La onda del rayo rojo se expande hacia un fondo oscuro,
como si se deslizase a través de un túnel circular,
cada vez más y más cerca hasta desaparecer.
De pronto, la atmósfera que creó la onda, ha estallado en ínfimas partículas de luz y un nuevo rayo se proyecta desde ese punto distante mientras más ondas escarlata
se deslizan a través de él.
 
Mi cuerpo descansa yacente bajo el crepúsculo de este extraño mundo.
Mi alma parece una llama encerrada entre densos pétalos de Canna, bajo
el color rojizo de este cielo que nunca cambia.
 
Soy como un vendaval en el desierto, que boga entre el brillo cobrizo de los rubíes,
praderas de cristal a ras de tierra, irisadas por la luz de esta gigante roja casi extinta.
 
Pero aun conservo en mi regazo el calor que hizo nacer este otro sol, puro, interior, protegido.
 
Y en la penumbra de Antares espero, entre la quietud y la profundidad del silencio,
la llegada de otro espíritu,  cálido, intenso,
que confunda su fuego con mi fuego.

Perteneciente al libro de Marian Vanderlest, Dueños del tiempo,2004,como el resto de los poemas aquí publicados. Todos los derechos reservados.

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