Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
 
Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.
 
Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.
 
Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...
 
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
 
Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.
 
Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...
 
En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé...
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...
 
Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
 
Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.
 
Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;
 
y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...
 
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.
 
¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.
 
En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!
 
Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...
 
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!

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Alfredo Jiménez G.
alrededor de 3 años

De entre mis rencores personales, me cuesta trabajo perdonar al enorme Rubén Darío por instituir, en el cuento "El Rey Burgués", la madurez de los Poetas para ser profesionales y no requerir de mecenas, por lo cual estos últimos pasaron de moda y amenazan con su extinción.

Expresado mi desahogo irresponsable, entramos en materia de lo que en realidad importa: El Poeta jamás se propuso que el estribillo del presente poema pasara al sempiterno gusto del Pueblo, se cita en el habla cotidiana sin su justo crédito autoral. "Juventud divino tesoro, te vas para no volver..." Repetimos todos y no pierde su lustre de conseja inapelable. Privilegio exclusivo de los grandes Poetas.

El historial amatorio de Darío fue tan diverso como amargo. Gastó mucho más de lo que pudo hacer el tiempo la integridad de su sensible corazón. Pero ni los años años, ni los desencantos, ni las sales de bromuro pudieron anular su mórbido deseo. Siguió frecuentando los jardines, dueño absoluto de aquella "alba de oro". La perfección que acostumbraba no le hacía precisar de algún mecenas.

Me digo a mi mismo: "¡Saluda al Sol araña, no seas rencorosa!"... "y a veces lloro sin querer"...

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