Leyendo un claro día
mis bien amados versos,
he visto en el profundo
espejo de mis sueños
 
 que una verdad divina
temblando está de miedo,
y es una flor que quiere
echar su aroma al viento.
 
 El alma del poeta
se orienta hacia el misterio.
Sólo el poeta puede
mirar lo que está lejos
dentro del alma, en turbio
y mago sol envuelto.
 
 En esas galerías,
sin fondo, del recuerdo,
donde las pobres gentes
colgaron cual trofeo
 
 el traje de una fiesta
apolillado y viejo,
allí el poeta sabe
el laborar eterno
mirar de las doradas
abejas de los sueños.
 
 Poetas, con el alma
atenta al hondo cielo,
en la cruel batalla
o en el tranquilo huerto,
 
 la nueva miel labramos
con los dolores viejos,
la veste blanca y pura
pacientemente hacemos,
y bajo el sol bruñimos
el fuerte arnés de hierro.
 
 El alma que no sueña,
el enemigo espejo,
proyecta nuestra imagen
con un perfil grotesco.
 
 Sentimos una ola
de sangre, en nuestro pecho,
que pasa... y sonreímos,
y a laborar volvemos.

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