Un valentón de espátula y gregüesco,
que a la muerte mil vidas sacrifica,
cansado del oficio de la pica,
mas no del ejercicio picaresco,
 
retorciendo el mostacho soldadesco,
por ver que ya su bolsa le repica,
a un corrillo llegó de gente rica,
y en el nombre de Dios pidió refresco.
 
“Den voacedes, por Dios, a mi pobreza
—les dice—; donde no; por ocho santos
que haré lo que hacer suelo sin tardanza!”
 
Mas uno, que a sacar la espada empieza,
“¿Con quién habla? —le dice al tiracantos—,
¡cuerpo de Dios con él y su crianza!
 
Si limosna no alcanza,
¿qué es lo que suele hacer en tal querella?”
Respondió el bravonel: “¡Irme sin ella! ”

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Ada Pardo
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