La flor de la “ No me olvides”,
la nemorosa, copa inclinada,
cubierta de rocío;
Siemprevivas que
trepan como rosales. A todas la noche
envuelve;
 
Negro manto sobre su fría savia,
absorbiendo agua desde sus raíces.
 
Sed, deseo, supervivencia, hambre;
¡Corren las alimañas!
 
La oscuridad las llama que es la
madre de la muerte.
 
Y tiende la noche haces de claridad lunar,
puentes a la avidez
en todos sus paisajes.
 
Giran sinuosas columnas de humo,
abajo en el valle,
y desde las cuevas, donde los sabios se
retiraron sin pesares.
 
Allí viven de nuevo, cuando la civilización
se volvió más voraz,
que el destino que auguró
su propia suerte.
 
Y se pregunta el sabio,
cuantos mundos hay dentro y alrededor de este...
 
Cuando solo percibimos de la realidad,
una ínfima parte;
 
Esa que nos llega a través de la tridimensionalidad,
donde nuestros sentidos se recrean y desde esa
realidad vuelven a la mente...
 
Experimentando el Arte de ser, de percibir,
de luchar y vivir cada instante.
 
Nemorosas, siemprevivas,
flores de esplendor y malas hierbas
que nunca mueren;
 
Todas vosotras y las fieras  arriba
en los montes, y los hombres en el llano,
y en el río los peces;
 
Viven en el latido de un corazón de sangre,
o en el fluir de la clorofila verde;
 
Respirando agua o respirando aire,
Todos seres de esta naturaleza heterogénea
y múltiple, pero compacta y uniforme;
 
Todos con una única meta por delante,
instintiva y  de causa desconocida para sus entes,
sobrevivir como sea, ganar una carrera
que no pueden;
 
Desafiando con sus vidas, con sus luchas,
a la guadaña, siempre vencedora e impía,
de la propia muerte.

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