(Así acontecieron los hechos)

Para la mañana se abría el nuevo sol,
Amarillo que por doquier resonaba y cantaba fielmente un canto barroco de alegría e incertidumbre.
Para los pies el peso del encuentro fue el más grande sacrificio, y a los minutos se quedaban sin aliento.
A esos pocos metros de nuestro tan esperado encuentro, mi mente se quedaba muda y sin más que miedo por lo que acontecería, sería el fin o principio de mis anhelos.
Al paso de los vientos, cruzando con firmeza y poco aliento, me dejo llegar a ése lugar listo para continuar o terminar la historia que ahí inició;
Con los ojos encuentro tu libro que tan bello al sol se reía, que cómodo en esa pequeña mesa reposaba sin su dueño.
Cuando por fin mis ojos se encontraron con el amor, descubrieron que la diferencia existía en el paso del tiempo.
Te sonreí con recelo y observé el vello que a tus mejillas y barbilla habían escondido, y un poco más de peso en tu cuerpo tranquilo.
Sonreí, y sonreí, con la búsqueda de tus ojos, repasando en mi mente lo que había pensado decirte esa mañana de improviso, y atentos a la emoción que sabíamos que nos invadía me invitaste un cigarrillo.
Te mostrabas tan sereno y tranquilo.
A las palabras no les faltó encontrarse pues sabían a dónde iban y a los oídos de quién, y cuando nuestras sonrisas se miraban, lo sabían.
El ambiente respiraba la nostalgia de nuestro amor y en las flores a nuestro alcance se sentía el recuerdo atesorado.
¡Cuánto no te hubiera dicho!
A los minutos corriendo hablamos de lo menos a lo más importante que acontecía está reunión, abriendo mi alma y mostrando, como un tesoro viejo lo que mi boca guardó por tanto tiempo.
¡Cómo me mirabas! con ese gesto que poco a poco fui reconociendo.
Tú siempre, tranquilo y sereno.
Hablamos y hablamos,
Por tan poco tiempo, para que al final, no quede más que el recuerdo.
Para el momento, gris, que apagó el amarillo del encuentro,
Decidiste que ésta clase de mañanas no sucederían más, y apagaste la ilusión de mis sentimientos.
A tan poco tiempo,
Dijiste lo que más me temía,
Que ya se había acabado tan bello y esperado momento,
Pues debías responder a lo que a ti te concierne.
De la forma más sutil, como queriendo tragarme el tiempo te pedí un cigarro.
Volviste, y ese lugar necesitaba regalarnos un último recuerdo
Qué felicidad sentirme rodeada con tus brazos de nuevo, sentir tu corazón en mi hombro latiendo y acostarme una vez más en tu pecho.
Por tus manos en mi cabello, y la pequeña canción que tarareaste, ahora me encuentro viviendo y reviviendo este precioso destello de amor, sintiendo en tu pecho la misma presión que yacía en el mío, amados, amantes en el encuentro de lo que ya era la tarde.
Juntos y listos para no verse, qué tristeza.
Abrazados por unos minutos, se olvidó el cigarro que mi mano sostenía, consumido por completo, no lo necesitaba ni me consentía
Solo tus brazos acariciando mi pelo
Solo tu boca tocandome con cariño, la frente, las mejillas y las manos desoladas,
Acariciando lo más que podían tu espalda.
Poco a poco fuimos despegando y desprendiendonos de ésto que revelaría la intimidad de nuestros pensamientos
Las palabras no sirvieron, pero sentirnos tan cerca hizo posible entendernos.
Abrazos, caricias, besos.
Palabras que quedaron en el viento.
Y una mirada cálida,
Que sostuvimos y hubiéramos podido llevar a lo eterno.


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Ada Pardo
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