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María Luisa Milanés

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¡Tú no sabrás jamás! dice a mi grito
la esfinge silenciosa de granito
que clava en la oquedad de lo infinito
sus ojos claros, de mirar prescito:

¡Tú no sabrás jamás! Y en el maldito
vacilar de mi fe va el exquisito
voluptuoso temblor que es un delito
de leso amor, porque con él suscito

ese miedo cerval que engendra el grito
que a los ojos tranquilos de granito
piden el cruel secreto de infinito,

pesar que causa mi dolor prescito.
¡Tú no sabrás jamás!...dice a mi grito
la esfinge impenetrable de granito!...

Placeres mundanales que el sendero
esmaltáis de la vida fatigosa,
huid lejos de mí, que sólo quiero
de mi tranquilidad la paz hermosa.

Postrada ante las plantas virginales
del Mártir del Calvario, su clemente
perdón quiero implorar. mientras mi frente
se lava de su sangre en los raudales.

Quiero pedirle que mi vida acabe
antes que yo le ofenda en algo grave.
Que me de verla allá en el Paraíso

puesto que con su muerte así lo quiso.
Que como me dio vida con su muerte
me de morir en El con alma fuerte.

Ven hacia mí, no tardes, dulce dueña
de la región bendita con que sueña
el cansancio profundo que me abruma.

Fuerzas no tengo ya para llamarte.
Ven hacia mí; cansada de esperarte,
¡oye la voz de mi impaciencia suma!

¿Qué esperas ya? me impulsas a buscarte
en el silencio eterno que te envidio
y a cada rato vienen a anunciarte
las mariposas negras del suicidio!

No tardes más, no venga un nuevo ensueño
a turbar nuestro amor y nuestra unión,
quiero que duerma su tranquilo sueño,
sin despertar, el pobre corazón...

Cuando las mariposas doradas del recuerdo
traigan a tu memoria tu cobarde vileza,
mi pesar silencioso y mi enorme tristeza;

cuando las mariposas de fuego de la gloria
hayan rozado alegres mi cabeza precita,
iluminando un nombre y aclarando una historia;

cuando las mariposas azules de añoranza
te vuelvan del pasado la oscura lontananza,
trayendo a tus oídos con una crueldad loca
los conceptos vertidos por tu infamante boca;

cuando las mariposas de un cruel remordimiento,
negras y silenciosas vayan a ti, indecisas,
yo pasaré serena, olvidando tu infamia,
alumbraré tus pasos con mis tristes sonrisas!

En la angustia terrible, que mi labio no nombra,
¿Pasaré por tu vida cual nave por la sombra?
En la amargura intensa de mi cruel agonía,
¿seré para ti niebla de una mañana fría?

En la tristeza enorme de mi intenso quebranto,
¿seré para ti el eco de algún lejano canto?
En el claustral silencio de crueles sacrificios,
¿seré como los ecos de monjiles oficios?

En estas tempestades de tinieblas y brumas,
¿moriré en tu recuerdo como en la ola la espuma?
En la muerte de un sueño secreto y dolorido,
¿morirá mi recuerdo, morirá en el olvido?

¡Nada me importa nada! ¿el amor? ¿la memoria?
¡Lo mismo que el deseo, la ilusión y la gloria!
Nada me agita, nada me entristece ni asombra...
¡Todo pasa en la vida cual nave por la sombra!

Me abisma no entender, bello Narciso,
la ingenua admiración que te arrebata
y te fascina en la onda azul y plata...

Claro que para ti es un paraíso
mirar tus ojos bellos y tu boca,
tu sonrisa, tu frente, tu figura
llena de majestad y de dulzura...

Pero ¿no piensas que haya algo de bueno
que distraiga tus ojos y tu mente,
fije más alto tu mirar sereno
y entretenga tus horas dulcemente?

¡Quisiera comprender mi alma sencilla
la perfecta hermosura de tu frente,
donde jamás el pensamiento brilla!

Tus dulces ojos de llorar cansados;
tu boca, que ha olvidado la sonrisa;
tu corazón, que lleva la divisa
del que murió en Salem crucificado;
tu cabeza, que el golpe de la pena
trocó, de ala de cuervo, en nieve pura;
tus manos blancas; tu mirada oscura;
tu voz de llantos, de sollozos llena,
todo me dice a una
que andar no puedes más. Ven, llegaremos;
apóyate en mis hombros, que aún altivas
verán nuestras siluetas por la Vía;
nos falta poco ya, descansaremos
a la sombra del Roble, madre mía!

Ya decidí, me voy, rompo los lazos
que me unen a la vida y a sus penas.
Hago como Spártaco;
me yergo destrozando las cadenas
que mi exisitir tenían entristecido,
miro al mañana y al ayer y clamo:
¡Para mayores cosas he nacido
que para ser esclava y tener amo!

El mundo es amo vil; enloda, ultraja,
apresa, embota, empequeñece, baja
todo nivel moral; su hipocresía
hace rastrera el alma más bravia.
¡Y ante el cieno y la baba, ante las penas
rompo, como Spártaco, mis cadenas!

Yo quiero hartarme de llorar, yo quiero

Desmenuzar mi amor y mis dolores

Demoler mi ilusión, mi pesar fiero

Y acabar mis recuerdos y rencores.

Yo quiero hartarme de llorar mis lágrimas

Que jamás calman mi añoranza intensa

Que no se llevan mi desgracia inmensa

Ni borran, cuando corren, mis nostalgias

Yo quiero hartarme de llorar, rendida

Por el dolor, por la injusticia helada

Y en llanto rojo al fin, dejar la vida.

No tengo ni siquiera cansancio que me embriague,
no tengo ya deseos en que mi mente vague.
Yace tranquila y muda mi férrea voluntad.
Callé todas las voces, ahogué todos los cantos,

Encadenando ensueños y olvidando quebrantos,
y edifiqué en las ruinas la erguida realidad.

Y ahora pulso de nuevo la pentacorde lira.
De mis sentidos fuertes y alertas, mi razón,
como el phenix, renace por la renunciación
que en fuego y en crisoles fundió mi corazón.

Tropecé lo fatal,
crucé por sobre el medio de la angustia y la muerte,
y de una vida esquiva, lejana, sola y fuerte,
me encuentro en el umbral!