Como un ave entre pausas repitiéndose
presagia el pie el encantado desvelo del danzante.
Empieza a repetirse
en su círculo desesperado,
donde gime la suerte del ave encarcelada:
estallante faisán que en sol concluye
y luna antigua su enfriado pico.
 
Pero el danzante su círculo gobierna con el ave,
así erigiendo al ave en lunada veladora de la danza.
Sabe caer, se inclina.
Desordena la fingida frigidez del pez,
se asoma al aire; sabe caer como una mentira enguantada.
Solicita el vahido de las damas
fascinadas por la ilusoria fragilidad del destino
y golpear con el pomo de la espada.
 
Nadie sabe que la ausencia del danzante está en su paso.
Nadie sabe que en espiral de espejo hacia la tierra
el pie comienza su secreta danza.
Nadie sabe definir la angustia que mora en el pinchazo de una vena
o del gigante ahogado en un vaso de violetas.
 
Pero el danzante sabe caer,
se inclina, languidece;
estrangula al rumor entre dos pasos
ofreciéndose en irónico salvador de la destrucción participada.
Sabe caer,
pero el polvo que cae de los astros
sabe caer con suficiente cantidad de terrible caída
para cubrir el círculo desesperado y la deidad asistidora.
Pero el danzante sabe caer con la caída del polvo de los astros,
cuando ligeramente pálido,
acaricia la extraña piel del rumor ajusticiado
que gime de placer entre dos damas.
 
Condenado al errante destino de las calladas flores,
el enlutado perfume de las deidades sensitivas.
 
Su intacta curvatura escapa lenta entre vuelos pintados.
Sin sonido se ofrece deslumbrante
a la contemplativa gozadora.
Desenvuelve la interminable angustia del desvelo
con la maestra suerte del indiferente,
apoyando el talón sobre su sombra:
así imponiendo al círculo desesperado
la diversión de su ojo impenetrable.
 
Desenvuelve el desvelo del amortajado,
asume la tremenda figura que dibuja el rostro de su rostro,
pega su lengua al cristal enemistado del aire.
Pero sabe caer, se inclina,
languidece con lentitud de esponja,
dibuja el aire con pasión exacta
y su límite diáfano concluye.
Pero sabe caer más que caído,
cayendo sobre el invisible hilo de la monstruosa araña.
¡Oh levitante insecto de los muertos,
sabes parar el aire con tu vientre hilador?
Pero sabe el danzante
que la devanadora gravedad
más que caída cae;
cayendo sabe su melancólico peso sostenido,
trenzado en suertes asistidoras del faisán
que el peso suma al doblegado cuello.
 
Siempre concluye el luto su dominio
en inesperado círculo de las tejedoras.
Pero siempre caer es suerte hermosa
con la sabia mitad de la caída.
Afinando en la llama las aristas,
avisando a la muerte su distancia,
desoyendo al oído sus rumores
pues un método impone el vencimiento.
 
¿Sabe acaso el metódico danzante dónde respira el aire?
Pero sabe caer, se inclina con el aire
y su trémulo fuelle lento aspira
entrando en el hilado cautiverio:
Saltadores de toros como agujas
ofrecen sus cabezas a las nubes
para pesar el vuelo de los ángeles.
Nadie acecha al infiel que pinchar puede la frente del rocío,
al adivinador del peso de la nube
oscuramente díscolo y desnudo.
 
Luchadores y galgos acontecen
junto a damas de nítida demencia
y lento crecimiento de la piedra.
Con ondulante fiebre tiranizan
la ascensión de la siesta neblinosa,
golpeando el costado y la pupila
porque caer es método del cuerpo.
Obligado caer suma el desvelo,
la siesta suma el peso del destino,
asumiendo la aplomada función del pie pedido.
Suave corcel su rápida caricia.
 
Pero define el paso.
Jamás hermoso en danza modelárase
si indefinible astucia al círculo pidiera.
Sabe el paso y la suerte y el peligro
del caracol, hermano de la siesta
y acechanza final bajo la oreja.
Con la monótona frialdad de la suerte
entrega al espantoso viajero de oreja detenida
el seducido coro de las aullantes volutas:
divinidades lívidas entre la pleamar y el pez podrido.
 
La metódica lucidez de la caída
defendiendo sus torres y silencios,
esquiva el desangrado mediodía del girasol
encerrado en su duda como un túmulo.
Con la servicial brevedad del tránsito del aire
esquiva la somnolencia del color amable,
entregando a las torres la derretida siesta
y el vuelo inútil del contorno áspero.
Aún la sutil saeta disparada
de su ojo inefable al centro fino
no podría esquivar el paso de un cabello,
pero la metódica lucidez
el tránsiío y la vuelta funde breves
entre el cabello y el contorno áspero.
¡Oh lúcida deidad asistidora,
nada persigues, sigues y sumerges,
nada apoya en tu cuerpo sus cautelas!
¡Oh deidad que prolongas los matices
del pie pedido a los silencios y a las torres
uniendo el talle al toro dibujado!
 
Su silenciosa ondulación de agudas plumas finas
mueve los cristales del dulce terremoto
adormecido en la campana helada.
Dulce oficio en el busto avisa el suelo,
dividiendo, sus partes, sus medidas
en el frasco de arena más furioso.
Pero sabe el danzante el dulce golpe
que a la grieta regala el vencimiento
del busto absorto en su dominio helado;
no dividiendo partes sino olvidos,
a silencios de partes entregados,
por la mano que mueve los cristales
del dulce terremoto y sus ventanas.
Menos que lenta, más que inmóvil, suma
la columna sus cubos y funciones
al busto entre ciudades olvidadas;
golpeando la frente de los dioses
con el lomo del río menos joven,
siempre más que sonámbulo, centauro,
repartido a luciérnagas ruinosas
por truncadas columnas deshaciéndose.
 
Pero el danzante los cristales oye
en la nocturna menta de los frascos
y sus quebrados obeliscos gira.
Suave empuja su pie desesperado.
Entre huellas y pasos detenido
borra en la cabaña de hielo
el enfriado rastro de los números
y sus inconsolables cantidades.
Su buen pie desune
los huesos de la melancólica ballena
clavada en la vitrina inesperada.
Dulce enlaza
el estanque al espejo inconciliable:
las miradas ciñendo los desvíos,
los olvidos ciñendo las miradas.
Muestra la menta y la angustia
sobre el perfil donde la muerte mueve
el irónico fruncimiento de la belleza.
La demente belleza y desplomada luna
los erizados cabellos del sonámbulo,
el terror de una columnata herida.
 
Se inclina,
languidece en el frasco más furioso
y la crueldad en las cejas inicia.
Define el paso,
pero en la frente el círculo separa
al carnaval del coliseo
y las máscaras muertas sobre harina.
Se asoma al aire,
pero esparce el ruinoso dominó sus últimos vellones
tocando de melancolía al petrificado surtidor.
 
Hurta al rostro el rubor de la danza
bañándolo con la palidez de la indiferencia;
pero la mariposa y la hermosura conjuradas
prolongan el desvelo de la llama
sobre el dulce danzante,
dulce siempre como el espanto de los astros.
¡Oh astros y demencia siempre dulces,
llueva sobre la frente del danzante
vuestro quehacer donde el silencio escucha!
 
El poderoso lamento, el ronco grito
es el recuerdo sobre un torso fúnebre,
un sollozo en la desolada extensión de la nuca,
un concluido canto entre las ruinas
dedicado al horror del danzante,
al horror de su paso imperial.
 
Sabe caer,
pero el tremendo barco preso en la botella
estalla en la región más dulce de la espalda,
y una melodía, un responso se detienen
en el pie pedido a la flor de la sangre.

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Ada Pardo
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