Capítulo primero

¡Ve a tomar ese maldito café!

I

Me paseaba por las calles principales de la cuidad, ¡me distraje! Debí doblar dos manzanas atrás, ahora estaba atrapada en el flujo vehicular, al parecer había una funeraria cerca y los lúgubres autos ocasionaban un embotellamiento. Parada en medio del tráfico comencé a leer los anuncios. “Hoy se celebran las exequias de: Walter Peterson, Martha Simmons, Elizabeth Scott, John starrest…”

¡Momento! –¡Elizabeth Scott! Ese es mi nombre– Exclamé.

Por alguna extraña razón  se había despertado en mí una especie de sentimiento fúnebre ante semejante coincidencia.  Fue más la curiosidad aunque en aquel momento no me apetecía hacer alguna otra cosa diferente que  disfrutar de un buen café.

Permanecí por algunos momentos en el auto, de repente se apodero de mí un capricho y me dirigí al interior de la sala. No debió haber sido alguien  muy especial pues en el rostro de los presentes no se relejaba el dolor aunque existían  allí una mezcla de sentimientos y se podía ver claramente en aquellas personas como la tristeza hacia una especie de contraste con la mirada realista de un fuego extinto, de un lago seco o de un corazón que late con más fuerza.
De repente me encamine hacia el ataúd, mi mente estaba totalmente nula en el momento que descubrí mi propio cadáver. ¡Era yo! no podía creerlo. Justo en ese momento una tormenta acariciaba mis ideas, refrescaba mis ansias y me volvían a pensar en el por qué de tantas cosas.  Ese extraño acontecimiento me devolvió solo unos instantes en el tiempo y me hizo reflexionar acerca de ciertas circunstancias. Me preguntaba entonces como me habrían de recordar, pues siempre anhele después de mi muerte ser vista como una de esas personas que definen las esencias de los seres humanos, de las que logran dejar huella en los demás como símbolo inequívoco de un paso exitoso por éste mundo… De repente volví en mí, ¿qué estaba pensando? No podía ser yo, aún mi corazón latía y podía  respirar el olor a muerte en el lugar. Estaba viva era más que obvio y siendo así, me preguntaba por qué tenía esa cara de idiota mirando el cauce casi vacío de un rostro que fue vida y ahora sólo era el reflejo de la muerte. Estaba alucinando,

–quizás debo ir por el café– pensé.

En ese instante interrumpiendo mis más íntimos pensamientos me percaté de los presentes. Solo tres personas se hallaban en la habitación, a decir verdad, si se tratase de mí, esperaba un millar de gente, está bien, por lo menos un centenar… Volviendo mi vista a quienes estaban allí, traté de identificarlos,  extrañamente no había allí algún rostro familiar. La sala era invadida por un silencio de respeto, silencio que quise romper.

–¿Quienes son ustedes?– ¿Quién soy yo?– ¿Quién está en el ataúd? –

Era vano mi esfuerzo, pues mi voz era silencio y los clones de mis sombras eran débiles e inútiles. Ninguno de los presentes parecía notar mi presencia.

Pasados unos minutos seguía sin comprender porque estábamos allí. A juzgar por lo que decía aquel hombre senil con traje marrón de barba desdeñosa y anteojos caídos; fue él quien en los últimos meses  había  pasado la mayoría del tiempo con la fallecida,  pues al parecer se había adentrado mucho en sus proyectos de trabajo y en su discurso quiso retomar una conversación que habían tenido recientemente, quiso comunicarles a todos unas disculpas de su parte por la inminente preocupación solo por el trabajo. Hablaba como si en aquella ocasión redactara las palabras que en un momento de confianza salieron de los labios de la difunta, y que ahora las pronunciaba él.

—Nos encontrábamos en la oficina, era una tarde lluviosa, nos tomábamos un descanso pues ambos habíamos trabajado desde la noche anterior, en un momento Elizabeth comenzó a pensar y mencionó algo como esto: “A últimas fechas, me he olvidado de cumpleaños importantes, he postergado reuniones ansiadas de simples pláticas de horas con amigos cada vez más distantes, he dejado de hacer las cosas que antes amaba. A veces pasando días sin poder hablar con la familia que siempre será uno de los únicos pilares, a veces dejando de comer, a veces de dormir “. Sin embargo podía ver en sus ojos que ella no lo expresaba como queja, sino con el orgullo de haber luchado incansablemente, por poder cantar sus triunfos y sus victorias, y ser un ejemplo en lo que hacía y en el como ella creía que se debía vivir.  Fue una gran persona y podría asegurar que pronto se convertiría en una profesional envidiable, llena de sueños, con sed de éxito y seguramente ella hubiera logrado todo lo que hasta el momento se había propuesto. –Concluyó.

De los ojos de aquellas tres personas se veían caer tímidas lágrimas, mientras otro de ellos con un nudo en la garganta inicio: –Quisiera poder describir lo que siento en estos momentos, sin embargo son tantas cosas que mis palabras se bloquean, mi voz se entrecorta y mi corazón se sume en un mar de emociones. De Elizabeth extrañare muchas cosas, extrañare conversar por horas de sentimientos absurdos, de ideas encontradas, de hablar de todo o tal vez de nada. Extrañare tener la facilidad de sentir que un rostro, una palabra, una mirada, un verso o como era su costumbre un chiste  te llena de alegría y te arranca una sonrisa y un suspiro en el mismo minuto. Pero sin duda lo que más extrañare  serán esas frases filosóficas que juntos nos sentábamos a analizar, a comprender y hasta a aplicar. Una de las más frecuentes, la frase que aparecía en cualquier momento y que cada vez tratábamos de desmenuzar por así decirlo la frase que ambos compartimos y que identifico la tan linda relación que hasta ahora llevábamos.
Jamás olvidare que Juntos decíamos:.. “si el amor es un sentimiento, la amistad también lo es.” Creo que juntos descubrimos eso que se llama amistad.-

Él no podía pronunciar una palabra más,  de igual manera yo tampoco podía escucharla, aún no entendía por qué aquél chico fresco, que mantenía sin embargo un toque colonial en su boina producía extrañas sensaciones en mí, no era llanto, ni nostalgia, ni tristeza, era algo que para los dos tenía más sentido, aunque no le conocía.

–Elizabeth y ese  chico debieron ser buenos amigos– susurré.

Creo entonces que aquel sentimiento que en ese momento a ambos nos invadía era la amistad, de él por Elizabeth y… ¿de mi por él?
Aún así seguía sin recordar absolutamente nada.

Dejé de estremecerme cuando llamó mi atención la presencia de un hombre, pareciera que la tranquilidad  siempre lo caracterizó, así mismo tomó asiento. Comenzó por decir lo feliz que había sido desde el día del nacimiento de Elizabeth, era su padre al parecer, puesto que describió paso a paso las etapas que vivió junto a ella y todas aquellas cosas que aprendió cuando en realidad era él quien le debía enseñar.

—A mi niña, mi princesa, siempre hubo algunas cosas que le quise enseñar,  sin duda, la vida nos vuelve tontos, de amar  lo que no tenemos, de luchar por lo que no nos pertenece, de luchar porque no podemos admitir la derrota, de ser otros diferentes a nosotros mismos, de aferrarnos a las personas y seguir a las mayorías, pero Elizabeth sabía que también la vida nos vuelve sabios de cultivarnos aunque nadie disfrute de la cosecha. Y al final ella fue quien mejor me lo enseñó. Hubiera querido no cometer algunos errores, aun que ella siempre me comprendió y evitó que cometiera algunos otros. Ella fue mi tesoro, ella sabe y comprende estas palabras. Solo quiero decirle, “que me hubiera gustado disfrutar de su cosecha”-

Aquél Hombre seguía en calma, se dirigía al cadáver de su hija y no se le estremeció un solo cabello, la sala volvía a sumirse en el silencio. Sin embargo, algo me había sucedido. La verdad no sé por qué mi “yo” estaba pasmado, sin conocer a aquel hombre comprendía esas palabras ¿Qué era esto? Aquella figura que yacía en el ataúd no podía ser yo, estaba de pie frente a ellos y ahora comenzaba a llorar de manera irremediable, me faltaba el aire y aun así no lograban advertir mi presencia en esa sala, apenas si podía reprimir los gritos. La desesperación se apoderó de mí, caí de rodillas, se cerraron mis ojos

–Eso, eso haré, me dormiré y despertaré y cuando abra de nuevo mis ojos todo esto desaparecerá y volveré a estar en mi auto anhelando aquel café–

Esperé por horas así, allí en el fino pero frío mármol de aquella funeraria con los ojos cerrados hasta que me calmé, pudieron haber pasado minutos, tal vez horas, no lo sabía. No había más ruido que el de un reloj que marcaba la zozobra del tiempo, sin abrir mis ojos me levanté –es el momento– me dije, y como un niño tramposo que juega a las escondidas dejé  que solo uno de mis parpados se levantara, no había nadie allí, estaba todo oscuro.
Ya con mi visión completa pude dilucidar el lugar, era aquella sala de velación

–¡rayos! No era un sueño– pensé.

Y allí seguía en el centro de la sala aquel misterioso ataúd y ¡oh sorpresa! Sigo en él.

La luz entre las rendijas indica un nuevo día, el reloj marca las ocho horas y alguien abre las puertas y pregunta

—¿pasó la noche aquí?—

Yo miro hacia los lados, ¿acaso ese hombre se dirige a mí?

–Sí, usted señorita, ¿paso la noche aquí?–  repetía algo molesto aquél hombre

Para mi sorpresa, aquel gordo guardia advertía mi presencia.

–No puedo creerlo, me llamarán la atención si alguien se entera…- seguía refunfuñando

Al instante, entró el padre de Elizabeth, no quería repetir el acontecimiento del día anterior cuando conmocionó mi ser y me redujo a la nada, también se percató de mi presencia

–¿es usted amiga de Elizabeth? –

Comencé a balbucear, no sabía que decir, ¿Acaso no luzco como ella?

–Necesito un cristal– dije,

El hombre extrañado saco un reloj de bolsillo

–tal vez esto sirva– respondió.

Y allí estaba yo, mirando a través del cristal de aquel viejo pero ostentoso reloj un rostro que jamás había conocido. No lograba comprender que estaba pasando allí

–¿se siente bien?-

No  lograba comprender lo que decían, como les iba a explicar que mi rostro se hallaba en un ataúd y que ahora a quien veía en el cristal era una desconocida, había enloquecido eso es, no había ninguna otra explicación

–tome este té–  dice acercándose la señora del carrito

–¿conoce usted a la difunta?–  Preguntó

–conozco cada línea de su rostro, sin embargo a ella no le conozco– dije.
–no se angustie, pasa a menudo. La vida a veces les da una segunda oportunidad a los que vienen por aquí, ya comprenderás– guiñó su ojo.

Ella, la señora del carrito, habló como si conociera mis pensamientos.

–Lo mejor es que se retire– intervino el padre de Elizabeth algo desesperado por mi presencia.

Conseguí volver hasta mi auto, me preguntaba si todavía estaría allí o también lo había imaginado, por fortuna allí estaba. Al parecer nada había cambiado con respecto al día anterior, pues el tráfico seguía pesado. “Una segunda oportunidad” retumbaba en mi mente la frase junto con el recuerdo de la señora del carrito.

–¿Para qué necesito una segunda oportunidad?– estaba hablando sola ahora,

—tal vez no necesito una segunda oportunidad, volvería a vivir mi vida del mismo modo, aunque si a mi velorio solo asistieron tres personas algo debí haber hecho mal—

Aparecían de nuevo mis ansias de café, esas ansias que sentí el día anterior justo antes de entrar a la sala…

¿Qué aprenderé en mi segunda oportunidad? Debo admitir que nunca aprendí algunas cosas como perdonar y pedir perdón, pedir ayuda, pedir un abrazo y tal vez dar uno, trabajar poco y cabalgar más, tal vez temer menos…

—Estoy alucinando de nuevo, creo que lo que debo aprender es no entrar en salas de velación. Por lo pronto iré a tomar ese maldito café.—


  • 1
  • 2
  •  
  •  
Login to comment...
Ada Zoe
almost 3 years

Hoy lo volví a leer y me volví a quedar con las ganas de ese maldigo café.
Te felicito de verdad...

Ada Zoe
over 4 years

!Genial! Hasta yo necesito ese maldito café
Felicidades...

Liked or faved by...

Ada Zoe Isabel Builes
Email

Other works by T arboleda...

Some poets followed by T arboleda...

Raul Peloni Carlos Godfrey Ramiro Arriagada Daniel Chinchay Urizar Dori Gômez zarella toribio