A la primavera, después de la muerte de filis

A la primavera, después de la muerte de filis

por José Cadalso

No basta que en su cueva se encadene
el uno y otro proceloso viento,
ni que Neptuno mande a su elemento
con el tridente azul que se serene;

ni que Amaltea el fértil campo llene
de fruta y flor, ni que con nuevo aliento
al eco den las aves dulce acento,
ni que el arroyo desatado suene.

En vano anuncias, verde primavera,
tu vuelta de los hombres deseada,
triunfante del invierno triste y frío.

Muerta Filis, el orbe nada espera,
sino niebla espantosa, noche helada,
sombras y susto como el pecho mío.

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Discípulo de Apeles,
si tu pincel hermoso
empleas por capricho

Si mis ásperos metros yo te envío
con dulces versos del divino Laso,
no juzgues que el orgullo necio mío

¡Niño temido por los dioses y hombres,
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,

Que dé la viuda un gemido
por la muerte del marido,
ya lo veo;

Ya no verán, ¡oh Tormes!,
tus áridas orillas
los manes de Galeno

El semidiós que alzándose a la cumbre
del alto Olimpo, prueba la ambrosía
entre la muchedumbre

Pierde tras el laurel su noble aliento
el héroe joven en la atroz milicia;
supúltase en el mar por su avaricia

Que un sabio de mal humor
llame locura al amor,
ya lo veo;

Llegose a mí con el semblante adusto,
con estirada ceja y cuello erguido
(capaz de dar un peligroso susto

Ya veis cuál viene, amantes, mi pastora
de bulliciosos céfiros cercada,
la rubia trenza suelta, y adornada

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