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Enriqueta arvelo larriva

Enriqueta Arvelo Larriva

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Gracias a los que se fueron por la vereda oscura
moliendo las hojas tostadas.
A los que me dijeron: esperanos bajo ese árbol.
Gracias a los que se fueron a buscar fuego para sus cigarrillos
y me dejaron sola,
enredada en los soles pequeños de una sombra olorosa.
Gracias a los que se fueron a buscar agua para mi sed
y me dejaron ahí
bebiéndome el agua esencial de un mundo estremecido .
gracias a los que me dejaron escuchando un canto enselvado
y viendo soñolienta los troncos bordados de lianas marchitas.
Ahora voy indemne entre las gentes.

Hoy cumplo treinta años de mi vida,
y doblo de la vida el Cabo de Hornos.
Y la ruta sin altos ni retornos
hacia el futuro va desconocida.

Atrás quedó mi juventud, ¿perdida?
Yo la maté: lo digo sin adornos.
Yo la maté: lo digo sin bochornos.
Así mata un amante a su querida.

Pero no la perdí. Transfigurada,
ella fué mi sostén en la jornada
de tres mil días por la Selva Obscura.

Ella me dió la paz que reverencio,
flor de la soledad y el silencio.
Y soy un buen doctor en amargura.

Un oscuro impulso incendió mis bosques
¿Quién me dejó sobre las cenizas?

Andaba el viento sin encuentros.
Emergían ecos mudos no sembrados.

Partieron el cielo pájaros sin nidos.
El último polvo nubló la frontera.

Inquieta y sumisa, me quedé en mi voz.

No quise mirar ese sitio,
ahí está el odio.
Tiene los ojos curtidos
de mal fuego.
Lo esquivo.
No quiero saber siquiera
como hace sus incendios.
No quiero ver su factoría.
Le rehúyo abiertamente.
Y yo no soy su blanco.

Mirándote los ojos te miro toda entera.
Toda entera deslumbras en su magia sombría.
así en un solo pájaro toda la melodía
y en una rosa única toda la primavera.

Ojos negros y próceros de claridad procera
que a tu beldad son dúplice blasón de señoría.
Sabios en luz y sombra, no saben todavía
que por ellos mi trágica desesperanza espera.

Y me forjo, mirándolos, el despotismo doble
de dos hermanos príncipes que con su brillo noble
subyugan un imperio presa de torvos males.

Porque mi alma sufre, tenebrosa de tedio,
con la fe melancólica del ansia sin remedio,
la tiranía fúlgida de tus ojos triunfales.

Lucifer ha venido: (lector: no hagais derroche
de sorpresa y espanto: Suele venir en coche,
a visitar mi alcoba y a departir conmigo,
pérfido y agradable como cualquier amigo).

Lleva traje de luto con que sale de noche.
(Lectora: no hayáis miedo. Se viste sin reproche.
En un siglo elegante, pensais que el Enemigo
Malo vaya desnudo, o en ropas de mendigo?

Me saluda y observo que no está bien diabólico.
Tal vez ha comenzado de nuevo a ser católico...
Y murmura en un tono triste y confidencial:

—El Mal, de nada sirve; sólo me causa tedio.
—Y el Bien?—Satán responde: —¡Ridículo remedio!
El bien no es sino una forma sutil del Mal...

Llegas. Tus ojos vienen firmes.
Gallardos, con las armas de los internos fuegos.
Yo quiero ser sencilla como el hilo sin perlas,
ágil como en la copa es la gota del borde.

Yo quiero ser sencilla, pero tú me complicas
alzándome a una estrella trémula e invisible.
Yo quiero ser sencilla. Y me colmo de quiebras,
y soy un laberinto y mi clave se pierde.

Quiero el ritmo sereno y mi inquietud florece.
Y la flor indecisa, con hojas asustadas,
desploma tu firmeza.

Y descanso en la fuga de tus ojos vencidos.
Y soy ligera y simple, como el hilo sin perlas;
ágil como la gota del borde.

No supe quién me lo dijo.
El acento, divino.

No supe quién me lo dijo.
No corrí tras los detalles
cuando oí lo infinito.

No supe quién me lo dijo.
Lo oí.
¡Dichoso el oído mío!

En ese instante se hizo en mí lo armonioso.
Lo que oí va eterno y limpio.

Y qué tremenda la gracia
de no saber quién me lo dijo.