Estandartes de victoria
ondearon en el viento,
hermano de la ira;
 
Cuando la dinastía Han
forjó en Asia central
su gran imperio.
 
Atrás quedaron las invasiones
del ejercito mongol y su expansión
a través de las estepas de Oriente.
 
Corrían entonces los muchachos
entre los bambúes,
para llenar de ofrendas los santuarios,
y una alfombra de pétalos,
cubría sus suelos marmóreos.
 
Altas islas se yerguen,
como montañas sagradas
en medio de extensos lagos,
donde vibra la llama de los cielos,
y sobre el agua su reflejo.
 
Que aroma a flores de cerezo;
Que suave tintinear
de conchas en el silencio.
 
El principio de la muerte
no es sino el último balance de la vida;
 
Así en una reencarnación tras otra,
vuelven las almas en ciclos a las aldeas,
a la Ciudad Prohibida de China.
 
Más allá de los campos de arroz,
al Sur como una joya inmensa,
se atisban las tumbas y los palacios
de la antigua India;
 
Que guarda el espíritu de cien mil
guerreros, armados con la sangre de
Krishna.

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