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Cruz María Salmerón Acosta

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Baja la tarde al campo. Los rumores
con que me arrulla la Naturaleza
me infunden una lírica tristeza
y despiertan en mí puros amores.

Ya la luna, a los pobres soñadores
derrocha de su plata la riqueza,
y hace olvidar del verso la belleza,
la prosa natural de los pastores.  

Yo no quiero escribir, pero la luna
y la tarde me dan a soñar una
poesía que me hace sufrir tanto.

Que pienso mientras sueña mi alma inquieta,
que los mejores versos del poeta
son los que escribe con su propio llanto.

Como a una romántica novicia
te cortaron la rubia cabellera
cuyo perfume de tu cuerpo, era
como tuyo el calor de su caricia.

A tus blondos cabellos
los dora el sol, de cuya luz son ellos.
No es el oro más rico, ni fulgura
como la luz de su color de oro,
bajo cuyo esplendor triunfa el tesoro
del mármol de tu célica blancura.

Tu suave cabellera
de un olor  a rosal en primavera,
en haz de espigas que la hoz del hado
pudo segar al borde de la huesa
que esperaba tu cuerpo de princesa,
que hoy de un sueño mortal ha despertado.

¿Bajo la paz de qué rincón de olvido
alumbran todavía tus cabellos?

¡Yo  quisiera morir llorando en ellos
este llanto que tanto he contenido!.

Quisiera que me amase esta doncella
que me visita con piedad cristiana,
como un tiempo me amó la dama aquella
que ya no alienta mi esperanza vana.

Que fuera yo, para esta niña bella,
el ser que sueña su alma sobrehumana,
y en cambio, para mí, que fuera ella
una novia, una amiga y una hermana.

Antes le hubiera hablado de mi anhelo;
hoy, aunque el limpio azul del cielo
de su mirada en mi ventana radie,

a callar mi cariño me resigno,
porque pienso, Señor, que no soy digno
ni de su amor, ni del amor de nadie.

Cuando me vine para mi destierro
un can vino conmigo,
y siempre para mí fue un buen amigo
y un compañero fiel, el pobre perro.

Él, que calles alegres recorría
a mi lado, en mis días de ventura,
vino también a hacerme compañía
en la tan prolongada y tan sombría
calle de mi amargura.

Largas horas pasó junto a mi puerta
echado sobre el suelo
en perenne desvelo
y hasta al más leve ruido, siempre alerta.

Otras veces, después de vana espera
el perro se dormía
como si por instinto comprendiera
que ninguno vendría
a consolar mi vida prisionera.

Y en las noches tan claras como el día,
a la luna lanzaba sus aullidos,
mientras yo prorrumpía
en versos a sollozos parecidos.
Hoy lo he visto morir, y no he llorado
por su viaje sin vuelta, ni siquiera

una lágrima, y he sufrido
pensando cuánto no habría aullado,
por un viaje cualquiera
que yo hubiese emprendido.

Me parece mirarlo todavía
fijando en mí con gran melancolía
su mirada de enfermo moribundo,
cual queriendo decirme que sentía
más dejarme en el mundo,
que la vida azarosa que él perdía.

¡Ah! Yo habría querido
pobre y noble animal,
en mis brazos tomarte
y cerrarte los ojos tan humanos
y cavarte una fosa con mis manos
y yo mismo enterrarte.

Y enterrándote echar sobre tu frío
cuerpo, puñados de tierra, perro mío,
con besos y lágrimas mojados,
cual solemos hacer con los despojos
de esos humanos seres adorados
que enterramos con llanto en nuestros ojos.
Mas, como nada de eso yo he logrado
hacerte, sobre el lecho donde herido
estoy, muy triste un rato me he quedado
viendo la playa donde te has a hundido.

Duerme por siempre junto al mar sombrío,
que para mí tanta poesía encierra,
en tu lecho de tierra
por el cual con placer cambiaría el mío.

Cuando a mi lecho por la vez primera
la triste muerte se acercó enlutada,
con suplicante voz le dije ¡espera!
me ha prometido un beso mi adorada.

Deja, importuna, que amanezca el día,
irme no quiero con la noche obscura.
Espera unos instantes todavía,
que un beso nada más tan poco dura.

Y la enlutada, pálida y hermosa
por mi súplica amante, conmovida,
se alejó de mis labios y piadosa,
como esperanza me dejó la vida.

No quiero lauros, nada más un beso.
Ni prendas, ni tesoro codiciado,
quiero sentirme entre tus brazos preso
y más tarde yo diré, adiós, estoy pagado

Todas las flores tienen un rocío,
todos lo años tienen primavera,
déjame a solas con el sueño mío,
¡Oh, muerte!, buena amiga, espera.

Pasan los meses tristes y pausados.
El dulce beso a mi cariño, niega;
y pensando en los labios dorados
le pregunto a la muerte, ¡cuándo llega!

Azul de aquella cumbre tan lejana
hacia la cual mi pensamiento vuela
bajo la paz azul de la mañana,
¡color que tantas cosas me revela!

Azul que del azul del cielo emana,
y azul de este gran mar que me consuela,
mientras diviso en él la ilusión vana
de la visión del ala de una vela.

Azul de los paisajes abrileños,
triste azul de mis líricos ensueños,
que me calma los íntimos hastíos.

Sólo me angustias cuando sufro antojos
de besar el azul de aquellos ojos
que nunca más contemplarán los míos.

1

Todo en mi derredor dice alegría,
la aurora tras del monte se levanta,
el pájaro en la fronda anuncia el día
con la flauta que oculta  en su garganta.

Quiero cantar a tanta poesía
que habla a los ojos, y a la mente encanta,
pero la alondra de la musa mía
aun sin querer, solloza cuando canta.

Nací del mar en infeliz ribera,
y esta aflicción que mi alma desespera
cuando empiezo a rimar lo que he vivido,

me hace pensar, por el sufrir inquieto,
que acaso llevo en mi interior secreto
el paisaje del suelo en que he nacido

¡Pobrecito mi amor!, se está muriendo
bajo el golpe fatal de lo imprevisto;
agoniza mi amor, triste y gimiendo,
solo y tan resignado como un Cristo.

¡Se me murió mi amor! Tan sólo, dijo,
el nombre de la amada indiferente.
Yo le puse en el pecho un crucifijo,
cerré sus ojos y besé su frente.

Y envolví su ataúd con lo más bello
que a la vista tenía, todo aquello
que me gané en la lucha: rosa y palma,

lo bajé de la fosa al negro fondo,
y lo dejé enterrado en lo más hondo
del triste cementerio de mi alma.

Su venida a los hombres es tan bella
que hasta apariencia de milagro toma:
a la tierra lo trae alba paloma,
lo anuncia en el azul, azul estrella.

Luce su frente un nimbo que destella
como el lucero que en el Este asoma
y enflora el lirio de más dulce aroma
en el sendero que su planta huella.

Era sublime, sobrehumano era,
y en el Gólgota en Dios se transfigura
como cuando él murió vertiendo olores.

Ya empezaba a nacer la primavera,
la tarde que le dieron sepultura
la tierra toda se vistió de flore

1

Esta tarde expiró la primavera
cuando la luz del sol se adormecía
sobre los campos donde florecía
la última flor que Flora me ofreciera.

El crepúsculo todo ensueño era
y su belleza triste, en agonía,
se iba volviendo en mi alma poesía,
que yo estaré cantando hasta que muera.

Llena el azul crepuscular dulzura
que se derrama, en luz, en la verdura
que aún perfuma la muerte de las flores;

mas de mi corazón, por sus congojas,
como en otoño de un rosal las hojas,
se van cayendo todos mis amores.

Cuando vieron mis ojos tu silueta querida
acercarse a la puerta de mi eterna clausura,
me creí que volvía para mí la ventura
que perdí en los mejores abriles de mi vida.

Emoción inefable, dicha nunca sentida,
me causó la presencia de tu regia hermosura,
y tu sana alegría derramó su dulzura
en la inmensa amargura de mi alma dolida.

Ante tu despedida un dolor me exaspera;
ser para ti tan sólo un amigo cualquiera
a quien pueda olvidarse por cualquier otro amigo.

Y profundo sollozo se me escapa del pecho,
porque en vano deseo levantarme del lecho
en que ha tiempo me angustio, para irme contigo.

En remotas edades, sobre el mar en bonanza,
en la hoja de oliva de luciente verdor,
con la paz condujiste la divina esperanza
perfumando la brisa con fragancia de flor.

Otro tiempo en el mundo tu alba imagen alcanza,
por los campos floridos a anunciar el Señor,
y más tarde tu vuelo en el céfiro avanza
conduciendo azucenas en misivas de amor.

Hoy, odioso destino te han confiado en la tierra,
pues con vuelo sonoro los mensajes de guerra,
entre nubes de humo, sólo sueles portar;

mas yo sueño, ave tierna de las alas sedosas,
que en el pico le llevas a mi amada las rosas
que a sus plantas mis manos no le pueden llevar.