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Poemas sin nombre: LVI

Eras frágil como la caña ya cascada; débil como la mecha que aún humea.

Por encima de los días, meses, años –y un solo gris infinito– que han pasado sobre tu recuerdo, no me queda de ti más que esa reminiscencia de una cosa doliente, próxima a quebrarse o a perderse, cerca ya, de cualquier manera a su extinción.

No sé qué dulzura te debo, ni qué alegrías o qué tristezas me inspiraste; no reconozco de entre las espigas que ahora siego o dejo caer, cuáles sembraste tú.

Quizá hacías sentir esas cosas tan graves y tan dulces que sólo sugieren los niños enfermos y los pájaros muertos.

Quizá tu presencia evocaba pensamientos de consolación y de cura, y, viéndote, se pensaba en vendas blancas, ungüentos de milagro, almohadas tibias...

Sé que eras débil; tan débil y tan triste, que aún lo eras para el amor. El amor, el amor de los hombres y las mujeres debió parecerme extraño en ti, como una rosa en el fondo de un lago.

Debiste turbarme o enternecerme. Así enternece y turba el tentar con nuestras manos lo que sabemos que ha de irse pronto... Y así te dejé ir, con la turbación obscura, como la ternura sofocada del que brevemente titubea entre el Minuto y la Eternidad.

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