Música del Japón. Avaramente
de la clepsidra se desprenden gotas
de lenta miel o de invisible oro
que en el tiempo repiten una trama
eterna y frágil, misteriosa y clara.
Temo que cada una sea la última.
Son un ayer que vuelve. ¿De qué templo,
de qué leve jardín en la montaña,
de qué vigilias ante un mar que ignoro,
de qué pudor de la melancolía,
de qué perdida y rescatada tarde,
llegan a mí, su porvenir remoto?
No lo sabré. No importa. En esa música
yo soy. Yo quiero ser. Yo me desangro.

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Alfredo Jiménez G.
10 meses

"Los artificios y el candor del hombre/ no tienen fin...", escribió alguna vez el mismo Jorge Luis Borges. De esa creatividad, paciencia e ingeniería humana, surgió desde hace siglos la posibilidad de encapsular la música en una caja pequeña y se consiguió que liberara sus notas al abrir la tapa.

Casi mágico resultó para todos el efecto de ese preciso mecanismo de relojería y el artefacto encantador que asustaba a los ingenuos, tan sólo pedía a cambio que se le alimentara de vez en cuando girando una llave.

También se fabricaron versiones grandes de tan prodigioso invento, las llamaron pianolas y hay que ver el revuelo que casusó una de ellas cuando fue llevada a Macondo, en esa remota era en que "el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre". Pero muchos preferimos las versiones minúsculas, por ser más minuciosas y, sobre todo, portátiles.

Borges, desde luego, es de la misma opinión. Cautivado por un ejemplar de particular belleza, le dedica este poema. La música oriental que se libera al abrirla, le prodiga recuerdos ajenos y de todas las épocas posibles.

Si la música es, como sabemos, tiempo dulcificado, el Poeta lleva un Aleph de tiempo en el bolsillo.

Su mágico tesoro es nuevo a cada instante; sólo le basta dejar volar las notas para tener a su alcance "un ayer que vuelve" y "un porvenir remoto".

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