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Ven, oh cándida tarde: en el zafiro
inmensurable y nítido del cielo,
tiende en alas levísimas el giro
del almo y blando y delicioso vuelo.
Yo por tu lumbre mágica suspiro;
por tu céfiro dulce, y por el velo
de púrpura gentil que lindamente
engalanando quedará tu frente.
 
Ven, que alegre mi espíritu te implora,
hija apacible y lánguida del día,
con más ardor que a la benigna Aurora
aunque con labio fúlgido sonría.
El virgíneo carmín que la colora,
la mansa luz que en su mirada envía,
si el alma agradecida lo examina
¿qué son con tu beldad, tarde divina?
 
Reinas en el Olimpo; y bondadosa
(¡tanta beneficencia en tí se anida!)
mandas venir la calma silenciosa
sobre la tierra exánime y rendida.
El noble agricultor que ya reposa
al fresco umbral de su mansión querida,
abre al soplo dulcísimo y sereno
de leve brisa el regalado seno.
 
¿Mas qué hermoso espectáculo me llama,
mi vista embarga y mi emoción cautiva?
Ved cómo Febo moribundo inflama
el esplendente ocaso en grana viva,
cual noble rey que al fenecer derrama
dones de amor a su nación activa;
y escondiendo su luz, ¡adiós! nos dice,
mundo, que anima mi esplendor felice.
 
El, oh diosa gentil, él hermosea
con su lumbrera trémula y sublime
tu faz: permite que el mortal le vea,
y a su lucir suavísimo se anime.
En el cristal dibújase que ondea:
en la alta copa con amor se imprime
de palma lozanísima; y con oro
en Sirio aumenta el inmorlal decoro.
 
¡Oh del vivir raudísimo que gozo
cuánto y cuánto momento ha fenecido
sin ver este placer, este alborozo
en que hoy se anega el corazón rendido!
Apenas ¡ay! con el ardiente bozo
me ornó la juventud, cuando embebido.
potente Amor, en tu feliz blandura,
vi la lumbre de Apolo sin ternura.
 
Pendiente de un mirar, de una sonrisa,
encantado en el ámbar de un suspiro,
no imaginaba, ¡oh tarde!, que en tu brisa
la magia respirara que respiro.
Perdón, mágica diosa: ya divisa
mi espíritu mi error: ya, cuando miro
tu faz, envuelta en infalible encanto,
me asalta dulce y delicioso el llanto.
 
¡Oh quién pudiera en el pincel febeo
verter tu lumbre halagadora y pía,
con que por darme celestial recreo
embellece su faz Melancolía!
¡Oh si el enamorado devaneo
que envuelve el alma embebecida mía,
con la blandura que en mi mente impera
sonar también en mi laúd pudiera!
 
¡Ay! divinos así y encantadores,
ricos de suavidad única y sola,
me inundaron de amor los vencedores
ojos que ostenta mi adorada Lola!
El aura embalsamada que a estas flores
besa, al volar, la tímida corola,
es su aliento gentil: su blando acento
aquel raudal que me enamora lento.
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