Cada volcán levanta su figura,
cual si de pronto, ante la faz del cielo,
suspendiesen el ángulo de un vuelo
dos dedos invisibles de la altura.
 
La cresta es blanca y como blanca pura:
la entraña hierve en inflamado anhelo;
y sobre el horno aquel contrasta el hielo,
cual sobre una pasión un alma dura.
 
Los volcanes son túmulos de piedra,
pero a sus pies los valles que florecen
fingen alfombras de irisada yedra;
 
y por eso, entre campos de colores,
al destacarse en el azul, parecen
cestas volcadas derramando flores.

Soneto

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Alfredo Jiménez G.
alrededor de 2 años

Por sí mismos una paradoja, los volcanes se yerguen majestuosos, exhibiendo su blanca melena gélida, mientras que en sus entrañas hierve contenida la fuerza de un planeta con fallida vocación de estrella que nunca se encedió pero atesora toda su energía para intentar de nuevo, un día, ser un lucero, un aprendiz de sol. Lo expresa de modo extraordinario el Poeta José Santos Chocano en este símil: "...y sobre el horno aquel contrasta el hielo,/ cual sobre una pasión el alma dura."

Desde el Valle de México, podemos contemplar hacia el oriente un casto idilio: La Mujer Blanca duerme y se distingue bien su sensual figura, resguarda su sueño eterno un airado guerrero, Popocatépetl (cerro humeante) que algún día soltará su alarido y su venganza por su frustrada dicha contra una ciudad que con audacia ha desafiado sus cercanías, invadiendo con ingenuidad hasta el lindero de sus faldas. Lo llamamos "cerro", "don Goyo" y confiamos en él; la fertilidad de la altiplanicie la debemos a sus pretéritos desplantes, cuando sus alaridos rencorosos colmaron de cenizas sus alrededores. La calamidad de ayer es la prosperidad presente.

Lo mismo sucedió en el año 79 D.C. en Pompeya, le llamaban "monte" Vesubio y hasta figura amistoso en los murales preservados.

Hombre y volcán viven su tensa tregua ignorando los escritos de Plinio "el joven", pues vida y muerte siempre caminan de la mano.

Los habitantes de Nápoles y el Anahuac tenemos algo en común, amamos nuestros volcanes y, a cambio de un día más en calma, les ofrecemos nuestra temeridad y nuestras comunidades, como una alfombra abigarrada ante sus plantas.

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