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Cruz María Salmerón Acosta

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Azul de aquella cumbre tan lejana
hacia la cual mi pensamiento vuela
bajo la paz azul de la mañana,
¡color que tantas cosas me revela!

Azul que del azul del cielo emana,
y azul de este gran mar que me consuela,
mientras diviso en él la ilusión vana
de la visión del ala de una vela.

Azul de los paisajes abrileños,
triste azul de mis líricos ensueños,
que me calma los íntimos hastíos.

Sólo me angustias cuando sufro antojos
de besar el azul de aquellos ojos
que nunca más contemplarán los míos.

1

Hoy está emocionada el alma mía
porque ha vuelto cantando a mi morada
el bello pajarillo que mi amada
ayer cerca de mí cantar oía.

Oyendo del gorjeo la armonía
ella gozaba tanto, la mirada
fija siempre en el pájaro, que nada
osaba oír de lo que yo decía.

Hoy al oír al pájaro, he pensado
en lo mucho que ella hubo gozado
oyéndolo. Avecilla que me encantas

Con tu canción mientras el sol destella:
enséñame a cantar como tú cantas,
para seguir cantado junto a ella

Miróme ayer una mujer hermosa
y su presencia me causó tortura,
vi la herida más honda y dolorosa
que he sufrido en mi vida de amargura.
Me ha entristecido tanto como aquella
mortal tortura que sufrí al hallarme
ayer tan repulsivo ante la bella
que a mi retiro vino a visitarme.

Todo ese día estuve arrepintiéndome
de la hermosura aquella, y prometiéndome
por siempre de sus ojos esconderme.

Y hoy tengo el corazón más dolorido
de vivir vanamente deseando
sufrir de nuevo la mortal tortura,
de ser visto otra vez por la hermosura
que con mirarme ayer me dejó herido
y con no mirarme hoy, me está matando.

1

Los dos ojos azules que yo había perdido
los hallé al fin en otra linda faz de mujer;
pero apenas mirarlos un momento he podido,
pues lo mismo que antes los he vuelto a perder.

Esos ojos celestes para siempre se han ido
como todas mis bellas ilusiones de ayer,
pues no hará la fortuna que tan mal me ha querido
que yo alcance la dicha de volverlos a ver.

De sufrir por su ausencia hoy estoy más enfermo;
pero yo me consuelo cuando pienso en mi yermo,
que después que esos ojos se apartaronde aquí,

desde el mar dirigieron una dulce mirada
a la lámpara sola de mi sola morada,
se pusieron muy tristes y lloraron por mí.

Cuando a mi lecho por la vez primera
la triste muerte se acercó enlutada,
con suplicante voz le dije ¡espera!
me ha prometido un beso mi adorada.

Deja, importuna, que amanezca el día,
irme no quiero con la noche obscura.
Espera unos instantes todavía,
que un beso nada más tan poco dura.

Y la enlutada, pálida y hermosa
por mi súplica amante, conmovida,
se alejó de mis labios y piadosa,
como esperanza me dejó la vida.

No quiero lauros, nada más un beso.
Ni prendas, ni tesoro codiciado,
quiero sentirme entre tus brazos preso
y más tarde yo diré, adiós, estoy pagado

Todas las flores tienen un rocío,
todos lo años tienen primavera,
déjame a solas con el sueño mío,
¡Oh, muerte!, buena amiga, espera.

Pasan los meses tristes y pausados.
El dulce beso a mi cariño, niega;
y pensando en los labios dorados
le pregunto a la muerte, ¡cuándo llega!

Es la hora melancólica y serena,
en alta noche y en apacible calma,
brilla la luna y a lo lejos suena
música alegre que entristece el alma.

Música de placer para el dichoso
que dulces esperanzas atesora,
música para mí como el sollozo
de mi solitario corazón que llora.

A los tranquilos rayos de la luna
imágenes de amor llegan flotantes
bañándome, al pasar, una por una,
con la serena luz de sus semblantes.

Desde que floreciste entre la cuna
te ofrenda abril sus búcaros de flores;
y te mima cantando la fortuna
con el lenguaje de sus mil colores.

A tu oído jamás se alce ninguna
canción de los humanos trovadores;
tú eres cual rosa que se encanta en luna
digna del canto de los ruiseñores.

Naciste en esa azul hora abrileña
en que se ve el crepúsculo y se sueña
que Dios sonríe contemplando al niño

por el lucero dulce de la tarde;
y aunque en tu corazón ya el mirto arde,
duerme olor de azahar en tu corpiño.

Jesús de Nazareth cena una santa
tarde en Betania en donde ha tiempo habita
Lázaro, sirve Marta la hemanita
mayor, y en el hogar la dicha canta.ç

María Magdalena unge la planta
del Justo que los muertos resucita,
y una fragancia dulce y exquisita
llena la casa que la tarde encanta.

Después, para limpiar con la melena
los pies de Dios, María inclina el busto,
en la tierra posadas las rodillas,

y el cabello de sol, de Magdalena
finge al caer ante los pies del Justo,
una ofrenda de rosas amarillas

Baja la tarde al campo. Los rumores
con que me arrulla la Naturaleza
me infunden una lírica tristeza
y despiertan en mí puros amores.

Ya la luna, a los pobres soñadores
derrocha de su plata la riqueza,
y hace olvidar del verso la belleza,
la prosa natural de los pastores.  

Yo no quiero escribir, pero la luna
y la tarde me dan a soñar una
poesía que me hace sufrir tanto.

Que pienso mientras sueña mi alma inquieta,
que los mejores versos del poeta
son los que escribe con su propio llanto.

Nunca mi mente acarició el ensueño
de vivir solo, frente a un mar bravío,
sino en un campo en flor siempre risueño,
viendo correr junto a mis pies un río.

Por más que en alegrarme yo me empeño,
en presencia del mar vivo sombrío
tan lejos de la dicha con que sueño
como tú estás de mi dolor, Dios mío.

Yo sufro ante el verdor de primavera
de la eterna visión de la ribera
de donde ayer por siempre hube partido,

la nostalgia del pájaro enjaulado
que desde su prisión ve el ramo amado
donde un día, cantando, formó el nido.

El destino implacable me sembró en una cima,
me sembró en una roca cerca del mar azul,
rodeado de cardos y agresivas espinas
que me fueron clavando como un Cristo en la cruz.

Salobre como el agua que empapó mis pupilas,
ancho e ilimitado como el dolor sin fin,
ese mar de mi golfo me dio mil fantasías
y mi alma de niño cabalgó en un delfín.

Con su oleaje irisado rezumando armonía,
con sus buques fantasmas en las noches de luna,
con sus celestes luces en el alba dormida,
me enseñó a resignarme de mi gran desventura.

Y una tarde bendita en mi nido de rocas
oí una voz dulcísima que me llamaba, Cruz;
yo corrí hacia la playa y contemplé en las olas
rozando las espumas al divino Jesús.

Cristo me dio su gracia y el milagro se hizo.
De mis manos heridas por el sagrado mal
surgieron mis sonetos teñidos de martirio
y ungidos de un místico olor de santidad.

Vuelan de los arbustos otoñales
las hojas, como áureas avecillas;
la palidez que cubre los rosales
destiñe hasta el color de tus mejillas.

Un oro muerto dora los viñales,
como esas hojas de las manzanillas
también en mi alma, por mis viejos males,
están mis esperanzas amarillas.

En el otoño el campo palidece
pero el campo muy pronto reverdece,
y en mi vida, que ayer se marchitara,

el último rosal ya no retoña,
como si para siempre se mustiara
todo jardín del corazón que otoña.