Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
 
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
 
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
 
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
 
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
 
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
 
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
 
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
 
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
 
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
 
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.

#EscritoresMexicanos Horal (1950)

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Alfredo Jiménez G.
quasi 4 anni

A mediados del siglo XX, un joven de ojos azules, muy alto, delgado, voz seductora y sangre libanesa se integraba a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM la mayor casa de estudios mexicana. Era Jaime Sabines Gutiérrez. Hizo muchas amistades ahí pero dos en especial fueron eternas: Rosario Castellanos y Eraclio Zepeda. Los tres compartían su nostalgia por Chiapas y escribían sus primeros inmortales versos.

En 1950 el joven se vuelve oficialmente Poeta con un volumen breve e imprescindible: "Horal", así, con "h", manojo de horas, racimo de tiempo; no se daba cuenta que publicaba una obra maestra. Poemas sorprendentes creados por un muchacho de 25 años. Remata el libro luminoso con una apoteósis insuperable, el poema "Los amorosos", el himno de los amantes por excelencia y mérito propio, indiscutible.

Escrito con letra clara en las hojas de una libreta de contabilidad forma francesa, tiene pocos borrones y enmiendas, reveladoras trayectorias que prefirió no seguir para caminar por el sendero correcto. Deja a sus personajes míticos y carnales que se vayan "llorando, llorando la hermosa vida".

El primer libro y el gran poema de un joven que con semejante salvoconducto entró por la puerta grande en las letras mexicanas y la Literatura Universal.

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