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En España, y aun aquí, en la Argentina, se puede conversar todavía. A mí me gusta conversar con los “chauffeurs”, con los mozos de café... En España yo he estado conversando con un pastor en la sierra de Guadarrama; con un pastor, ¿se imagina? Fui feliz. En Estados Unidos no se puede dialogar ni con un profesor. Yo he estado en una comida y una señora me dijo: “¿Usted es el latinoamericano?”, y yo: “No hay latinoamericanos: hay argentinos, colombianos, chilenos; no creo que nadie se sienta latinoamericano: cada uno se siente de su república.” “¿Y usted qué enseña?” “Yo enseño literatura argentina”. “¿Argentiniana?” “No, señora, argentina; no existe la palabra argentiniana, inventada para que con colombiana y con boliviana.” “¡Ah! Qué interesante, sí, de modo que es usted español.” "No señora, dejé de ser español en 1810; pero en fin, digamos que sí. Enseño literatura argentina, que es una rama de la literatura castellana..." “Yo soy profesora también.” “Y usted qué enseña?” “Yo enseño conversación.” Yo pensé que sería conversación en castellano, o en alemán, o en sueco... “No, conversación en inglés. Mis alumnos tienen una media de veinticinco años. Se ha juzgado necesario.” Y yo me di cuenta de que tenía razón. La gente dice, por ejemplo “Yeah... Ok...”, una serie de sonidos básicos, así; y se acabó. De modo que tienen que enseñarles a conversar.


Recogido por Esteban Peicovich en su libro "Borges, el palabrista"

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