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Poemas sin nombre: LXVIII

Todos los días, al obscurecer, ella sale a encender su lámpara para alumbrar el camino solitario.

Es aquel un camino que nadie cruza nunca, perdido entre las sombras de la noche y a pleno sol perdido, el camino que no viene de ningún lado y a ningún lado va.

Briznas de hierba le brotaron entre las hendiduras de la piedra, y el bosque vecino le fue royendo las orillas, lo fue atenazando con sus raíces...

Sin embargo, ella sale siempre con la primera estrella a encender su lámpara, a alumbrar el camino solitario.

Nadie ha de venir por este camino, que es duro y es inútil; otros caminos hay que tienen sombra, otros se hicieron luego que acortan las distancias, otros lograron unir de un solo trazo las rutas más revueltas... Otros caminos hay por esos mundos, y nadie vendrá nunca por el suyo.

¿Por qué entonces la insistencia de ella en alumbrar a un caminante que no existe? ¿Por qué la obstinación puntual de cada anochecer?

Y, sobre todo, ¿por qué se sonríe cuando enciende la lámpara?

Preferido o celebrado por...
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