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 mg 0371

María Josefa Mujía

POEMS
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“Todo es noche, noche oscura,
 Ya no veo la hermosura...
Ya no es bello el firmamento;
 Ya no tienen lucimiento
 Las estrellas en el cielo,
 Todo cubre un negro velo,
 Ni el día tiene esplendor,
 No hay matices, no hay colores
 Ya no hay plantas, ya no hay flores,
 Ni el campo tiene verdor...
 Lo que en el mundo adorna y viste;
 Todo es noche, noche triste
 De confusión y pavor.
 Doquier miro, doquier piso.
 Nada encuentro y no diviso
 Más que lobreguez y horror...
 Y en medio de esta desdicha,
 Sólo me queda una dicha
 Y es la dicha de morir”.

“Si mi mejilla en llanto se humedece
 Y si en el corazón hay amargor,
 Si en la angustia, la dolencia crece,
 No es del acíbar de tu copa, amor...
 ¡No te conozco, y de esto me glorío!
 Tu nombre odioso escucho con horror,
 Y al ver que causas males mil, impío,
 Te dice el labio: ¡Maldición, amor!...
 Sé que el interés te vence, abate, humilla;
 Sé que los celos te dan gran temor;
 Sé que el mortal te inclina la rodilla.
 Yo te desprecio y te maldigo, amor!”.

Árbol de esperanza hermoso,
En copa y ramas frondoso
Y elevado yo te vi:
Ora en el suelo tendido,
Destrozado y abatido
Te miro, ¡triste de mí!

      Sin hojas y sin ramaje,
Marchito y seco el ropaje
De tu frescura y verdor:
¡Cuán corta tu vida ha sido!
Contigo todo he perdido
De la fortuna rigor.

      En tu tronco yo apoyaba
Mi porvenir, y esperaba
Recoger tu fruto y flor;
Bajo tu sombra solía
Recrear mi fantasía
Y adormecer mi dolor.

      Siendo de edad aun temprana,
En tu corteza yo ufana
Catorce letras grabé;
No eran dichas ilusorias,
Ni de amores ni de glorias
Las palabras que tracé.

      Contigo se ha derribado
Todo el bien imaginado
Que el pensamiento creó;
Cual oscilación ligera
Toda ilusión hechicera
Contigo ya se extinguió.

2

Ídolo falso que el mortal adora
Y que insensato te erigió un altar,
Por quien el hombre su miseria llora,
De quien recibe solo un gran pesar.

Jamás cante tus triunfos, niño ciego;
No herirme pudo tu terrible arpón;
De tus saetas, de tu ardiente fuego,
Conservo ileso y libre el corazón.

Nunca manche las cuerdas de mi lira
Regando en ellas llanto de dolor
De engaños mil que tu deidad respira,
Con que penas sin fin causas traidor.

Mi puro labio de tu copa impía
Jamás gusto la emponzoñada miel,
Que al brindar viertes con sagaz falsía
Muerte, veneno y amargura y hiel.

Nunca mi oído se inclinó a tu acento;
Siempre tu halago lo creí falaz.
Mi alma inocente no perdió un momento
Su dulce calma, su tranquila paz.

Nunca cantar, tirano, tu victoria
Ni tributarte vil adoración
Es mi laurel, mi orgullo, dicha y gloria
Y el mas grato placer del corazón.

Si mi mejilla en llanto se humedece
Y si en el corazón hay amargor,
Si en el la angustia, la dolencia crece,
No es del acíbar de tu copa, amor.

No te conozco, y de esto me glorío!
Tu nombre odioso escucho con horror,
Y, al ver que causas males mil, impío,
Te dice el labio: ¡Maldición, amor!

Se que interés te vence, abate, humilla;
Se que los celos te dan gran temor;
Se que el mortal te inclina la rodilla.
Yo te desprecio y te maldigo, amor!