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Cruz María Salmerón Acosta

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Cuando a mi lecho por la vez primera
la triste muerte se acercó enlutada,
con suplicante voz le dije ¡espera!
me ha prometido un beso mi adorada.

Deja, importuna, que amanezca el día,
irme no quiero con la noche obscura.
Espera unos instantes todavía,
que un beso nada más tan poco dura.

Y la enlutada, pálida y hermosa
por mi súplica amante, conmovida,
se alejó de mis labios y piadosa,
como esperanza me dejó la vida.

No quiero lauros, nada más un beso.
Ni prendas, ni tesoro codiciado,
quiero sentirme entre tus brazos preso
y más tarde yo diré, adiós, estoy pagado

Todas las flores tienen un rocío,
todos lo años tienen primavera,
déjame a solas con el sueño mío,
¡Oh, muerte!, buena amiga, espera.

Pasan los meses tristes y pausados.
El dulce beso a mi cariño, niega;
y pensando en los labios dorados
le pregunto a la muerte, ¡cuándo llega!

Esta tarde expiró la primavera
cuando la luz del sol se adormecía
sobre los campos donde florecía
la última flor que Flora me ofreciera.

El crepúsculo todo ensueño era
y su belleza triste, en agonía,
se iba volviendo en mi alma poesía,
que yo estaré cantando hasta que muera.

Llena el azul crepuscular dulzura
que se derrama, en luz, en la verdura
que aún perfuma la muerte de las flores;

mas de mi corazón, por sus congojas,
como en otoño de un rosal las hojas,
se van cayendo todos mis amores.

Yo tengo para el árbol mil loores
porque el árbol a todos da consuelo;
ofrece grata sombra a los pastores
y refugio a los pájaros del cielo.

Porque de los humildes labradores
él premia la fatiga y el desvelo.
Para libar en sus fragantes flores
las mariposas van en raudo vuelo.

Por inútil que un árbol te parezca,
déjalo hermano labrador que crezca;
que si hoy no paga el riego que le diste,

quizás mañana podrá dar el leño
para tu cruz o para el lecho triste,
donde habrás de dormir tu último sueño.

En regio baile el Mariscal se apresta
a derrochar la luz de su cultura;
entre la noble sociedad en fiesta
no es menos grande su marcial figura.

Es el festejo en Guayaquil. La orquesta
canta un aire de amor y de locura,
y el paladín de la intachable gesta
da el brazo a la más cándida hermosura.

En continuo bailar, Sucre corteja
la Venus que le sirve de pareja,
a quien deja carísimas memorias;

y en prueba de legítimo cariño
le prende entre las flores del corpiño
el mazo de medallas de sus glorias.

Baja la tarde al campo. Los rumores
con que me arrulla la Naturaleza
me infunden una lírica tristeza
y despiertan en mí puros amores.

Ya la luna, a los pobres soñadores
derrocha de su plata la riqueza,
y hace olvidar del verso la belleza,
la prosa natural de los pastores.  

Yo no quiero escribir, pero la luna
y la tarde me dan a soñar una
poesía que me hace sufrir tanto.

Que pienso mientras sueña mi alma inquieta,
que los mejores versos del poeta
son los que escribe con su propio llanto.

Allá donde se besan mar y cielo,
la vela del navío tan lejano
finge el último adiós de tu pañuelo
que aleteó, cual pájaro en tu mano.

Te fuiste ayer de mi nativo suelo
para otro suelo que se me hizo arcano,
y sufro todavía un desconsuelo,
desesperado de esperarte en vano.

A cada vela errante me imagino
que a mis brazos te atrae, o que el Destino
hacia la playa donde estoy te lanza.

De nuevo la nostalgia me tortura,
pensar en que tendré la desventura
de morirme de amor sin esperanza.

Desde que floreciste entre la cuna
te ofrenda abril sus búcaros de flores;
y te mima cantando la fortuna
con el lenguaje de sus mil colores.

A tu oído jamás se alce ninguna
canción de los humanos trovadores;
tú eres cual rosa que se encanta en luna
digna del canto de los ruiseñores.

Naciste en esa azul hora abrileña
en que se ve el crepúsculo y se sueña
que Dios sonríe contemplando al niño

por el lucero dulce de la tarde;
y aunque en tu corazón ya el mirto arde,
duerme olor de azahar en tu corpiño.

Corazón que sufriste lo rigores
del cruel Destino, un cementerio eres,
donde están ya difuntos mis amores,
el olvido de todas las mujeres

Gustaste del Edén, frutas y flores
y si el dolor ahogaste en los placeres
también sentiste en el placer dolores,
pero cantando tus dolores, mueres.

Ya no hay quien por tu tierno sentimiento
se apropie de mi moral marchitamiento,
¡Oh corazón,  que siempre eres mi lira!

Cuando ya no resista mi quebranto
cesarás de latir rimando un canto,
o soñando un amor que nunca expira.

¡Pobrecito mi amor!, se está muriendo
bajo el golpe fatal de lo imprevisto;
agoniza mi amor, triste y gimiendo,
solo y tan resignado como un Cristo.

¡Se me murió mi amor! Tan sólo, dijo,
el nombre de la amada indiferente.
Yo le puse en el pecho un crucifijo,
cerré sus ojos y besé su frente.

Y envolví su ataúd con lo más bello
que a la vista tenía, todo aquello
que me gané en la lucha: rosa y palma,

lo bajé de la fosa al negro fondo,
y lo dejé enterrado en lo más hondo
del triste cementerio de mi alma.

Los dos ojos azules que yo había perdido
los hallé al fin en otra linda faz de mujer;
pero apenas mirarlos un momento he podido,
pues lo mismo que antes los he vuelto a perder.

Esos ojos celestes para siempre se han ido
como todas mis bellas ilusiones de ayer,
pues no hará la fortuna que tan mal me ha querido
que yo alcance la dicha de volverlos a ver.

De sufrir por su ausencia hoy estoy más enfermo;
pero yo me consuelo cuando pienso en mi yermo,
que después que esos ojos se apartaronde aquí,

desde el mar dirigieron una dulce mirada
a la lámpara sola de mi sola morada,
se pusieron muy tristes y lloraron por mí.

Nunca mi mente acarició el ensueño
de vivir solo, frente a un mar bravío,
sino en un campo en flor siempre risueño,
viendo correr junto a mis pies un río.

Por más que en alegrarme yo me empeño,
en presencia del mar vivo sombrío
tan lejos de la dicha con que sueño
como tú estás de mi dolor, Dios mío.

Yo sufro ante el verdor de primavera
de la eterna visión de la ribera
de donde ayer por siempre hube partido,

la nostalgia del pájaro enjaulado
que desde su prisión ve el ramo amado
donde un día, cantando, formó el nido.

Su venida a los hombres es tan bella
que hasta apariencia de milagro toma:
a la tierra lo trae alba paloma,
lo anuncia en el azul, azul estrella.

Luce su frente un nimbo que destella
como el lucero que en el Este asoma
y enflora el lirio de más dulce aroma
en el sendero que su planta huella.

Era sublime, sobrehumano era,
y en el Gólgota en Dios se transfigura
como cuando él murió vertiendo olores.

Ya empezaba a nacer la primavera,
la tarde que le dieron sepultura
la tierra toda se vistió de flore

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