizo temblaer en un tercio
toda el alma del bordón,
San Pedro sintió que un aire
como un diablillo gitano
se le metí por las venas
y se le subía a los labios.
Y sin poder contenerse,
y sin poder remediarlo,
se echó pa’lante, flamenco,
con una caña en la mano;
se echó el vinillo a la boca,
lo paladeó un buen rato,
carraspeó pa evitar
que le saliera algún gallo
(que no sé por qué San Pedro
le teme tanto a los gallos),
y entonándose primero
con un jipío bien largo,
puso el cielo al rojo vivo
con los tercios de un fandango:

—Con el permiso de Dios,
y como premio a esas manos,
escrito queda en la historia:
desde hoy tendrán los gitanos
entrada libre en la gloria.

Y cuando vieron los santos
que al embrujo de Montoya,
el santo más serio estaba
en lo mejor de sus glorias,
Cecilia dejó el piano
y san David tiró el arpa
y se pusieron a hacer
un repiqueteo de palmas.
Y mientras que, postineros,
con su estrellita del brazo,
jaleaban los luceros,
bailó y cantó como nunca
entre requiebros y oles,
la Mercé por bulerías
y Chacón por caracoles.
Ebrias de gracia española,
las santas más achinadas
se sintieron flamenconas.
Y hasta la Virgen María,
bonita como ella sola,
con la luna por peineta
y el sol por bata de cola,
se bailó por alegrías
en el tablao de la gloria.

Me aterra la ponzoña que has clavado
en este corazón de rompeolas,
el arquero bandido del juzgado
dejó mi mitad sola.

Me aterran estos cromos repetidos
camuflados de rojo pintalabios,
me obligas a deletrear olvido
con burbujas de acuario.

Me aterra despertarme en el silencio
de una noche cualquiera
y no escuchar ni llanto ni sonrisa,
sólo el tiempo que pasa y no se queda.

Me aterran las paredes que me asfixian
con su blanco de llave,
vestido de persianas no te observo
paseando callada por mis calles.

Me aterra, en fin, morir tan lentamente
en estos días hechos sueño y noche.

Mira si soy desprendío
que ayer, al pasar el puente,
tiré tu cariño al río.

Y tú bien sabes por qué
tiré tu cariño al río:
porque era hebilla de esparto
de un cinturón de cuchillos;
porque era anillo de barro
mal tasao y mal vendío,

y porque era flor sin alma
de un abril en compromiso,
que puso, en zarzas y espinas,
un fingimiento de lirios.

Tiré tu cariño al río,
porque era una planta amarga
dentro de mi huerto lírico.

Tiré tu cariño al agua,
porque era una mancha negra
sobre mi fachada blanca.

Tiré tu cariño al río
porque era mala cizaña
quitando savia a mi trigo;

y tiré todo tu amor,
porque era muerte en mi carne
y era agonía en mi voz.

Tú fuiste flor de verano,
sol de un beso, luz de un día;
yo te cuidaba en mi mano,
y en mi mano te acunaba,
y tu, por pagarme, herías
la mano que te cuidaba.

Pero al hacerlo, olvidabas
(tal vez por ingenuidad),
que te di mis sentimientos
no por tus merecimientos
sino por mi voluntad.

Yo no puse en compraventa
mi corazón encendío;
y has de tener muy en cuenta

que mi cariño no fue
ni comprao ni vendío,
sino que lo regalé.

Porque yo soy desprendío;
por eso te dí mi rosa
sin habérmela pedío.

Porque yo soy desprendío
y doy las cosas sin ver
si se las han merecío.

Por eso te di mi vela,
te di el vino de mi jarro,
las llaves de mi cancela
y el látigo de mi carro.

Ya ves si soy desprendío
que ayer, al pasar el puente,
tiré tu cariño al río.

1

Yo me casé por la iglesia,
me casé como Dios manda:
un ramito de azahar
mustio sabre la solapa
santiguando los pecados
de un hombre que apunta canas.

Ella vestida de blanco
¡pureza certificada!
Un alfombra hasta la puerta,
órgano, misa, campanas,
y un anillito de oro
con una fecha grabada.

Pero fue lo que Dios quiso
por esas cosas que pasan
entre hombres y mujeres
que nadie puede explicarlas.

Ella torció su camino
de la noche a la mañana.
No sé si fueron razones
o fue un cariño que abraza;
pero a nadie le deseo
ese tormento que mata.

La duda entre ceja y ceja
como un cuchillo clavada,
viendo irse de las manos
algo que se nos escapa.

Nunca le hice reproche
ni le dije una palabra,
pero yo lo presentía,
que el corazón nunca engaña;
y un día... nos separamos
y aquí la historia se acaba.

Y más solo que la una
me quedé solo en mi casa
con un silencio de muerte
y puertas empestilladas.

Lo que pasé, Dios lo sabe,
hay penas que nunca acaban.

Un día encontré a la otra...
sí, ¡La otra! esa palabra
que sin tener filo muerde
y sin ser cuchillo mata.

La otra...
una mujer de la calle
con un corazón de oro
y una vergüenza en la cara.

Un cariño recio y hondo
fuerte como una muralla
trabajadora y sencilla,
alegre, risueña, casta;
leona pa´defenderme
y una hormiga pa´la casa.

¡Y a esa le llaman “la otra”!
como una espina que daña...
¡y es la que sufre conmigo
y es la que seca mis lágrimas
y se funde en mi alegría
igual que el oro en la fragua!

Sí,
¡yo me casé por la Iglesia,
me casé como Dios manda!
Ella vestida de blanco,
“pureza certificada...”

La otra,
ni se ha vestido de blanco
ni le han tocado campanas
ni le han prendido azahares
que a ella no le hacen falta
para ser pura y sencilla
como una fuente sellada.

Y aunque la llamen “la otra”
yo sé que es la mía ¡y basta!
Pero que nadie la toque,
nadie diga una palabra
que pueda ofender su nombre;
que nadie intente humillarla,
que me juego de hombre a hombre
y me mato cara a cara
con quien sea y donde sea.

Que si no tiene un anillo
con una fecha grabada,
yo le he regalado uno
con besos limpios, sin mancha,
y la he vestido de novia
con rayos de luna blanca.

Y aunque no es mi señora
ni le han tocado campanas
ni le han prendido azahares
Me quiere...
me quiere ¡como Dios manda!

“Ni rencores, ni perdón;
no me grites... no me llores,
lo nuestro ya se acabó”

¿Rencores?... ¿Por qué rencores?
No le va a mi señorío
guardarle rencor a un río
que fue regando mis flores.
Tú me diste los mejores
cristales de tu corriente,
y no sería decente
maldecirte por despecho,
si sé que tienes derecho
a dar o negar la fuente.
Debo estarte agradecido
por tu generosidad;
tú me diste por bondad
lo que yo di por cumplido.
Me brindaste tu latido,
tu boca nunca besada,
tu carne nunca estrenada,
tus ojos siempre empañados
y los potros alocados
de tu amor en llamarada.
Me diste el beso primero
que es el que más atosiga,
y me diste la fatiga
de un cariño verdadero.
Me diste luna y estero,
tu corazón sin celaje,
me diste todo el encaje
de tu caricia en mi pelo,
y me regalaste el cielo
en tus ojos sin paisaje.
Por eso yo, bien nacido,
ni te odio ni te aborrezco,
al contrario, te agradezco
todo lo que me has querido.
No me importa si te has ido
con tu barca hacia otro mar,
que yo no te puedo odiar
por esa mala partida,
ya que odiar es, en la vida,
un cierto modo de amar.
Ni te vengas a mi lado
para pedirme perdón,
el perdón es la razón
de volver a lo pasado,
y lo pasado... acabado,
que pasó... porque pasó.
¡Déjame que viva yo
sin perdón y sin rencores,
porque... por más que me llores
lo nuestro ya se acabó!

1

Tengo el caballo a la puerta,
¿te quieres venir conmigo?.
Yo no te obligo.
Sólo te brindo ocasión
de darte en mi soledad
una casa, un corazón
y un cariño de verdad.

¿Qué no quieres…? Allá penas.
Mientras yo tenga en mis venas
sangre de piropo y ronda;
mientras, por más que se esconda,
no haya mujer que resista
este pase de conquista
de los vuelos de mi capa;
mientras la flor que se tapa
con clavel y celosía
se asome a verme pasar
pensando en la Vicaría;
y mientras de par en par
se abran a mi reclamo
el corazón donde llamo
y la boca donde toco…
a mí se me importa poco
que quieras o que no quieras
ser dueña de mi fortuna.
Hay mucha espiga en las eras
para pensar sólo en una.

Y mira lo que te digo:
un día dejé la luna
porque no quiso venir conmigo.

Y no me costó ninguna
fatiga romper cadenas.
Con esto quiero decir
que a ti, que no eres la luna,
me costará menos pena
dejarte, si lo prefieres.
Me sobran a mí mujeres.

De modo que tú dirás;
si me das el sí, tendrás
beso blando, brazo fuerte,
casa, cariño y corona
y, si es preciso, mi muerte
por defender tu persona.

¿Qué no quieres…?
No hay que hablar
de olvidos ni sufrimientos:
que tengo yo muchos vientos
por donde poder volar.
Y me iré calle adelante,
sin fatiga y sin desplante,
con una copla de mayo
saltando en el corazón
mientras me acompaña el son
el paso de mi caballo:

—Voy a la esquina a cambiar
por una rosa otra rosa,
y a ver quien lo va a notar;
que si una rosa es hermosa…
la otra… no se queda atrás

En fin; no quiero hablar más
de lo que ya no precisa
más explicación.

Mi corazón va deprisa
y no le gusta perder
tiempo en la conversación,
mientras se pueda entender
a besos por los balcones,
Y, torero sin fracaso,
pueda torear al paso
cinturas y corazones.

Ya lo sabes; junto al río
tengo un huerto de limones
Y un arroyito de frío
que va sembrando canciones.
Y en la loma
tengo un blanco caserío
como una blanca paloma
que se asoma
para beber en el río

Y entre arrayán y romero
un beso sin estrenar
que está diciendo ¡me muero!
porque no puede aguardar.

Y creciendo junto a una
rosita sin jardinero
tengo la flor de un te quiero
para tu pelo de luna.

Todo esto, junto al río,
en mi cabaña desierta.
Piénsalo bien, amor mío…
Tengo el caballo a la puerta.

Ni un suspiro a mi cuidado  
contestando a mi suspiro;  
fuiste de duro zafiro  
siendo de vidrio quebrado.  
Ni un rosal viejo y gastado  
merecí de tus antojos;  
sólo me diste despojos  
de tu zarzal y tu roca  
que me sangraron la boca  
y me cegaron los ojos.  
Ni una mirada siquiera  
ni una palabra sencilla,  
ni siquiera la semilla  
de una sonrisa ligera.  
Cuando yo te daba entera  
mi flor de luna y de todo  
tú... pagabas a tu modo,  
y así, mientras mi hidalguía  
te daba cuanto tenía,  
te di mi templo y mis ritos,  
mi boca llena de gritos,  
mis ojos llenos de llanto,  
te di tanto... ¡tanto, tanto!  
que darte más no podía,  
y cuando ya no había  
nada en casa que pidieras,  
yo para que no dijeras  
tú me lo negabas todo.  
¿Qué te di? ¡Nada...! ¡Nada!  
Mi beso recién comprado  
y en la fragua del costado  
una hoguera desbocada.  
Te di mi huerta cercada  
llena de rosas y lirios,  
te di la voz y los cirios  
de mis noches en desvela,  
y un corazón sin cancela  
roto de tantos martirios.  
Te di mi risa y mi canto,  
te di la casa vacía.  
Pero... ¿para qué te digo  
cosas que no han de llegarte?  
Caña frágil que se parte  
no entiende de mi buen trigo,  
y ya ves: ni te maldigo.  
¿Para qué? Desde aquel día,  
tu bajeza y mi hidalguía  
se definen de este modo:  
Tú me lo negaste todo,  
yo te di cuanto tenía.

1

Abrió su abanico,
se escudó tras él,
y un toro lucero chico
saltó al ruedo de papel.

Entre varillas, plisados,
un chato de manzanilla,
una guitarra, un sombrero
y un paisaje de Sevilla.

En los palcos de unos ojos
dos niñas de rompe y rasga;
dos penas y dos rastrojos;
la noche y el sol juntitos
en los palcos de unos ojos.
Y al barandal de una boca
¡Qué cosa!
juntos el fuego y la nieve,
novio y novia.

¡Y cómo se están riendo!
La nieve de no romperse
estando en medio del fuego
y el fuego de no apagarse
teniendo a la nieve en medio.

¡Burladero de clavel!
¡Ay, si el torero no fuera
de papel,
qué salto hasta ti daría,
burladero de clavel.

Van y vienen las varillas
cómplices del coqueteo;
aire, amor, guiño, deseo,
van y vienen las varillas.
¡Un ramo de banderillas
que han salido de paseo!
Aire, amor, guiño, deseo,
van y vienen las varillas.
¡Un ramo de banderillas
que han salido de paseo!
Aire, amor, guiño, deseo,
van y vienen las varillas.

Y al aire del abanico
se está meciendo Sevilla.

Y el toro lucero chico
quiere y no puede coger
al torerillo de cromo
que en los terrenos del tres
quiere y no puede mover
los pies.

Aire... plomo...,
trágico apunte de cromo
en los terrenos del tres.

Pero tú no tengas miedo,
torero de planta leve;
¡ese toro no se mueve
por más que se mueva el ruedo!
Torero, no tengas miedo.

El toro no se movió
el toro no se movía;
con la muleta en la mano
el torero se mecía,
y el ruedo de papel era
un aire que iba y venía.

—¿Pero si se arranca el toro..?
—¿Y qué tienes que temer,
si están dispuestas al quite
las manos de una mujer..?

Y...

¡quite maravilloso
y amoroso!
para evitar la embestida
del toro lucero chico,
ella cerró, su abanico,
y se acabó la corrida.

De estrellas eran los geranios entre
la música del agua. Silencio. Soledad.
Sollozan las palabras en los cauces
de la desesperanza, como noche sin besos,
sin nardos en su sangre toda lágrimas.
¡Oh tristeza de alma! Frío, pasos..., ¡la muerte!
¡Ay corazón! ¡Ay fuentes, arco iris
de luceros! ¡Ay hondo
llanto, pena infinita de Granada!
Nuestro Manuel ha muerto
en brazos de la aurora.
¡Manuel!, poeta de la vida niña,
del pueblo con blancura de azucenas,
de la belleza pura, ilusionada...
Vientos tristes, poemas tristes, pájaros
tristes besan el cuerpo
sin alma del poeta,
el cuerpo misterioso de Granada.
Luz, agua, sangre, vida... Dejadme ante su cuerpo,
cáliz de rosas negras, de soles apagados...,
que llore sobre el pecho de Manuel
y sobre el de esta tierra, paraíso de oro
y cadencias de voces feraces, soleadas.

Soy español, andaluz,
granaíno, albaycinero;
mi identidad la hizo Dios;
la confirmó un carpintero
y la rubricó mi madre
¡carita de pan casero!

I

El río es andar, andar
hacia lo desconocido;
ir entre orillas vencido
y por vencido, llorar.
El río es pasar, pasar
y ver todo de pasada;
nacer en la madrugada
de un manantial transparente
y morirse tristemente
sobre una arena salada.
El puente es como clavar
voluntad y fundamento;
ser piedra en vilo en el viento,
ver pasar y no pasar.

El puente es como
cruzar aguas que van de vencida;
es darle la despedida
a la vida y a la muerte
y quedarse firme y fuerte
sobre la muerte y la vida.
Espejo tienen y hechura
mi espíritu y mi flaqueza,
en este puente, firmeza,
y en este río, amargura.

En esta doble pintura
mírate, corazón mío,
para luego alzar con brío
y llorar amargamente,
esto que tienes de puente
y esto que tienes de río.

II

¡Qué mansa pena me da!
El puente siempre se queda y el agua siempre se va.
Tristemente para los dos, amor mío,
en el amor, uno es puente y otro, río.
Bajo un puente de suspiros agua de nuestro querer;
el puente sigue tendido, el agua no ha de volver.
¿Sabes tú, acaso, amor mío,
quién de los dos es el puente, quién, el río?
Si fui yo río, qué pena
de no ser puente, amor mío;
si fui yo puente, qué pena de que se me fuera el río.

Agua del desengaño,
puente de olvido;
ya casi ni me acuerdo
que te he querido.
Puente de olvido.
Qué dolor olvidarse
de haber querido.

III

Ruinas de mi claridad,
derrumbado en mi memoria tengo un puente de cristal.
Yo era como un agua clara cantando a todo cantar,
y sin que me diera cuenta pasando a todo pasar.
El puente de mi inocencia se me iba quedando atrás;
un día volví los ojos,
¡qué pena!, y no lo vi más.

IV

Y seguramente,
y seguramente
que no lo sabía;
de haberlo sabido...
no se hubiera roto el puente.
Ay... pero este puente...
¿pero es que no lo sabía...?
¿pero no sabía el puente
que yo te quería...?
y seguramente que no lo sabía;
de haberlo sabido...
no se hubiera roto el puente.
¡Pero este maldito puente...!
¿Pero es que no lo sabía?
Pero no sabía el puente
que yo lo quise pasar
tan sólo por verte;
y seguramente
que no lo sabía;
de haberlo sabido...
no se hubiera roto el puente.

V

¡Qué miedo me da pensar!
y mientras se van los ríos
qué miedo me da pensar
que hay un gran río que pasa
pero que nunca se va.
Dios lo ve desde su puente
y lo llama: eternidad.

VI

Difícil conformidad:
el puente dice del río:
¡quién se pudiera marchar!
y el río dice del puente:
¡quién se pudiera quedar!

VII

Agua, paso por la vida;
piedra, huella de su paso;
río, terrible fracaso;
puente, esperanza cumplida.
En esta doble partida
procura, corazón mío,
ganarle al agua con brío
esto que tienes de puente,
y que pase buenamente
esto que tienes de río.
y aquí termino el cantar
de los puentes que se quedan,
de las aguas que se van.