El sol y su calor se van diluyendo, mientras miro al horizonte
ya tú te has ido, dejando mi corazón desnudo
cual la nieve dejó de cubrir a ese orgulloso monte,
más pienso de nuevo en ti para no quedarme oscuro
pues siento mi cuerpo frío, y en mi garganta un nudo.
 
Y con dulzura, te busco en mi interior,
ya que en invierno, tú fuiste la lumbrera
de entre todos mis sueños, por mucho, el mejor
incluso más seductor
que la primera insinuación de primavera
y por ello te escribo a ti mujer, mi platónico amor.
 
Tú no eres mía, y el cosmos no me dejó ser tuyo
más me entregué todo a ti sin reservas
en ese lapso corto entre el menguante y la luna plena
cuando nadé junto a ti, te protegí y te acaricié
como un delfín que da la vida por su sirena.
 
¿Sabes? hay cosas que no olvidaré
como el musitar de tu piel sintiendo mis manos
en la adoración nocturna que profesé
al sabor de tu piel y al vértigo en tu cadera, desde el valle hasta su cresta;
fue como una aparición celestial cuando en la penumbra te contemplé
cadenciosa mujer, creatura perfecta.
 
No me aferraré a confinar tu luz, ni tu aire contendré
pero vive segura que por el breve lapso en que te sentí eterna
más allá del tiempo y del espacio, suspirando te recordaré
diosa de mascabado, dulce mujer morena.

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Ada Pardo
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