La calle
se llenó de tomates,
mediodía,
verano,
la luz
se parte
en dos
mitades
de tomate,
corre
por las calles
el jugo.
En diciembre
se desata
el tomate,
invade
las cocinas,
entra por los almuerzos,
se sienta
reposado
en los aparadores,
entre los vasos,
las mantequilleras,
los saleros azules.
Tiene
luz propia,
majestad benigna.
Debemos, por desgracia,
asesinarlo:
se hunde
el cuchillo
en su pulpa viviente,
es una roja
víscera,
un sol
fresco,
profundo,
inagotable,
llena las ensaladas
de Chile,
se casa alegremente
con la clara cebolla,
y para celebrarlo
se deja
caer
aceite,
hijo
esencial del olivo,
sobre sus hemisferios entreabiertos,
agrega
la pimienta
su fragancia,
la sal su magnetismo:
son las bodas
del día,
el perejil
levanta
banderines,
las papas
hierven vigorosamente,
el asado
golpea
con su aroma
en la puerta,
es hora!
vamos!
y sobre
la mesa, en la cintura
del verano,
el tomate,
astro de tierra,
estrella
repetida
y fecunda,
nos muestra
sus circunvoluciones,
sus canales,
la insigne plenitud
y la abundancia
sin hueso,
sin coraza,
sin escamas ni espinas,
nos entrega
el regalo
de su color fogoso
y la totalidad de su frescura.

Odas elementales [I952-I954] (1954)

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Alfredo Jiménez G.
casi 3 años

¡Bien merecida una oda de Pablo Neruda a este fruto sensual que brota como una especie de milagro y nadie sabe de qué elementos terrenales combinados se vale para obtener su color tan encendido!

Originario de México, es el único país donde lo llamamos “JITOMATE”; para nosotros el “tomate” es otro, un fruto más pequeño, verde y ácido investido de una fina cáscara transparente y geométrica que evoca un casi dodecaedro, custodio de una suspendida y esférica esmeralda. El “tomate” mexicano es ideal para la salsa verde y muchos platillos típicos. Difiere mucho en estructura, consistencia y sabor del “jitomate” que ofrece su frescura a la vista, al tacto y al gusto, con la semidesnudez de una ligera capa que contiene su deliciosa pulpa.

El Poeta Pablo Neruda de seguro conoció este fruto de nombre usurpado, pues vivió muchos años en México, fue embajador y hasta escribió un bello libro de poemas en cuyo título resalta lo “florido y espinudo” de nuestro territorio.

Para evitar confusiones llamaremos “tomate” al “jitomate” y así estaremos acordes con el consenso mundial. Cuando las primeras naves llevaron los tomates a Europa, fue tal el desconcierto por su delicia que se les dió tratamiento de manzanas; las autoridades eclesiásticas especularon seriamente sobre la posibilidad de que fuese un tomate el verdadero fruto prohibido en el Edén y hasta se condenó el consumo. Tanta exquisitez debía ser pecado.

Liberado de calumnias y supersticiones, se nos antoja su frescura atrevida que se manifiesta nítida en los versos de Neruda. El jugo de tomate invade las calles veraniegas de su Patria. El tomate entra por las rendijas de las casas para celebrar en la cocina sus bodas con la cebolla, que se consuman en la ensalada o el asado. Pimienta, sal, papas y perejil son los invitados; la fiesta es una celebración de colorido, algarabía de aromas y sabor. La “Oda al tomate” despierta los sentidos, es un banquete de palabras.

Será de tácita justicia, después de leer la presente oda, restituir un privilegio perdido del tomate, al que se ha relegado a indigno tratamiento de legumbre. Debemos colocarlo en el sitio de honor de los fruteros y las fuentes de mesa. Por su irresistible y roja lozanía, bien se lo merece.

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Alfredo Jiménez G. Pablo TaciTurno
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