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Cruz María Salmerón Acosta

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Cuando a mi lecho por la vez primera
la triste muerte se acercó enlutada,
con suplicante voz le dije ¡espera!
me ha prometido un beso mi adorada.

Deja, importuna, que amanezca el día,
irme no quiero con la noche obscura.
Espera unos instantes todavía,
que un beso nada más tan poco dura.

Y la enlutada, pálida y hermosa
por mi súplica amante, conmovida,
se alejó de mis labios y piadosa,
como esperanza me dejó la vida.

No quiero lauros, nada más un beso.
Ni prendas, ni tesoro codiciado,
quiero sentirme entre tus brazos preso
y más tarde yo diré, adiós, estoy pagado

Todas las flores tienen un rocío,
todos lo años tienen primavera,
déjame a solas con el sueño mío,
¡Oh, muerte!, buena amiga, espera.

Pasan los meses tristes y pausados.
El dulce beso a mi cariño, niega;
y pensando en los labios dorados
le pregunto a la muerte, ¡cuándo llega!

Miróme ayer una mujer hermosa
y su presencia me causó tortura,
vi la herida más honda y dolorosa
que he sufrido en mi vida de amargura.
Me ha entristecido tanto como aquella
mortal tortura que sufrí al hallarme
ayer tan repulsivo ante la bella
que a mi retiro vino a visitarme.

Todo ese día estuve arrepintiéndome
de la hermosura aquella, y prometiéndome
por siempre de sus ojos esconderme.

Y hoy tengo el corazón más dolorido
de vivir vanamente deseando
sufrir de nuevo la mortal tortura,
de ser visto otra vez por la hermosura
que con mirarme ayer me dejó herido
y con no mirarme hoy, me está matando.

1

Cuando me vine para mi destierro
un can vino conmigo,
y siempre para mí fue un buen amigo
y un compañero fiel, el pobre perro.

Él, que calles alegres recorría
a mi lado, en mis días de ventura,
vino también a hacerme compañía
en la tan prolongada y tan sombría
calle de mi amargura.

Largas horas pasó junto a mi puerta
echado sobre el suelo
en perenne desvelo
y hasta al más leve ruido, siempre alerta.

Otras veces, después de vana espera
el perro se dormía
como si por instinto comprendiera
que ninguno vendría
a consolar mi vida prisionera.

Y en las noches tan claras como el día,
a la luna lanzaba sus aullidos,
mientras yo prorrumpía
en versos a sollozos parecidos.
Hoy lo he visto morir, y no he llorado
por su viaje sin vuelta, ni siquiera

una lágrima, y he sufrido
pensando cuánto no habría aullado,
por un viaje cualquiera
que yo hubiese emprendido.

Me parece mirarlo todavía
fijando en mí con gran melancolía
su mirada de enfermo moribundo,
cual queriendo decirme que sentía
más dejarme en el mundo,
que la vida azarosa que él perdía.

¡Ah! Yo habría querido
pobre y noble animal,
en mis brazos tomarte
y cerrarte los ojos tan humanos
y cavarte una fosa con mis manos
y yo mismo enterrarte.

Y enterrándote echar sobre tu frío
cuerpo, puñados de tierra, perro mío,
con besos y lágrimas mojados,
cual solemos hacer con los despojos
de esos humanos seres adorados
que enterramos con llanto en nuestros ojos.
Mas, como nada de eso yo he logrado
hacerte, sobre el lecho donde herido
estoy, muy triste un rato me he quedado
viendo la playa donde te has a hundido.

Duerme por siempre junto al mar sombrío,
que para mí tanta poesía encierra,
en tu lecho de tierra
por el cual con placer cambiaría el mío.

Nunca mi mente acarició el ensueño
de vivir solo, frente a un mar bravío,
sino en un campo en flor siempre risueño,
viendo correr junto a mis pies un río.

Por más que en alegrarme yo me empeño,
en presencia del mar vivo sombrío
tan lejos de la dicha con que sueño
como tú estás de mi dolor, Dios mío.

Yo sufro ante el verdor de primavera
de la eterna visión de la ribera
de donde ayer por siempre hube partido,

la nostalgia del pájaro enjaulado
que desde su prisión ve el ramo amado
donde un día, cantando, formó el nido.

Baja la tarde al campo. Los rumores
con que me arrulla la Naturaleza
me infunden una lírica tristeza
y despiertan en mí puros amores.

Ya la luna, a los pobres soñadores
derrocha de su plata la riqueza,
y hace olvidar del verso la belleza,
la prosa natural de los pastores.  

Yo no quiero escribir, pero la luna
y la tarde me dan a soñar una
poesía que me hace sufrir tanto.

Que pienso mientras sueña mi alma inquieta,
que los mejores versos del poeta
son los que escribe con su propio llanto.

Tiene todo el encanto de una diosa: de Diana,
junto al río que besa su casto pecho en flor;
de Venus, junto al mar azul y porcelana
que la envuelve de espumas, en un largo rumor.

En sus espejos líquidos dibújase galana
como un paisaje lleno de sideral fulgor;
se empurpura de rosa su río en la mañana
y su mar en la tarde, se anega de esplendor.

Es nereida y es náyade, canta o llora su pena
con la triste armonía de una dulce sirena
en sus aguas sonoras, con el beso lunar.

Y la risa del sol ameniza su hastío:
y se aduerme escuchando la sonata del río
y despierta loada por el himno del mar.

Quisiera que me amase esta doncella
que me visita con piedad cristiana,
como un tiempo me amó la dama aquella
que ya no alienta mi esperanza vana.

Que fuera yo, para esta niña bella,
el ser que sueña su alma sobrehumana,
y en cambio, para mí, que fuera ella
una novia, una amiga y una hermana.

Antes le hubiera hablado de mi anhelo;
hoy, aunque el limpio azul del cielo
de su mirada en mi ventana radie,

a callar mi cariño me resigno,
porque pienso, Señor, que no soy digno
ni de su amor, ni del amor de nadie.

Era mi poesía fea y triste,
la poesía de mi corazón.
Tú le pusiste música y la hiciste
una bella canción.

Tú le infundiste alma,
alas le diste,
y la echaste a volar, ya menos triste
que cuando era solamente mía.

Y hoy, triste aún
pero luciendo gala,
va mi poesía hecha canción,
llevando a todas partes en sus alas
el alma tuya y mi corazón.

1

¿Cómo era su rostro? Lo he olvidado.
¿Cómo eran sus manos? ¡No me acuerdo!
¡Lejos de ella tanto tiempo he estado
que ya confusamente la recuerdo!

¿Cuándo fue que me vine de su lado?
¿Hace diez, quince años? ¡No trascuerdo!
¡Tanto, Señor, de mí la has alejado,
que la esperanza de encontrarla pierdo!

Yo me consolaría si pudiera
verla, tres horas, dos, una siquiera,
aunque en ese momento de ventura

me cegase la luz de su mirada,
pues, después que yo mire su hermosura,
poco me importa no poder ver nada.

El destino implacable me sembró en una cima,
me sembró en una roca cerca del mar azul,
rodeado de cardos y agresivas espinas
que me fueron clavando como un Cristo en la cruz.

Salobre como el agua que empapó mis pupilas,
ancho e ilimitado como el dolor sin fin,
ese mar de mi golfo me dio mil fantasías
y mi alma de niño cabalgó en un delfín.

Con su oleaje irisado rezumando armonía,
con sus buques fantasmas en las noches de luna,
con sus celestes luces en el alba dormida,
me enseñó a resignarme de mi gran desventura.

Y una tarde bendita en mi nido de rocas
oí una voz dulcísima que me llamaba, Cruz;
yo corrí hacia la playa y contemplé en las olas
rozando las espumas al divino Jesús.

Cristo me dio su gracia y el milagro se hizo.
De mis manos heridas por el sagrado mal
surgieron mis sonetos teñidos de martirio
y ungidos de un místico olor de santidad.

Antes, todos los años, Primavera,
engalanabas mi jardín con flores,
cuando la juventud para mi era
un hada que me hartaba de favores.

Como ahora no tengo quien me quiera
y ya están mustios todos mis amores,
ya no visitas mi jardín siquiera
como ayer en mis épocas mejores.

Último abril de mis floridos años,
vivido entre crueles desengaños,
cuando en la senda del Edén anduve.

Haz que florezca hasta el rosal más pobre
para depositar sus rosas sobre
la tumba del postrer amor que tuve.

Vierte entre las florestas silenciosas
un resplandor, su aparición de estrella,
y acariciando va todas las cosas
su mirada que la hace ser más bella.

A su paso deshójanse las rosas,
la luz del sol baja a besar su huella,
y hasta las mismas flores olorosas
quedan por algún tiempo oliendo a ella.

Yo la miro perderse entre las flores,
y con la voz de todos los amores
voy a llamarla, pero me da miedo

verla venir hacia la angustia mía,
porque yo, que la sueño todavía,
quiero amarla como antes, y no puedo.