o entra con: facebook twitter google ¿Olvidaste tu contraseña? | Únete
o entra con: facebook twitter google
Cruzsalmeronacosta

Cruz María Salmerón Acosta

POEMAS
SEGUIDORES
0

Cuando a mi lecho por la vez primera
la triste muerte se acercó enlutada,
con suplicante voz le dije ¡espera!
me ha prometido un beso mi adorada.

Deja, importuna, que amanezca el día,
irme no quiero con la noche obscura.
Espera unos instantes todavía,
que un beso nada más tan poco dura.

Y la enlutada, pálida y hermosa
por mi súplica amante, conmovida,
se alejó de mis labios y piadosa,
como esperanza me dejó la vida.

No quiero lauros, nada más un beso.
Ni prendas, ni tesoro codiciado,
quiero sentirme entre tus brazos preso
y más tarde yo diré, adiós, estoy pagado

Todas las flores tienen un rocío,
todos lo años tienen primavera,
déjame a solas con el sueño mío,
¡Oh, muerte!, buena amiga, espera.

Pasan los meses tristes y pausados.
El dulce beso a mi cariño, niega;
y pensando en los labios dorados
le pregunto a la muerte, ¡cuándo llega!

El destino implacable me sembró en una cima,
me sembró en una roca cerca del mar azul,
rodeado de cardos y agresivas espinas
que me fueron clavando como un Cristo en la cruz.

Salobre como el agua que empapó mis pupilas,
ancho e ilimitado como el dolor sin fin,
ese mar de mi golfo me dio mil fantasías
y mi alma de niño cabalgó en un delfín.

Con su oleaje irisado rezumando armonía,
con sus buques fantasmas en las noches de luna,
con sus celestes luces en el alba dormida,
me enseñó a resignarme de mi gran desventura.

Y una tarde bendita en mi nido de rocas
oí una voz dulcísima que me llamaba, Cruz;
yo corrí hacia la playa y contemplé en las olas
rozando las espumas al divino Jesús.

Cristo me dio su gracia y el milagro se hizo.
De mis manos heridas por el sagrado mal
surgieron mis sonetos teñidos de martirio
y ungidos de un místico olor de santidad.

Nunca tuvo platónicos amores
ni gloria, ni aun legítima alegría;
desdeñó de la suerte los favores,
y algún pesar su corazón roía.

Tal vez sus versos líricos mejores
los ensayaba en medio de la orgía;
mas, yo no sé qué hiel de sinsabores
vertió en el llanto de su poesía.

Su vida de poeta vagabundo
que lástima inspiróle a todo el mundo,  
se fue agotando tras de azul quimera.

Quién sabe si por burla del destino
lo sorprendió la muerte en el divino
sueño mejor de su embriaguez postrera.

¡Pobrecito mi amor!, se está muriendo
bajo el golpe fatal de lo imprevisto;
agoniza mi amor, triste y gimiendo,
solo y tan resignado como un Cristo.

¡Se me murió mi amor! Tan sólo, dijo,
el nombre de la amada indiferente.
Yo le puse en el pecho un crucifijo,
cerré sus ojos y besé su frente.

Y envolví su ataúd con lo más bello
que a la vista tenía, todo aquello
que me gané en la lucha: rosa y palma,

lo bajé de la fosa al negro fondo,
y lo dejé enterrado en lo más hondo
del triste cementerio de mi alma.

Como el rayo de sol que en la mañana
pone en la alondra el cristalino canto,
seca en las flores el celeste llanto
y en el huerto colora la manzana.

Como el rayo de sol que en luz desgrana
sus espigas de oro sobre el manto
verde del campo y en el camposanto,
tiende alfombra ideal de filigrana;

sé alegre, buena, pura, luminosa
como el rayo de sol que te hace hermosa
y da un matiz de idealidad a todo,

alfombra las tinieblas del abismo
y dora el fondo del pantano mismo
sin mancharse jamás de negro lodo.

Pasó mi adolescencia en torbellino
y gozarla no puede lo bastante;
y estoy como un cansado peregrino
que teme caminar hacia delante.

¡Qué imposible paréceme el camino
que me torne a la dicha tan distante!
Pienso que este demonio del destino
no cesará de herirme ni un instante.

Mientras se va mi juventud querida
en el duro aislamiento de mi vida,
mi pobre alma que la suerte azota

va destilando en lágrimas su pena;
pero ¡ay! ese dolor, que mi alma llena,
es como un manantial que no se agota.

Entre tus ojos de esmeraldas vivas
te miro el alma, de ilusiones llena,
como entre dos cisternas pensativas
se ve del cielo la extensión serena.

El colibrí de tu mirada riela
sobre el agua enturbiada de mis ojos,
y de tus célicas mejillas vuela
un crepúsculo rosa de sonrojos.

Hilo por hilo la ilusión devana
y urde sueños de fina filigrana
la araña de mi vaga fantasía.

Porque cuando me miras y te miro,
sale volando tu alma en un suspiro
y embriagada de amor cae la mía.

Corazón que sufriste lo rigores
del cruel Destino, un cementerio eres,
donde están ya difuntos mis amores,
el olvido de todas las mujeres

Gustaste del Edén, frutas y flores
y si el dolor ahogaste en los placeres
también sentiste en el placer dolores,
pero cantando tus dolores, mueres.

Ya no hay quien por tu tierno sentimiento
se apropie de mi moral marchitamiento,
¡Oh corazón,  que siempre eres mi lira!

Cuando ya no resista mi quebranto
cesarás de latir rimando un canto,
o soñando un amor que nunca expira.

Su venida a los hombres es tan bella
que hasta apariencia de milagro toma:
a la tierra lo trae alba paloma,
lo anuncia en el azul, azul estrella.

Luce su frente un nimbo que destella
como el lucero que en el Este asoma
y enflora el lirio de más dulce aroma
en el sendero que su planta huella.

Era sublime, sobrehumano era,
y en el Gólgota en Dios se transfigura
como cuando él murió vertiendo olores.

Ya empezaba a nacer la primavera,
la tarde que le dieron sepultura
la tierra toda se vistió de flore

1

En regio baile el Mariscal se apresta
a derrochar la luz de su cultura;
entre la noble sociedad en fiesta
no es menos grande su marcial figura.

Es el festejo en Guayaquil. La orquesta
canta un aire de amor y de locura,
y el paladín de la intachable gesta
da el brazo a la más cándida hermosura.

En continuo bailar, Sucre corteja
la Venus que le sirve de pareja,
a quien deja carísimas memorias;

y en prueba de legítimo cariño
le prende entre las flores del corpiño
el mazo de medallas de sus glorias.

En este panorama que diseño
para tormento de mis horas malas,
el cielo dice de ilusión y galas,
el mar discurre de esperanza y sueño.

La libélula errante de mi ensueño
abre la transparencia de sus alas,
con el beso de miel que me regalas
a la caricia de tu amor risueño.

Al extinguirse el último celaje,
copio en mi alma el alma del paisaje
azul de ensueño y verde de añoranza;

y pienso con obscuro pesimismo,
que mi ilusión está sobre un abismo
y cerca de otro abismo mi esperanza.

Allá donde se besan mar y cielo,
la vela del navío tan lejano
finge el último adiós de tu pañuelo
que aleteó, cual pájaro en tu mano.

Te fuiste ayer de mi nativo suelo
para otro suelo que se me hizo arcano,
y sufro todavía un desconsuelo,
desesperado de esperarte en vano.

A cada vela errante me imagino
que a mis brazos te atrae, o que el Destino
hacia la playa donde estoy te lanza.

De nuevo la nostalgia me tortura,
pensar en que tendré la desventura
de morirme de amor sin esperanza.