Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.
 
Debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.
 
Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.
 
Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.

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Alfredo Jiménez G.
casi 5 años

Ella se aproxima, su femenina influencia se disgrega como hordas invasoras que asedian los muros defensivos del Poeta. Vano resulta su conocimiento profuso de flechas y de espadas... y de un imperio que decidió cercar sus linderos.

Inútil también será para este caso su lúcido recuerdo de Persépolis y Roma; “del Ródano tan perdido como Cartago” y “de esa noche que duró mil noches y una sola”.

O de esa otra noche sola que, según nos enseñó, “hubo entre la máxima ciudad y nunguna”, evocada por Séneca para la posteridad.

Borges ha cerrado y reforzado todos los accesos posibles a su fortaleza de serena soledad. Pero la mujer despliega su ofensiva, la infantería de su presencia (más cierta que todas las cosas), es como ese mar que “roe los pilares de la tierra”. Los muros ceden. No queda nada por hacer.

Al Poeta sabio “le duele una mujer en todo el cuerpo”.

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