Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
 
Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—;
mas recibí la flecha que me asignò Cupido
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.
 
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
 
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética
ni soy un ave de esas del nuevo gay—trinar.
 
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
 
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
 
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñò el secreto de la filantropía.
 
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
 
Y cuando llegue el día del último viaje
y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

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Alfredo Jiménez G.
más de 2 años

Recuerdos de infancia, olvidos deliberados, amores, predilecciones, aversiones y esperanzas componen este memorable autorretrato de Antonio Machado.

Su verso manaba depurado de ese "manantial sereno" que era su corazón. Los presentes alejandrinos son una clara muestra de ello. No solamente es la imágen más nítida que tenemos del Poeta, también es el más elocuente testimonio de su pensamiento.

Pervertido desde hace milenios el vocablo que designa una de las más encomiables virtudes del ser humano, el autor se ve obligado a precisar que es "en el buen sentido de la palabra, BUENO". Y crea una expresión que será repetida infinidad de veces por la voz popular. Lo mismo que esta otra: "Quien habla solo espera hablar a Dios un día". Frases que se reiteran por doquier sin citar al autor, pero esto a Antonio Machado, siempre le tuvo sin cuidado.

De paso, su célebre "Retrato" es también un oportuno y claro manifiesto que defiende los legítimos derechos laborales de un Poeta: "Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito..."

Culmina con uno de los más bellos epitafios que se han escrito por los siglos de los siglos.

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