Esa mañana libre que se desprendió del cielo para llenarnos la cama de flores.
 
Que nos abatió y atesoró, como nido de ángeles bajo las luces celestiales.
 
Divinidad hecha carne.
 
Y de tu espalda emanabas brillos dorados y calientes, que vibraban y se expandian dentro de nuestra nube.
 
Espuma de rosas y cielos flotantes.
 
Navegando en las espesas aguas,
cuando te convertiste en cisne,
cuando de tus labios rojos escurrían néctares de margaritas rozagantes.
 
Y detuvimos el tiempo entre cantos y goces, de esmeraldas y perlas, el oro hecho placer.
Para dejarmos llevar por la danza etérea de los vientos, impregnandonos de perfumes y miel.
 
Luces de mañana, luces de Alba, luces deslumbrantes y luces doradas.
 
Esa mañana en nuestra creación perfecta,
cuando fuimos acogidos por el Eden, cuando el paraíso se hizo en la tierra.
 
Y nos besamos por siempre en la eternidad del tiempo celestial.
 
Oh santo, santa mañana
...del día que nos hicimos dioses,
en nuestra dichosa cama de flores.
 
Y la dicha era completa,
y los cantos no alcanzaban nuestra cima,
estábamos fuera y dentro.
En ese lugar perfecto.
 
Un día rosa,
Una mañana hermosa,
Perfecta, gloriosa.
 
El bendito día que nos hicimos dioses,
Y los ángeles nos memoran, y veneran.
Porque como seres de carne y viseras, atravesamos al divino cielo,
y nos acobijamos de nubes
en medio de todos los santos.
 
Para taparnos de luz
Y reírnos como seres divinos,
Viviendo el paraíso,
Soñando despiertos.
 
El día que fuimos dioses,
unidos al placer,
una sola luz, un solo ser.
 
Ángel mío,
Dios de mi alma,
Que en ese encuentro divino
Se encuentra mi calma
Quiero ser por siempre ninfa del edén
Y permanecer contigo siempre
Para morir y renacer.

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