Entre la monotonía grave de las olas,
jamás se volverá a encontrar la ruta de regreso.
 
No hay faros en la oscuridad,
solo arrecifes ocultos,
 
piedras destrozadas por el mar,
tumba abierta a los fosos, ignotos de la nada.
 
No. Nunca regresaremos,
pues nada regresa;
 
Ni siquiera cada golpe de la vida
vuelve a ser exactamente igual
al que le precedió,
 
y esta tarde, como cualquier otra,
el sol se derrama de una forma distinta
a la anterior,
 
iluminando a lo lejos líneas de púrpura,
maizales y pardas colinas,
austeras tierras de labor;
 
Horizontes hacia donde nos dirigimos:
 
Llevamos una brújula en el corazón.
 
Somos los exiliados del aprecio,
 
del abrazo,
 
del más mínimo respeto;
 
Hijos del olvido desde nuestra concepción.
 
Una voz dijo desde el cielo:
 
“ Solo son seres humanos,
los animales más fuertes y a la vez
más indefensos de la creación,
al tener consciencia de su propio
sufrimiento, al pasar de los años
y su desolación,
sobre sus almas, sobre sus cuerpos”
 
¿Que utopía nos devolvería la
dignidad, que solo hubiese podido darnos
esa extraña palabra cuyo
significado desconocemos
y que algunos llaman amor?
 
Cada tarde paseamos por las landas desesperadas
de nuestros sueños, desde algún ángulo
a nuestro alrededor,
 
buscando como volver a ese limbo
a ese Edén perdido, esclarecedor.
 
Sin embargo esas alas traslucidas
nos devuelven siempre a la tierra,
y a la misma impía respuesta:
 
No hay lugar al que volver,
no hay lugar donde escapar,
de nuestras propias limitaciones,
de nuestra propia tristeza,
de nuestro propio rencor.
 
Hacia la luz del ocaso miramos.
Nadie nos habló
de una distinta manifestación del valor;
 
Sin saberlo una vez fuimos dueños del tiempo;
Y  aún llevamos...
Una brújula que nos guía,
en el corazón.

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