Corren delicadas espigas de hierba,
allá en Erín, la isla Esmeralda,
donde arrecian los vientos del Oeste.
 
Impetuosas olas rompen contra
los acantilados en Europa, la región
de los cien pináculos, gótico flamígero,
que llora con sus lágrimas de piedra
en las noches gélidas contra los astros;
 
Arquitectura enigmática que se yergue
como una nueva Jerusalén Celeste,
Ciudad de Dios que los hombres quisieron
imitar en la Tierra, catedrales, tesoros
recubiertos de gemas del viejo continente;
 
Junto a antiquísimos cementerios celtas,
vikingos, godos.
Sangre de otros siglos, en la roca derramada
tras tantas batallas.
 
La nueva primavera augura tiempos más pacíficos,
lleva el perfume de las flores silvestres prendidas
en los  cabellos, castaños, rubios y cobrizos  
de las mujeres que danzan en el equinoccio,
entregándose a los rituales paganos de
Stonehenge.
 
Templo solar, circulo sagrado,
mudo reloj de las estaciones.

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