Movimientos giratorios frente a movimientos pausados,
llenos de armonía;
Enigma de la danza oriental nacida en la noche de los tiempos,
cuando aún el saber milenario se transmitía de generación en generación,
contando la clave de sus misterios.
Pero cuando los velos cubren el rostro de la sabiduría,
todas las miradas sin fe, se cruzan en el cielo,
allí arriba buscan respuestas y la angustia crece en sus corazones,
latiendo como manadas de caballos golpeando los prados yermos.
 
Oíd!, oíd el eco de las cascadas que van cayendo, una tras otra hacia
la profundidad de los acantilados que recortan sus salientes contra el océano.
 
Oíd!, el llanto del silencio y su música inaudible pero dulcísima, que fluye
confundiéndose con el canto del río, mansamente avanzando
entre los desérticos valles del desconocimiento, como si las calmas aguas de Siloé
viajasen hacia las orillas del mar muerto.
 
Redimid con lágrimas esas tristezas que parecen no tener remedio,
haced con ellas otro río  y dejad que la verdad aflore al fin,
esa única e irrepetible verdad que habita dentro  de cada corazón humano,
para que se abran los ojos de vuestras almas y con esa consciencia
halléis la salida a cada laberinto.
 
Y así, uníos una vez más a la danza de la vida, corred, saltad, danzad sin miedo,
con movimientos giratorios o con movimientos pausados, lentos.
Miradas de halcón, nacidas para erguirse en la fe, la más intensa y volar
tan lejos...
Como alcancen vuestros sueños.

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