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Cruz María Salmerón Acosta

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Baja la tarde al campo. Los rumores
con que me arrulla la Naturaleza
me infunden una lírica tristeza
y despiertan en mí puros amores.

Ya la luna, a los pobres soñadores
derrocha de su plata la riqueza,
y hace olvidar del verso la belleza,
la prosa natural de los pastores.  

Yo no quiero escribir, pero la luna
y la tarde me dan a soñar una
poesía que me hace sufrir tanto.

Que pienso mientras sueña mi alma inquieta,
que los mejores versos del poeta
son los que escribe con su propio llanto.

Yo era feliz con mi vehemente anhelo
de ceñir un laurel, en mis quereres,
y me sentí poeta viendo al cielo
tornarse triste en los atardeceres.

Un día sufrí un vago desconsuelo
y busqué la alegría en los placeres;
mas no lograron disipar mi duelo
ni el vino, ni el azar, ni las mujeres.

Hoy, hasta la esperanza la he perdido;
suspiro más por amoroso nido,
que por la gloria vana y el renombre,

pues muy bien sé que de las penas crueles
alivian más el corazón del hombre
las rosas del amor, que los laureles.

Corazón que sufriste lo rigores
del cruel Destino, un cementerio eres,
donde están ya difuntos mis amores,
el olvido de todas las mujeres

Gustaste del Edén, frutas y flores
y si el dolor ahogaste en los placeres
también sentiste en el placer dolores,
pero cantando tus dolores, mueres.

Ya no hay quien por tu tierno sentimiento
se apropie de mi moral marchitamiento,
¡Oh corazón,  que siempre eres mi lira!

Cuando ya no resista mi quebranto
cesarás de latir rimando un canto,
o soñando un amor que nunca expira.

Quisiera que me amase esta doncella
que me visita con piedad cristiana,
como un tiempo me amó la dama aquella
que ya no alienta mi esperanza vana.

Que fuera yo, para esta niña bella,
el ser que sueña su alma sobrehumana,
y en cambio, para mí, que fuera ella
una novia, una amiga y una hermana.

Antes le hubiera hablado de mi anhelo;
hoy, aunque el limpio azul del cielo
de su mirada en mi ventana radie,

a callar mi cariño me resigno,
porque pienso, Señor, que no soy digno
ni de su amor, ni del amor de nadie.

Cuando a mi lecho por la vez primera
la triste muerte se acercó enlutada,
con suplicante voz le dije ¡espera!
me ha prometido un beso mi adorada.

Deja, importuna, que amanezca el día,
irme no quiero con la noche obscura.
Espera unos instantes todavía,
que un beso nada más tan poco dura.

Y la enlutada, pálida y hermosa
por mi súplica amante, conmovida,
se alejó de mis labios y piadosa,
como esperanza me dejó la vida.

No quiero lauros, nada más un beso.
Ni prendas, ni tesoro codiciado,
quiero sentirme entre tus brazos preso
y más tarde yo diré, adiós, estoy pagado

Todas las flores tienen un rocío,
todos lo años tienen primavera,
déjame a solas con el sueño mío,
¡Oh, muerte!, buena amiga, espera.

Pasan los meses tristes y pausados.
El dulce beso a mi cariño, niega;
y pensando en los labios dorados
le pregunto a la muerte, ¡cuándo llega!

¿Cómo era su rostro? Lo he olvidado.
¿Cómo eran sus manos? ¡No me acuerdo!
¡Lejos de ella tanto tiempo he estado
que ya confusamente la recuerdo!

¿Cuándo fue que me vine de su lado?
¿Hace diez, quince años? ¡No trascuerdo!
¡Tanto, Señor, de mí la has alejado,
que la esperanza de encontrarla pierdo!

Yo me consolaría si pudiera
verla, tres horas, dos, una siquiera,
aunque en ese momento de ventura

me cegase la luz de su mirada,
pues, después que yo mire su hermosura,
poco me importa no poder ver nada.

No, no era amor lo que ella me tenía;
era tal vez piedad, lástima era,
porque mi oculta pena comprendía
y ella se compadece de cualquiera.

Mientras voy recobrando mi alegría
animado, quizás de una quimera,
se va tornando mucho menos mía
como si ella ya no me quisiera.

Yo si he formado de mi amor un culto,
desde que aquí mi juventud sepulto
y la aureola del martirio ciño.

No me quites, Señor, mi sufrimiento
si es que habré de perder con mi tormento,
la conmiseración de su cariño.

Yo fui Quijote por algunos años
y llena el alma de un ensueño hermoso
tuve en mi Dulcinea del Toboso
los mil encantamientos más extraños.

En mis luchas de pérfidos engaños
para mí no hubo tregua ni reposo,
y, lanza en ristre, arremetí furioso
contra molinos y contra rebaños.

Aunque más de una vez burlado fuera
sólo me avergoncé por vez primera
cuando, como el Manchego sin fortuna

me encontré sin honor y desarmado
a los pies de un barbero disfrazado
de Caballero de la Blanca Luna.

Azul de aquella cumbre tan lejana
hacia la cual mi pensamiento vuela
bajo la paz azul de la mañana,
¡color que tantas cosas me revela!

Azul que del azul del cielo emana,
y azul de este gran mar que me consuela,
mientras diviso en él la ilusión vana
de la visión del ala de una vela.

Azul de los paisajes abrileños,
triste azul de mis líricos ensueños,
que me calma los íntimos hastíos.

Sólo me angustias cuando sufro antojos
de besar el azul de aquellos ojos
que nunca más contemplarán los míos.

1

Vuelan de los arbustos otoñales
las hojas, como áureas avecillas;
la palidez que cubre los rosales
destiñe hasta el color de tus mejillas.

Un oro muerto dora los viñales,
como esas hojas de las manzanillas
también en mi alma, por mis viejos males,
están mis esperanzas amarillas.

En el otoño el campo palidece
pero el campo muy pronto reverdece,
y en mi vida, que ayer se marchitara,

el último rosal ya no retoña,
como si para siempre se mustiara
todo jardín del corazón que otoña.

Como el rayo de sol que en la mañana
pone en la alondra el cristalino canto,
seca en las flores el celeste llanto
y en el huerto colora la manzana.

Como el rayo de sol que en luz desgrana
sus espigas de oro sobre el manto
verde del campo y en el camposanto,
tiende alfombra ideal de filigrana;

sé alegre, buena, pura, luminosa
como el rayo de sol que te hace hermosa
y da un matiz de idealidad a todo,

alfombra las tinieblas del abismo
y dora el fondo del pantano mismo
sin mancharse jamás de negro lodo.

Cuando vieron mis ojos tu silueta querida
acercarse a la puerta de mi eterna clausura,
me creí que volvía para mí la ventura
que perdí en los mejores abriles de mi vida.

Emoción inefable, dicha nunca sentida,
me causó la presencia de tu regia hermosura,
y tu sana alegría derramó su dulzura
en la inmensa amargura de mi alma dolida.

Ante tu despedida un dolor me exaspera;
ser para ti tan sólo un amigo cualquiera
a quien pueda olvidarse por cualquier otro amigo.

Y profundo sollozo se me escapa del pecho,
porque en vano deseo levantarme del lecho
en que ha tiempo me angustio, para irme contigo.