A la primavera, después de la muerte de filis

A la primavera, después de la muerte de filis

por José Cadalso

No basta que en su cueva se encadene
el uno y otro proceloso viento,
ni que Neptuno mande a su elemento
con el tridente azul que se serene;

ni que Amaltea el fértil campo llene
de fruta y flor, ni que con nuevo aliento
al eco den las aves dulce acento,
ni que el arroyo desatado suene.

En vano anuncias, verde primavera,
tu vuelta de los hombres deseada,
triunfante del invierno triste y frío.

Muerta Filis, el orbe nada espera,
sino niebla espantosa, noche helada,
sombras y susto como el pecho mío.

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No basta que en su cueva se encadene
el uno y otro proceloso viento,
ni que Neptuno mande a su elemento

Llegose a mí con el semblante adusto,
con estirada ceja y cuello erguido
(capaz de dar un peligroso susto

Unos pasan, amigo,
estas noches de enero
junto al balcón de Cloris,

Venus alegre y mocita
Vulcano viejo y celoso
Marte amigo del esposo...

El que está aquí sepultado
porque no logró casarse
murió de pena acabado

En lúgubres cipreses
he visto convertidos
los pámpanos de Baco

Ufanos con el gobierno
del infierno, cielo y mar
los tres dioses no han de estar.

Este difunto era esposo
y los celos le mataron
de ejemplar tan horroroso

¿Quién es aquél que baja
por aquella colina,
la botella en la mano,

Amor, con flores ligas nuestros brazos;
los míos te ofrecí lleno de penas,
me echaste tus guirnaldas más amenas,

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