o entra con:    ¿Olvidaste tu contraseña? | Únete
o entra con:
Cruzsalmeronacosta

Cruz María Salmerón Acosta

POEMAS
SEGUIDORES
0

Cuando a mi lecho por la vez primera
la triste muerte se acercó enlutada,
con suplicante voz le dije ¡espera!
me ha prometido un beso mi adorada.

Deja, importuna, que amanezca el día,
irme no quiero con la noche obscura.
Espera unos instantes todavía,
que un beso nada más tan poco dura.

Y la enlutada, pálida y hermosa
por mi súplica amante, conmovida,
se alejó de mis labios y piadosa,
como esperanza me dejó la vida.

No quiero lauros, nada más un beso.
Ni prendas, ni tesoro codiciado,
quiero sentirme entre tus brazos preso
y más tarde yo diré, adiós, estoy pagado

Todas las flores tienen un rocío,
todos lo años tienen primavera,
déjame a solas con el sueño mío,
¡Oh, muerte!, buena amiga, espera.

Pasan los meses tristes y pausados.
El dulce beso a mi cariño, niega;
y pensando en los labios dorados
le pregunto a la muerte, ¡cuándo llega!

Caraqueña: recuerdo la ventana entreabierta
desde donde cien veces me miraste pasar
cuando yo era dichoso y por ti sentía cierta
pasión que con palabras no te supe expresar.

Todavía mi mente a explicarse no acierta
por qué yo ni mi nombre te llegué a revelar,
ni en la tarde en que triste me alejé de tu puerta
con la vaga esperanza de poder retornar.

Cuando leas los versos de esta triste poesía
sabrás tú quién he sido y por qué todavía
otra vez a tu encuentro no he podido volver.

Pero acaso no creas que aún tu ausencia lamento,
ni que mientras te escribo, la emoción que yo siento
está haciendo la pluma de mi mano caer.

I
Un pedazo de mar y otro de cielo
y una montaña de un azul profundo,
forman la vista que, en mi eterno duelo,
contemplo yo desde un rincón del mundo.

Por el límpido azul de terciopelo
pasa a veces un pájaro errabundo,
como por mi perenne ensueño, el vuelo
de un tierno pensamiento vagabundo.

Esta mañana gris, espesa bruma
que el cielo, el mar y la montaña ahúma,
me vela mis poéticas visiones;

Mas, se disipa sobre el mar en calma,
igual que el humo de mis ilusiones
en la honda amargura de mi alma.

II

Se va volviendo todo claro el día
con el sol que en la cumbre centellea,
y en la paz de la inmensa serranía
el incensario de una rosa humea.

Ya está ebria de azul y poesía
mi alma dolida, que volar desea
cuando la enseña de la patria mía
en el bastión de Cumaná flamea.

Como en la lejanía la bandera
se me presenta alba toda entera
igual que leve garza blanquecina

que va volando con cansado vuelo,
o el ala amorosa de un pañuelo
que de decirme adiós nunca termina

Entre tus ojos de esmeraldas vivas
te miro el alma, de ilusiones llena,
como entre dos cisternas pensativas
se ve del cielo la extensión serena.

El colibrí de tu mirada riela
sobre el agua enturbiada de mis ojos,
y de tus célicas mejillas vuela
un crepúsculo rosa de sonrojos.

Hilo por hilo la ilusión devana
y urde sueños de fina filigrana
la araña de mi vaga fantasía.

Porque cuando me miras y te miro,
sale volando tu alma en un suspiro
y embriagada de amor cae la mía.

Corazón que sufriste lo rigores
del cruel Destino, un cementerio eres,
donde están ya difuntos mis amores,
el olvido de todas las mujeres

Gustaste del Edén, frutas y flores
y si el dolor ahogaste en los placeres
también sentiste en el placer dolores,
pero cantando tus dolores, mueres.

Ya no hay quien por tu tierno sentimiento
se apropie de mi moral marchitamiento,
¡Oh corazón,  que siempre eres mi lira!

Cuando ya no resista mi quebranto
cesarás de latir rimando un canto,
o soñando un amor que nunca expira.

Vierte entre las florestas silenciosas
un resplandor, su aparición de estrella,
y acariciando va todas las cosas
su mirada que la hace ser más bella.

A su paso deshójanse las rosas,
la luz del sol baja a besar su huella,
y hasta las mismas flores olorosas
quedan por algún tiempo oliendo a ella.

Yo la miro perderse entre las flores,
y con la voz de todos los amores
voy a llamarla, pero me da miedo

verla venir hacia la angustia mía,
porque yo, que la sueño todavía,
quiero amarla como antes, y no puedo.

Nunca tuvo platónicos amores
ni gloria, ni aun legítima alegría;
desdeñó de la suerte los favores,
y algún pesar su corazón roía.

Tal vez sus versos líricos mejores
los ensayaba en medio de la orgía;
mas, yo no sé qué hiel de sinsabores
vertió en el llanto de su poesía.

Su vida de poeta vagabundo
que lástima inspiróle a todo el mundo,  
se fue agotando tras de azul quimera.

Quién sabe si por burla del destino
lo sorprendió la muerte en el divino
sueño mejor de su embriaguez postrera.

Antes, todos los años, Primavera,
engalanabas mi jardín con flores,
cuando la juventud para mi era
un hada que me hartaba de favores.

Como ahora no tengo quien me quiera
y ya están mustios todos mis amores,
ya no visitas mi jardín siquiera
como ayer en mis épocas mejores.

Último abril de mis floridos años,
vivido entre crueles desengaños,
cuando en la senda del Edén anduve.

Haz que florezca hasta el rosal más pobre
para depositar sus rosas sobre
la tumba del postrer amor que tuve.

Baja la tarde al campo. Los rumores
con que me arrulla la Naturaleza
me infunden una lírica tristeza
y despiertan en mí puros amores.

Ya la luna, a los pobres soñadores
derrocha de su plata la riqueza,
y hace olvidar del verso la belleza,
la prosa natural de los pastores.  

Yo no quiero escribir, pero la luna
y la tarde me dan a soñar una
poesía que me hace sufrir tanto.

Que pienso mientras sueña mi alma inquieta,
que los mejores versos del poeta
son los que escribe con su propio llanto.

Tiene todo el encanto de una diosa: de Diana,
junto al río que besa su casto pecho en flor;
de Venus, junto al mar azul y porcelana
que la envuelve de espumas, en un largo rumor.

En sus espejos líquidos dibújase galana
como un paisaje lleno de sideral fulgor;
se empurpura de rosa su río en la mañana
y su mar en la tarde, se anega de esplendor.

Es nereida y es náyade, canta o llora su pena
con la triste armonía de una dulce sirena
en sus aguas sonoras, con el beso lunar.

Y la risa del sol ameniza su hastío:
y se aduerme escuchando la sonata del río
y despierta loada por el himno del mar.

Veinte años hace ya que una doncella
que apenas trece abriles contaría,
prometióme que siempre sería mía
y me reí de la promesa y de ella.

Muy pronto la aventura eché al olvido
por otras aventuras amorosas,
cien veces el rosal me dio sus rosas
y otras cien sus espinas me han herido.

Luego al encuentro me salió el destino,
en la senda en que dicha busqué en vano;
y ya ni una rosa más cayó en mi mano,
por entre los zarzales del destino.

Mi corazón por el dolor herido,
mucho tiempo vivió sin esperanzas,
padeciendo el pesar de la añoranza,
por todos los amores que he perdido.

Y esta tarde en la paz de mi retiro,
una mujer que con asombro miro
me dice, veinte años te he adorado
y hoy que estás casi en vida sepultado,
siento que soy, mi corazón, más tuya.

¿Cómo era su rostro? Lo he olvidado.
¿Cómo eran sus manos? ¡No me acuerdo!
¡Lejos de ella tanto tiempo he estado
que ya confusamente la recuerdo!

¿Cuándo fue que me vine de su lado?
¿Hace diez, quince años? ¡No trascuerdo!
¡Tanto, Señor, de mí la has alejado,
que la esperanza de encontrarla pierdo!

Yo me consolaría si pudiera
verla, tres horas, dos, una siquiera,
aunque en ese momento de ventura

me cegase la luz de su mirada,
pues, después que yo mire su hermosura,
poco me importa no poder ver nada.