Cuando vengan a buscarme          
para ir al baile de los cojos,    
diré que no uso muletas,          
que mis piernas están intactas.  
 
Bailaré cha-cha-cha y son        
hasta caerme en pedazos,          
pero ellos insistirán            
en llevarme a ese baile extraño.  
 
Con dos hachazos estaré listo,    
con dos muletas iré remando,      
y cuando entre por esa puerta    
me pondrán una coja en los brazos.
 
Ella me dirá: ¡Amor mío!,        
yo le diré: ¡Mi adorada!,        
¿cómo fue lo de tus piernas?      
¡cuéntame, que estoy sangrando!  
 
Ella, con gran seriedad,          
me contará que fue a palos,      
 
pero haciendo de sus tripas      
corazón como un brillante,        
lanzará una carcajada            
que retumbará en la sala.        
 
Después, daremos las vueltas      
de estos casos obligados,        
saludaremos a diestra, a siniestra
y a muletazos.                    
 
Y cuando nadie lo espere,        
a las dos de la mañana,          
vendrá el verdugo de los cojos    
para que no queden rastros.

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Ada Pardo
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