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Cruz María Salmerón Acosta

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Cuando a mi lecho por la vez primera
la triste muerte se acercó enlutada,
con suplicante voz le dije ¡espera!
me ha prometido un beso mi adorada.

Deja, importuna, que amanezca el día,
irme no quiero con la noche obscura.
Espera unos instantes todavía,
que un beso nada más tan poco dura.

Y la enlutada, pálida y hermosa
por mi súplica amante, conmovida,
se alejó de mis labios y piadosa,
como esperanza me dejó la vida.

No quiero lauros, nada más un beso.
Ni prendas, ni tesoro codiciado,
quiero sentirme entre tus brazos preso
y más tarde yo diré, adiós, estoy pagado

Todas las flores tienen un rocío,
todos lo años tienen primavera,
déjame a solas con el sueño mío,
¡Oh, muerte!, buena amiga, espera.

Pasan los meses tristes y pausados.
El dulce beso a mi cariño, niega;
y pensando en los labios dorados
le pregunto a la muerte, ¡cuándo llega!

Como el rayo de sol que en la mañana
pone en la alondra el cristalino canto,
seca en las flores el celeste llanto
y en el huerto colora la manzana.

Como el rayo de sol que en luz desgrana
sus espigas de oro sobre el manto
verde del campo y en el camposanto,
tiende alfombra ideal de filigrana;

sé alegre, buena, pura, luminosa
como el rayo de sol que te hace hermosa
y da un matiz de idealidad a todo,

alfombra las tinieblas del abismo
y dora el fondo del pantano mismo
sin mancharse jamás de negro lodo.

Como a una romántica novicia
te cortaron la rubia cabellera
cuyo perfume de tu cuerpo, era
como tuyo el calor de su caricia.

A tus blondos cabellos
los dora el sol, de cuya luz son ellos.
No es el oro más rico, ni fulgura
como la luz de su color de oro,
bajo cuyo esplendor triunfa el tesoro
del mármol de tu célica blancura.

Tu suave cabellera
de un olor  a rosal en primavera,
en haz de espigas que la hoz del hado
pudo segar al borde de la huesa
que esperaba tu cuerpo de princesa,
que hoy de un sueño mortal ha despertado.

¿Bajo la paz de qué rincón de olvido
alumbran todavía tus cabellos?

¡Yo  quisiera morir llorando en ellos
este llanto que tanto he contenido!.

Ya se secó la mata que abrió un día
la dalia que en el pecho te pusiste
la tarde aquella, en que creer me hiciste
que yo amor inspiraba todavía.

Me dio dolor mirar, amiga mía,
cómo la planta desde que te fuiste
se fue poniendo poco a poco triste
hasta morir cuando otra flor abría.

Dentro del tiesto, donde se ha secado
esa planta, otra idéntica he sembrado,
y a cada flor que da la planta nueva,

pienso en la flor que tuvo tu corpiño
cuando hiciste nacer este cariño
que es una pena más que mi alma lleva.

Nunca mi mente acarició el ensueño
de vivir solo, frente a un mar bravío,
sino en un campo en flor siempre risueño,
viendo correr junto a mis pies un río.

Por más que en alegrarme yo me empeño,
en presencia del mar vivo sombrío
tan lejos de la dicha con que sueño
como tú estás de mi dolor, Dios mío.

Yo sufro ante el verdor de primavera
de la eterna visión de la ribera
de donde ayer por siempre hube partido,

la nostalgia del pájaro enjaulado
que desde su prisión ve el ramo amado
donde un día, cantando, formó el nido.

Llega Jesús y junto al mar murmura
Jairo, y dice: “Señor, mi hija adorada
está expirando, pon tu mano pura
sobre su cuerpo y me será salvada.ç

El Maestro a salvar a la hermosura
se encamina, en mitad de la jornada
una enferma rozó su vestidura
¡y de repente se sintió curada!

Jesús halla la niña ya sin vida,
mas dice: “No está muerta, está dormida”,
y al tocar con sus manos a la muerta,

la gélida hermosura adolescente,
entreabriendo los ojos, dulcemente,
como de un simple sueño se despierta.

Allá donde se besan mar y cielo,
la vela del navío tan lejano
finge el último adiós de tu pañuelo
que aleteó, cual pájaro en tu mano.

Te fuiste ayer de mi nativo suelo
para otro suelo que se me hizo arcano,
y sufro todavía un desconsuelo,
desesperado de esperarte en vano.

A cada vela errante me imagino
que a mis brazos te atrae, o que el Destino
hacia la playa donde estoy te lanza.

De nuevo la nostalgia me tortura,
pensar en que tendré la desventura
de morirme de amor sin esperanza.

Caraqueña: recuerdo la ventana entreabierta
desde donde cien veces me miraste pasar
cuando yo era dichoso y por ti sentía cierta
pasión que con palabras no te supe expresar.

Todavía mi mente a explicarse no acierta
por qué yo ni mi nombre te llegué a revelar,
ni en la tarde en que triste me alejé de tu puerta
con la vaga esperanza de poder retornar.

Cuando leas los versos de esta triste poesía
sabrás tú quién he sido y por qué todavía
otra vez a tu encuentro no he podido volver.

Pero acaso no creas que aún tu ausencia lamento,
ni que mientras te escribo, la emoción que yo siento
está haciendo la pluma de mi mano caer.

Pasó mi adolescencia en torbellino
y gozarla no puede lo bastante;
y estoy como un cansado peregrino
que teme caminar hacia delante.

¡Qué imposible paréceme el camino
que me torne a la dicha tan distante!
Pienso que este demonio del destino
no cesará de herirme ni un instante.

Mientras se va mi juventud querida
en el duro aislamiento de mi vida,
mi pobre alma que la suerte azota

va destilando en lágrimas su pena;
pero ¡ay! ese dolor, que mi alma llena,
es como un manantial que no se agota.

Nunca te he visto, mas te pienso y siento
que llego a ti bajo la dulce tarde
y te hallo hermosa cual la estrella que arde
ahora en el vistoso firmamento.

Mas no habré de cantarte, el sufrimiento
obliga a que mi alma el verso guarde;
hoy me siento tan triste y tan cobarde
que ya no quiero echar mi canto al viento.

Dejo, pues que otros canten tu hermosura,
y que mi verso, estrella de la obscura
noche de mi vivir en mi alma irradie,

hasta que al fin se muera como esas
perlas que mueren en la concha presas
¡sin haberse dejado ver de nadie!

Que vivan de la baraja
los jugadores de oficio;
porque el juego es un mal vicio
para todo el que trabaja.

Nos han metido en un puño
a los dueños de garito;
dicen que ni el “sombrerito”
se jugará en el terruño,
ni “picha” ni “simimuño”,
ni “tino” ni “capupaja”,
nada de lo que rebaja
el caudal de los obreros,
aunque rabien los fulleros
que viven de la baraja.

Con gritos conmovedores
le piden a Juan Vicente
que les cambie el Presidente,
un grupo de jugadores.
Pero los trabajadores
aceptan como un servicio
la prohibición del vicio
que tanta ruina ocasiona.
Todo esto desazona.

Componen la sociedadtal
vez por falta de juicio,
se ven en el precipicio
en donde los llevó el juego,
y del cual no saldrán luego,
porque el juego es un mal vicio.

Javier que dejó su cuna
y fue viajando hasta el Saco,
dicen que en pos de Cumaco,
de Macán y de fortuna.
Valeriano que ninguna
moneda acuña en su casa
desde que el cuero está en baja.
Juan Francisco y Nicolás,
que ya no toparán más
para todo el que trabaja.

Cuando me vine para mi destierro
un can vino conmigo,
y siempre para mí fue un buen amigo
y un compañero fiel, el pobre perro.

Él, que calles alegres recorría
a mi lado, en mis días de ventura,
vino también a hacerme compañía
en la tan prolongada y tan sombría
calle de mi amargura.

Largas horas pasó junto a mi puerta
echado sobre el suelo
en perenne desvelo
y hasta al más leve ruido, siempre alerta.

Otras veces, después de vana espera
el perro se dormía
como si por instinto comprendiera
que ninguno vendría
a consolar mi vida prisionera.

Y en las noches tan claras como el día,
a la luna lanzaba sus aullidos,
mientras yo prorrumpía
en versos a sollozos parecidos.
Hoy lo he visto morir, y no he llorado
por su viaje sin vuelta, ni siquiera

una lágrima, y he sufrido
pensando cuánto no habría aullado,
por un viaje cualquiera
que yo hubiese emprendido.

Me parece mirarlo todavía
fijando en mí con gran melancolía
su mirada de enfermo moribundo,
cual queriendo decirme que sentía
más dejarme en el mundo,
que la vida azarosa que él perdía.

¡Ah! Yo habría querido
pobre y noble animal,
en mis brazos tomarte
y cerrarte los ojos tan humanos
y cavarte una fosa con mis manos
y yo mismo enterrarte.

Y enterrándote echar sobre tu frío
cuerpo, puñados de tierra, perro mío,
con besos y lágrimas mojados,
cual solemos hacer con los despojos
de esos humanos seres adorados
que enterramos con llanto en nuestros ojos.
Mas, como nada de eso yo he logrado
hacerte, sobre el lecho donde herido
estoy, muy triste un rato me he quedado
viendo la playa donde te has a hundido.

Duerme por siempre junto al mar sombrío,
que para mí tanta poesía encierra,
en tu lecho de tierra
por el cual con placer cambiaría el mío.