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Cruzsalmeronacosta

Cruz María Salmerón Acosta

POEMAS
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Baja la tarde al campo. Los rumores
con que me arrulla la Naturaleza
me infunden una lírica tristeza
y despiertan en mí puros amores.

Ya la luna, a los pobres soñadores
derrocha de su plata la riqueza,
y hace olvidar del verso la belleza,
la prosa natural de los pastores.  

Yo no quiero escribir, pero la luna
y la tarde me dan a soñar una
poesía que me hace sufrir tanto.

Que pienso mientras sueña mi alma inquieta,
que los mejores versos del poeta
son los que escribe con su propio llanto.

Los dos ojos azules que yo había perdido
los hallé al fin en otra linda faz de mujer;
pero apenas mirarlos un momento he podido,
pues lo mismo que antes los he vuelto a perder.

Esos ojos celestes para siempre se han ido
como todas mis bellas ilusiones de ayer,
pues no hará la fortuna que tan mal me ha querido
que yo alcance la dicha de volverlos a ver.

De sufrir por su ausencia hoy estoy más enfermo;
pero yo me consuelo cuando pienso en mi yermo,
que después que esos ojos se apartaronde aquí,

desde el mar dirigieron una dulce mirada
a la lámpara sola de mi sola morada,
se pusieron muy tristes y lloraron por mí.

I
Un pedazo de mar y otro de cielo
y una montaña de un azul profundo,
forman la vista que, en mi eterno duelo,
contemplo yo desde un rincón del mundo.

Por el límpido azul de terciopelo
pasa a veces un pájaro errabundo,
como por mi perenne ensueño, el vuelo
de un tierno pensamiento vagabundo.

Esta mañana gris, espesa bruma
que el cielo, el mar y la montaña ahúma,
me vela mis poéticas visiones;

Mas, se disipa sobre el mar en calma,
igual que el humo de mis ilusiones
en la honda amargura de mi alma.

II

Se va volviendo todo claro el día
con el sol que en la cumbre centellea,
y en la paz de la inmensa serranía
el incensario de una rosa humea.

Ya está ebria de azul y poesía
mi alma dolida, que volar desea
cuando la enseña de la patria mía
en el bastión de Cumaná flamea.

Como en la lejanía la bandera
se me presenta alba toda entera
igual que leve garza blanquecina

que va volando con cansado vuelo,
o el ala amorosa de un pañuelo
que de decirme adiós nunca termina

Jesús de Nazareth cena una santa
tarde en Betania en donde ha tiempo habita
Lázaro, sirve Marta la hemanita
mayor, y en el hogar la dicha canta.ç

María Magdalena unge la planta
del Justo que los muertos resucita,
y una fragancia dulce y exquisita
llena la casa que la tarde encanta.

Después, para limpiar con la melena
los pies de Dios, María inclina el busto,
en la tierra posadas las rodillas,

y el cabello de sol, de Magdalena
finge al caer ante los pies del Justo,
una ofrenda de rosas amarillas

Una alegre mañana de músicas y aromas
una bella princesa se bañaba en el río
y entre la corriente que ahogaba un murmurío
su albo seno saltaba con temblor de paloma.

Perfumaban el agua las olorosas pomas
de sus frescas mejillas. Jugo de uva en rocío
vestían sus pestañas, tremulando de frío,
mientras el sol volvía las sombras polícromas.

Brillaban sobre el agua las manos de la ninfa
y a su breve caricia se quebraba la linfa
que hecha flores de espuma corría por su enagua.

Mas cuando su cabeza se hundía entre las ondas,
semejaban los hilos de sus guedejas blondas
culebrillas de fuego que incendiaban el agua.

No, no era amor lo que ella me tenía;
era tal vez piedad, lástima era,
porque mi oculta pena comprendía
y ella se compadece de cualquiera.

Mientras voy recobrando mi alegría
animado, quizás de una quimera,
se va tornando mucho menos mía
como si ella ya no me quisiera.

Yo si he formado de mi amor un culto,
desde que aquí mi juventud sepulto
y la aureola del martirio ciño.

No me quites, Señor, mi sufrimiento
si es que habré de perder con mi tormento,
la conmiseración de su cariño.

Tiene todo el encanto de una diosa: de Diana,
junto al río que besa su casto pecho en flor;
de Venus, junto al mar azul y porcelana
que la envuelve de espumas, en un largo rumor.

En sus espejos líquidos dibújase galana
como un paisaje lleno de sideral fulgor;
se empurpura de rosa su río en la mañana
y su mar en la tarde, se anega de esplendor.

Es nereida y es náyade, canta o llora su pena
con la triste armonía de una dulce sirena
en sus aguas sonoras, con el beso lunar.

Y la risa del sol ameniza su hastío:
y se aduerme escuchando la sonata del río
y despierta loada por el himno del mar.

Cuando vieron mis ojos tu silueta querida
acercarse a la puerta de mi eterna clausura,
me creí que volvía para mí la ventura
que perdí en los mejores abriles de mi vida.

Emoción inefable, dicha nunca sentida,
me causó la presencia de tu regia hermosura,
y tu sana alegría derramó su dulzura
en la inmensa amargura de mi alma dolida.

Ante tu despedida un dolor me exaspera;
ser para ti tan sólo un amigo cualquiera
a quien pueda olvidarse por cualquier otro amigo.

Y profundo sollozo se me escapa del pecho,
porque en vano deseo levantarme del lecho
en que ha tiempo me angustio, para irme contigo.

Cuando a mi lecho por la vez primera
la triste muerte se acercó enlutada,
con suplicante voz le dije ¡espera!
me ha prometido un beso mi adorada.

Deja, importuna, que amanezca el día,
irme no quiero con la noche obscura.
Espera unos instantes todavía,
que un beso nada más tan poco dura.

Y la enlutada, pálida y hermosa
por mi súplica amante, conmovida,
se alejó de mis labios y piadosa,
como esperanza me dejó la vida.

No quiero lauros, nada más un beso.
Ni prendas, ni tesoro codiciado,
quiero sentirme entre tus brazos preso
y más tarde yo diré, adiós, estoy pagado

Todas las flores tienen un rocío,
todos lo años tienen primavera,
déjame a solas con el sueño mío,
¡Oh, muerte!, buena amiga, espera.

Pasan los meses tristes y pausados.
El dulce beso a mi cariño, niega;
y pensando en los labios dorados
le pregunto a la muerte, ¡cuándo llega!

Antes, todos los años, Primavera,
engalanabas mi jardín con flores,
cuando la juventud para mi era
un hada que me hartaba de favores.

Como ahora no tengo quien me quiera
y ya están mustios todos mis amores,
ya no visitas mi jardín siquiera
como ayer en mis épocas mejores.

Último abril de mis floridos años,
vivido entre crueles desengaños,
cuando en la senda del Edén anduve.

Haz que florezca hasta el rosal más pobre
para depositar sus rosas sobre
la tumba del postrer amor que tuve.

Azul de aquella cumbre tan lejana
hacia la cual mi pensamiento vuela
bajo la paz azul de la mañana,
¡color que tantas cosas me revela!

Azul que del azul del cielo emana,
y azul de este gran mar que me consuela,
mientras diviso en él la ilusión vana
de la visión del ala de una vela.

Azul de los paisajes abrileños,
triste azul de mis líricos ensueños,
que me calma los íntimos hastíos.

Sólo me angustias cuando sufro antojos
de besar el azul de aquellos ojos
que nunca más contemplarán los míos.

1

Es la hora melancólica y serena,
en alta noche y en apacible calma,
brilla la luna y a lo lejos suena
música alegre que entristece el alma.

Música de placer para el dichoso
que dulces esperanzas atesora,
música para mí como el sollozo
de mi solitario corazón que llora.

A los tranquilos rayos de la luna
imágenes de amor llegan flotantes
bañándome, al pasar, una por una,
con la serena luz de sus semblantes.