Mi nombre es Amadeo, aunque tal vez el dato sea irrelevante; algunos dicen que los nombres son predestinación.
Mi vida es ordinaria y sencilla. Del trabajo a la casa, un beso a mi esposa, revisar tareas con los hijos y convivir con ellos. Estirar el gasto, rezar porque no surjan imprevistos, dormir y vuelta a la oficina al día siguiente.
No hay nada qué envidiar, salvo la dicha y la frágil tranquilidad por la que merece la pena levantarse temprano diariamente y lidiar con los camiones y luego con el jefe. Hay esperanzas, pero esas las tiene cualquiera; no voy a presumir que las mías son especiales.
Quizá lo único particular sea la certeza.
Aquella mañana que vi al Ángel, me preparaba para ir a la escuela, tenía diez años, ya sabía algo del mundo. Mientras me lavaba la cara un viento fresco llegó detrás de mí. Al dar la vuelta lo miré: Tenía el cabello largo y negro, le llegaba a los hombros; vestía una túnica impecablemente blanca que le cubría hasta los pies. No parecía tener más de catorce años; su rostro casi de niña o niño, no lo sé, era de piel lozana y pálida sin la menor imperfección, me sonreía y sus ojos color miel, no dejaban de verme como si fuera a confiarme un secreto. No eran necesarias las alas para saber que se trataba de un ángel, pero las tenía, enormes, sobrepasaban su cabeza medio metro, por lo que parecía más alto. Eran tan níveas y brillantes que parecían tener todos los colores posibles, al menor movimiento destellaban.
Sobra decir que me quedé sin habla, él sonrió más al ver cómo iba creciendo mi estupor y con su dedo índice sobre la boca, dulcemente, me dijo sin palabras que no hiciera ruido.
“¡Apúrate Amadeo! ¿Qué tanto haces?” El grito de mi madre apresuró la partida del mágico ser. Se despidió con un amable guiño y tras un leve impulso emprendió el vuelo, vi desplegarse sus enormes alas y al revolverse el aire sentí con claridad la brisa en mi rostro; se levantó algo de polvo y papeles del suelo. Con sorprendente habilidad sorteó los tendederos del traspatio y voló por el cielo; ya a lo lejos, no era muy diferente de cualquier ave más o menos grande.
Nunca se lo he dicho a nadie, ni a mi esposa. ¿Quién me lo hubiera creído? Mi cara a medio lavar y el regaño de mi madre, son para mi otras evidencias de que ocurrió en la realidad.
Mi vida transcurrió ordinaria desde entonces, sin muchos sobresaltos y eso es una ventura que agradezco a Dios. Pero desde aquel día, quedé marcado, soy apacible y de sonrisa fácil; procuro no meterme en líos. Mis hijos crecen, tengo una esposa buena y una casa que estoy pagando a plazos.
A veces miro el cielo por las noches, hay estrellas y hay nubes y un montón de misterios. Por ahí andará un ser que me miró y miré; ignoro si él me recuerda a mí o qué vino a hacer exactamente, quizá andaba extraviado, si es que un ser angélico puede desorientarse. Yo, desde luego nunca lo he olvidado y no comentarlo con nadie hace más especial esa experiencia. La reticencia me ha librado de muchos malos ratos y los consiguientes cuestionamientos a mi cordura. Me pregunto cuántos simples mortales como yo guardan algún secreto tan sublime.


Aunque parezca increíble, estos prodigios suceden de vez en cuando.

Ángel

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Ada Zoe
over 1 year

Poeta:
En este lindo cuento, logras que lo irreal o intangible se convierta en una experiencia vivida por este niño inocente, donde no existían las mentiras.
Tu desenfado y naturalidad describiendo lo cotidiano, sumergen la fantasía (o no) en algo completamente natural y real.
Te felicito otra vez más...
Un abrazo

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