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El cazador

Regresaba de caza, mas extravió el camino,
y alegre, al trote vivo de su cabalgadura,
llegóse hasta el albergue pobre del campesino
con una corza muerta cruzada en la montura.
 
Esa noche la cena se prestigió de vino,
la niña de la casa retocó su hermosura,
y al tierno y suave influjo del calor hogarino
nació el más suave y tierno calor de la aventura.
 
Y él marchóse de prisa la mañana siguiente...
Quizás entre la noche –celestina prudente–,
hizo algún juramento que le entreabrió la puerta;
 
mas él no recordaba... Marchó por la campiña,
alegre, como vino; y el alma de la niña
cruzada en la montura como una cierva muerta.
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