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Ernesto Noboa y Caamaño

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1

En silencio… la luna en el agua
de la fuente… tu voz… y la queja
que mi vida romántica fragua
contemplando el amor que se aleja…

tu pupila nostálgica y vaga
se ha perdido en la azul lontananza
donde pálida y triste se apaga
una estrella… como una esperanza…

¡Recordemos el tiempo lejano!
—nuestra breve y azul primavera—
el antiguo calor de tu mano
y el lugar de la cita primera!

Fue en el viejo jardín, todo olores,
una tarde callada y sombría,
tú cortabas piadosa unas flores
para el ara lustral de María…

¿Por qué se arma de espinas la rosa?
…en tu brazo brotaron claveles,
y mi boca probó temblorosa
de esa sangre preciada las mieles…

Fue un amor de divinos excesos,
ese amor que los males ensalma
con el suave calor de los besos
que florecen de estrellas el alma

Contemplaron las frondas mis ansias
y la sombra veló tus pudores,
y el azahar te cubrió de fragancias
con el manto nupcial de sus flores.

Y era todo calor y ruido,
y era todo perfume y canción,
¡era todo un sendero florido
en el campo de mi corazón!

¿Por qué tienen los besos espinas?
¿por qué ocultan ponzoña las flores?
¿y veneno las bocas divinas?
¿y la hiel los más dulces amores?

¡Ya tu pecho mi ardor no provoca,
ni me incita tu labio sedeño,
ya no aroma el clavel de tu boca,
ni tus cantos arrullan mi ensueño!

Nuestros labios se juntan con frío,
nuestros ojos se miran con pena,
se ha tornado tu acento sombrío,
y mi voz con tristeza resuena.

Nuestro beso es un beso de olvido…
y este amor con la muerte se aúna
como un rayo de sol diluido
en un triste reflejo de luna…

Ya en el cielo se borran matices,
ya la luna se va marchitando,
y me miras… y nada me dices…
y te miro… y me alejo llorando…

Pudo ser... ¡y no fue! Tú la elegida
fuiste para ser sol de mi camino,
¡pero un oculto, despiadado sino,
sólo un instante te acercó a mi vida!

Pudo ser y no fue. La presentida
por mi eterna inquietud de peregrino
de amor, fuiste en la noche del Destino
como una vaga irradiación perdida...

En medio de la sombra y la distancia,
reconoció tu espiritual fragancia
mi corazón, pero tembló cobarde...

Y sólo un punto —como dos espadas—
se cruzaron no más nuestras miradas
para decirse: “Demasiado tarde”.

¡Deja sobre tu seno que ruede mi cabeza
como una flor pesada de pena y de pasión:
que amor burla con gracia sutil toda certeza
y la cabeza siente, pues piensa el corazón!

De este divino engaño cuando la farsa empieza,
truecan sabios sus alas Sentimiento y Razón:
¡y el pensamiento es todo ternura y ligereza
porque el sentir es todo cordura y reflexión!

A tiempo se repite la fama de esta ambigua
y dolorosa farsa, ¡tan nueva y tan antigua!
y es siempre igual el fondo y análoga la acción.

Empecemos de nuevo la divina comedia,
hoy que la duda, Amada, mi corazón asedia,
que esta vez... ¡quizá olvide que él lleva la razón!

¡Oh dolor insondable, desolada amargura
de no hallar en la senda ni la flor de un cariño,
y sentirse, al comienzo de la jornada dura,
con cerebro de viejo y corazón de niño!
¡Y que nuestra esperanza haya sido vencida
por la implacable hostilidad del cielo!!Y el dolor de sentirse cobarde ante la vida,
y la renunciación de todo noble anhelo...!

¡Oh bienaventurados, en verdad, los que ignoran;
y si es de reír, ríen, y si es de llorar, lloran
con la simplicidad de su santa ignorancia!
¡Solo anhelo ser siempre en mis dichas y males,
y vivir la tristeza de los días iguales,
como si el alma hubiera retornado a la infancia!
2

Hay tardes en las que uno desearía
embarcarse y partir sin rumbo cierto,
y, silenciosamente, de algún puerto,
irse alejando mientras muere el día;

Emprender una larga travesía
y perderse después en un desierto
y misterioso mar, no descubierto
por ningún navegante todavía.

Aunque uno sepa que hasta los remotos
confines de los piélagos ignotos
le seguirá el cortejo de sus penas,

y que, al desvanecerse el espejismo,
desde las glaucas ondas del abismo
le tentarán las últimas sirenas.

Dulces juegos infantiles
en la plaza de la aldea,
bajo la luz de la luna,
sobre la alfombra de tierra.

Ellos y ellas, en un coro
alegres saltan y juegan;
ellos les buscan las manos
y ellas se dejan cogerlas.

Sopla cadenciosa y suave
la brisa de primavera
trayendo el agreste aroma
de las cercanas praderas.

¡Dulces juegos infantiles,
voces claras y sedeñas!
Una risa fresca y pura
se junta a otra pura y fresca.

Y en un rincón apartado
quizás una amante pareja
se inicia en el sufrimiento
con la caricia primera.

En la mitad de la plaza
hay una fuente de piedra
donde se baña la luna
como para ahogar su pena.

Vibra en la copa del aire
el son frágil de las cuerdas
de una guitarra cascada
y una voz que canturrea:

“La Virgen de los Dolores
vio mis lágrimas primeras;
yo le regalaba flores
para que tú me quisieras.”

¡Dulces juegos infantiles,
voces claras y sedeñas,
y almas sencillas que lloran
por una esperanza muerta!

Suenan once campanadas
en el reloj de la iglesia,
la voz doliente se apaga,
los juegos alegres cesan.

Por la blancura apacible
de las angostas callejas,
ellos y ellas, de las manos,
a los hogares regresan.

Y en el silencio dormido
sobre la plaza desierta,
sólo la fuente y la luna
siguen rimando sus penas

Gentes madrugadoras que van a misa de alba
y gentes trasnochadas, en ronda pintoresca,
por la calle que alumbra la luz rosada y malva
de la luna que asoma su cara truhanesca.

Desfila entremezclada la piedad con el vicio,
pañolones polícromos y mantos en desgarre,
rostros de manicomio, de lunapar y hospicio,
siniestras cataduras de sabbat y aquelarre.

Corre una vieja enjuta que ya pierde la misa,
y junto a una ramera de pintada sonrisa,
cruza algún calavera de jarana y tramoya...

Y sueño ante aquel cuadro que estoy en un museo
y en caracteres de oro, al pie del marco, leo:
Dibujó este “Capricho” don Francisco de Goya.

Oigo en la sombra, a veces, una voz que me advierte:
Poeta, entre tus ruinas, yérguete vencedor:
deja la flauta débil de tu canción inerte,
y alza el himno a la vida, al orgullo, al vigor.

Acalla tu secreto, sé fuerte con la muerte,
Y oigo otra voz que clama: fuerte como el amor.
(En mi conciencia íntima no sé cuál es más fuerte,
si el gesto de la vida o el gesto destructor).

De súbito, en tumulto, cual luminosas teas,
en el cerebro atónito se encienden las ideas,
mas, cuando de su foco, como de ardiente pira,

va a levantar las notas del vigoroso canto,
como una flauta débil el corazón suspira;
y la canción se trueca por un raudal de llanto.

El jardín está inmóvil bajo el beso de plata
de la luna que riela sobre las mustias flores
que escuchan vagos ecos de una tenue sonata
que solloza el recuerdo de unos tristes amores.

No se rizan las aguas de la verde laguna,
no se mueven las hojas del mezquino frondaje;
mis ojos están ciegos de claridad de luna
y mi alma es un pedazo de alma del paisaje.

Las áureas notas ciegas de la sonata triste
producen en mi alma esa divagación
que precede al olvido de todo cuanto existe
para escuchar la eterna verdad del corazón.

Y el corazón me dice: “Escucha la elegía
de mi otoño que llora la ausente primavera;
murieron los rosales que en mi jardín había,
y sobre mis escombros solloza una quimera”.

Y siento la nostalgia de lo que fue. El recuerdo
de pretéritas dichas lejanas y brumosas
y las angustias de hoy en que solo me pierdo
por esto la senda que hollan cadáveres de rosas.

Una cabeza rubia cerca de mí; una mano
delicada y nerviosa temblando entre las mías;
un ramo abandonado sobre el negro piano
guardador de inefables secretas armonías.

El tenue claro-oscuro del salón... Las ternezas
de la postrera noche de risas y cantares;
después... adioses, besos, suspiros y promesas,
un barco amarillento perdiéndose en los mares...

Hoy mancho con la sombra de mi melancolía
este blanco sendero que perfumó tu huella:
¡cuán lejos de tu vida va pasando la mía
con la desesperanza de no encontrarte en ella!

Por estas mismas sendas nuestras sombras macabras
tal vez mañana crucen noctívagas y errantes;
y entonces sólo el viento oirá nuestras palabras,
como en aquel Coloquio de las Fiestas Galantes.

El jardín viejo y mustio bajo el beso de plata
de la luna que riela como manto de olvido,
escuchando las notas de esta triste sonata,
por soñar con tu sombra, se ha quedado dormido...

Mi corazón es como un cementerio
que pueblan las cruces de lo que he perdido...
¡lo que no ha sepultado el Misterio,
va teniendo que hacerlo el Olvido!

Fraternal cariño que hoy se pudre inerte,
ternuras lejanas, pasión extinguida;
a los unos los segó la Muerte,
a los otros... los mató la Vida.

La Vida que ofrece tenaz y alevosa
la miel en el fresco labio sonriente,
la Muerte que llega, dulce y cautelosa,
con su paso humilde de reina haraposa
a darnos su beso de paz en Ja frente.

Ya todos sois idos, todos estais yertos,
rostros bondadosos, labios compasivos;
¡llevadme vosotros, corazones muertos,
que me despedazan corazones vivos!

Mi alma está poblada como un cementerio
con las negras cruces de lo que he perdido;
¡lo que no ha sepultado el Misterio,
va enterrando, piadoso, el Olvido!

1

Pudo ser... ¡y no fue! Tú la elegida
fuiste para ser sol de mi camino,
¡pero un oculto, despiadado
sino sólo un instante te acercó a mi vida!

Pudo ser y no fue. La presentida
por mi eterna inquietud de peregrino
de amor, fuiste en mi noche del destino
como una vaga irradiación perdida...

En medio de la sombra y la distancia
reconoció tu espiritual fragancia
mi corazón, pero tembló cobarde...

Y sólo un punto –como dos espadas–
se cruzaron no más nuestras miradas
para decirse: “Demasiado tarde”.

Hubo aroma de carnes femeniles,
ayes e imprecaciones de tormento,
y un bostezo de luz del firmamento
iluminó un milagro de perfiles.

Golpeó con ruido isócrono el acero
de una prora en la riba inconocida,
y escuchó la legión estremecida
el trágico ladrar de Cancerbero.

Con atributos de Censor supremo,
desde la cima de un abrupto monte,
dictaminó el castigo Triptolemo;

mientras sobre el fangal del Aqueronte,
en un esfume gris, al son del remo,
se alejaba la barca de Caronte.