¡Se fue del mundo sin decirme nada!
Cesaron de su pecho los latidos,
sin que su voz llegase a mis oídos,
triste, como una antífona sagrada.
 
En su alcoba revuelta y enlutada
quedaron sus recuerdos esparcidos,
como quedan las plumas en los nidos,
si el ábrego sacude la enramada.
 
Dios, para quien no existe un solo arcano,
únicamente contestar podría
esta pregunta, que formulo en vano:
 
“Su último pensamiento, cuál sería,
cuando, muriendo, me apretó la mano
y cruzó su mirada con la mía?”

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