A Letizia Álvarez de Toledo

Por el deceso de alguien
—misterio cuyo vacante nombre poseo y cuya realidad no abarcamos—
hay hasta el alba una casa abierta en el Sur,
una ignorada casa que no estoy destinado a rever,
pero que me espera esta noche
con desvelada luz en las altas horas del sueño,
demacrada de malas noches, distinta,
minuciosa de realidad.
 
A su vigilia gravitada en muerte camino
por las noches elementales como recuerdos,
por el tiempo abundante de la noche,
sin más oíble vida
que los vagos hombres de barrio junto al apagado almacén
y algún silbido solo en el mundo.
 
Lento el andar, en la procesión de la espera,
llego a la cuadra y a la casa y a la sincera puerta que busco
y me reciben hombres obligados a la gravedad
que participaron de los años de mis mayores,
y nivelamos destinos en una pieza habilitada que mira al patio
—patio que está bajo el poder y en la integridad de la noche—
y decimos, porque la realidad es mayor, cosas indiferentes
y somos desganados y argentinos en el espejo
y el mate compartido mide horas vanas.
 
Me conmueven las menudas sabidurías
que en todo fallecimiento se pierden
—hábito de unos libros, de una llave, de un cuerpo entre los otros—.
Yo sé que todo privilegio, aunque oscuro, es de linaje de milagro
y mucho lo es el de participar en esta vigilia,
reunida alrededor de lo que no se sabe: del Muerto,
reunida para acompañar y guardar su primera noche en la muerte.
 
(El velorio gasta las caras;
los ojos se nos están muriendo en lo alto como Jesús.)
¿Y el muerto, el increíble?
Su realidad está bajo las flores diferentes de él
y su mortal hospitalidad nos dará
un recuerdo más para el tiempo
y sentenciosas calles del Sur para merecerlas despacio
y la noche que de la mayor congoja nos libra:
la prolijidad de lo real.

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Alfredo Jiménez G.
over 5 years

Un poema minucioso, colmado de detalles muy precisos. Cuando lo releemos el tiempo se dilata, se vuelve lento en nuestra evocación de situaciones similares. Noches en que nos forzamos a permanecer despiertos, buscando con trampas tan simples como el café cargado, el tabaco en exceso o el "mate compartido" acompañar lúcidos y meditativos al ser que se ha tornado increible, mágico, distinto en "su primera noche 'habitando' en la muerte".Invariablemente cada uno pensamos en nuestro propio y seguro desenlace, comparamos el escenario improvisado y las circunstancias con las posibilidades de nuestra propia reunión de despedida, cuando una temida o anhelada noche de nuestro incierto futuro nos despedirán caras gastadas y queremos creer que, en nuestra condición novedosa de difuntos, podremos otear en las ajenas mentes para leer los sentimientos de cada uno de los acompañantes.
El velorio descrito aquí magníficamente por Borges es completamente tridimensional, caminamos con él por esas "sentenciosas calles del Sur", llegamos a esa "sincera puerta" y pernoctamos la vigilia con todos los dolientes.

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Carolina Baena Castrillón Alfredo Jiménez G.
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